Cultura

Te doy mis ojos: violencia sobrecogedora plasmada en toda su gama cromática

CRÍTICA DE CINE

Joaquín del Palacio | Jueves 03 de septiembre de 2026

7,5/10

La violencia dentro de la pareja es algo que ocurre desde siempre, pero solo en los últimos años se ha comenzado a hablar de la monstruosidad real que supone, donde las víctimas lo son por partida triple, pues a menudo aman a la persona que las maltrata, tienen vergüenza de comentar lo que ocurre en sus casas y además viven con su agresor con lo que están expuestas a una salvajada caprichosa a cualquier hora del día. Iciar Bollaín plasmó con una enorme intensidad dramática la vida de una pareja desvencijada por la violencia donde se pone de manifiesto el problema desde todas sus aristas. El mérito de la obra es que se mueve en un marco general de la vida de la pareja, con sus luces y sombras, su vida familiar, sus terapias y sus reconciliaciones, y poco a poco se adentra en una sutil violencia implícita que según avanza el metraje explota, dejándonos exhaustos y desnudos ante un sufrimiento que ya no es latente y se convierte en una materia densa que nos impacta con dureza. Lo desgarrador es salir de la ficción y pensar que esa es una realidad cotidiana para muchas mujeres, que en los casos más extremos acaban asesinadas.

La genialidad de Iciar Bollaín se pone de manifiesto en todas sus películas. Suele abordar a menudo conflictos sociales y lo hace desde una puesta en escena llena de metáforas, donde al cabo de unos pocos minutos el espectador está entendiendo el conflicto que tiene delante sin necesidad de pedagogía barata, con la sutileza propia del buen contador de historias, eso sí, desde una perspectiva progre que a muchos no entusiasmará. Sobre eso hablaré al final de la crónica. Con Te doy mis ojos (2003) llegó a la máxima altura de su filmografía en una obra durísima con la que ganó los 7 Goyas (Película, dirección, actor y actriz principales, actriz de reparto, guion original y sonido). Luis Tosar (Antonio) y Laia Marull (Pilar) están enormes y son absolutos merecedores de sus Goyas, lo mismo que Candela Peña en el papel de Ana, la hermana de Pilar.

Engranajes morbosos

La historia comienza con una separación por motivos obvios y con una posterior reconciliación ejecutada sin éxito que llevará a la durísima separación definitiva. Dicho así estoy resumiendo la película, pero dejando fuera la esencia. Porque los seres humanos tenemos alma —al menos algunos—, y empatía. Esto nos lleva a ponernos en la situación de nuestros semejantes, y aquí es donde Bollaín acertó de lleno. El personaje de Pilar, que es quien lleva el peso de la historia, está construido sobre varias capas y en todas ellas veremos a alguien conocido.

Su madre (Rosa María Sardá) es una típica persona de su tiempo, del qué dirán, una de esas instigadoras del mal desde el buenismo capaces de convencer a su hija de que llevarse algún bofetón es mejor que quedarse sola. Todos conocemos a alguien así, más preocupado por la galería que por la felicidad que, dicho sea de paso, son elementos de habitual incompatibles.

Su hermana (Candela Peña) está mucho más anclada en la realidad y camina hacia el otro extremo, en este caso el de la lógica siempre vista desde su lado de la vida. Ella tiene un marido inglés radicalmente distinto de Antonio, y entiende que las personas no cambian, sobre todo las que hacen eso. Da refugio físico a su hermana, y a la vez le da un refugio moral que esta no acepta pues ante todo quiere recuperar a su marido y ese tipo de sermones hacen mucho daño a quien aún tiene esperanza. Y esa esperanza no es otra cosa que dolor.

Antonio es el último nivel de esta historia. Es un hombre sin confianza, sin educación, de pocas palabras y grandes silencios muy elocuentes, capaz de pasar de la tranquilidad al paroxismo en pocos segundos. Es un hombre que sabe que está destruyendo su vida (por eso va a terapia) pero es incapaz de contenerse, es incapaz de evitar esa destrucción y de paso la de su mujer, que al final es quien de verdad sufre su incontinencia. Su agresividad es casi perfecta, no se basa en palizas sino en el miedo circular, un miedo latente que se desboca en una durísima última escena que es un prodigio de diseño, elaboración y puesta en escena. Es complicado creer que Tosar no sea un maltratador viendo esas imágenes, pero me consta que es un tipo tranquilo que jamás haría daño a nadie. Ese es el milagro del cine, el milagro de la actuación: cuando el intérprete es excelente —como en este caso—, nos olvidamos de que bajo el personaje hay un actor o, pongámonos superlativos, un actorazo (y encima gallego). Cuando le dice a Pilar: «Te he dado mis ojos Pilar, tú eres mi sol» se refleja mejor que nunca esa idea de posesión extrema en la que ella ha dejado de ver, vivir y decidir por sí misma para mirar el mundo únicamente a través de los ojos, los deseos y el control de Antonio. Simboliza un pacto tóxico donde la víctima cede su individualidad, su mirada y su criterio al abusador a cambio de un falso concepto de amor. Es curioso porque una frase que podría ser bonita se convierte en una declaración poética para forzar la pérdida de identidad.

El amor no es suficiente, y eso es algo que se pone de manifiesto una y otra vez en el filme. Antonio quiere a Pilar, pero la quiere muy mal. Daría su vida por ella, cuando en realidad la está matando en vida. No se pone el suficiente énfasis en ver que el maltratador es también una víctima de sí mismo, porque se le sitúa más en el polo de malvado que en el de enfermo. Antonio está destruyendo todo lo que más quiere en el mundo, y es posible que, si Pilar no se marcha, acabe matándola. La frustración le lleva al control total, y cuando siente que lo pierde su inseguridad le sitúa ante una violencia incontrolada que cuando se desata es como una droga, se ve que hay un punto en el que pierde el juicio y ver a Pilar derruida y derrotada le da más fuerza. El pánico de Pilar le vuelve cada vez más loco. Todo lo que hace juega en su contra, él no quiere eso, él quiere estar bien con ella y por eso acude a un centro de ayuda en donde en cierto modo se banaliza el asunto, se ven personas desbocadas que se han acostumbrado al maltrato como forma de relación. De algún modo, juntarles no hace sino darles continuidad y sensación de que maltratar a sus parejas es algo natural e incluso gracioso, pues hay quien hace chascarrillos al respecto. Ignoro si ese tipo de talleres existen y si llevan a esos energúmenos a algún lugar mejor que el de partida.

En definitiva, nuestra protagonista total, Pilar, es una mujer rota, asustada y frágil que hace todo por recuperar una vida imposible, que solo podrá recuperar dejando a ese monstruo. Su error fue enamorarse de un animal y lo va a pagar bien caro. A menudo me pregunto al ver una película como esa cómo fue la relación previa entre ellos: Cómo la conquistó, cómo la sedujo, cómo fingió ser quien no era. ¿O quizá no fingió y es que entonces aún no era así? ¿El maltratador lo es siempre o aprende a maltratar? ¿El maltrato depende de la constelación creada o es innato al propio maltratador? La película deja muchos interrogantes en el aire, pero en los puntos que toca roza el nivel de maestría porque nos muestra seres humanos de verdad, que malvados, dolidos o tarados, son auténticos. Y ahora viene, lo negativo, que también lo hay.

Consideraciones ideológicas

Quizá la película podría haber ganado credibilidad si los personajes masculinos fueran más complejos, si no se hubieran decantado por un modelo donde los hombres parecen brutos e idiotas —excepto un extranjero, claro— y las mujeres inteligentes. Siendo un peliculón, podría haber prescindido de la ideología y limitarse a ser buen cine. De ese modo habría rozado la obra maestra, pero al decantarse por la dicotomía hombre malo bobo-mujer buena lista el modelo se resquebraja y pierde cierta credibilidad. No desde la perspectiva de actuación sino de motivación narrativa. Los actores son extraordinarios, de eso no hay duda, pero cuando nos muestran al cretino de Antonio vendiendo lavadoras mientras su mujer (ama de casa) de repente se convierte en una erudita experta en El Greco, el modelo hace aguas y se le ven las costuras. Entendemos que vilipendiar al maltratador es terapéutico, incluso gozoso, aunque aquí por desgracia su único castigo es quedarse solo. El fenómeno del maltrato es transversal, ocurre en todas las clases sociales, si bien es cierto que el físico se da más en las bajas. Pero un maltratador no tiene por qué ser plano o bobo, ni su mujer más cultivada y guapa. La desgracia de este modelo es que un tipo encantador, culto y simpático en público, puede ser un miserable en su casa. El fallo de esta película ha sido renunciar a la complejidad de Antonio y de los demás hombres y centrar el modelo en un maniqueísmo de manual de primero de activista. Pese a eso, la puntuación es alta porque el guion es espléndido, la dirección magistral y los actores brillan incluso en la oscuridad. Y se adelantó a su tiempo con un problema que existía, lo puso en el punto de mira de toda la sociedad, abrió mentes y generó debate. Hoy se habla mucho de las mujeres asesinadas por sus parejas (en lo que llevamos de año son 36), pero no se mencionan los casos de violencia común porque solo hay estadística cuando se denuncia, y a menudo la denuncia no llega por vergüenza, miedo o falta de confianza en la autoridad. Películas como esta tienen una función que va más allá del mero entretenimiento, y aunque yo concibo el cine solo como arte, quizá me equivoco y a veces puede llegar más lejos.

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