Opinión

Cincuentenario de El show de los Muppets

DESDE ULTRAMAR

Marcos Marín Amezcua | Jueves 03 de septiembre de 2026

Y se fueron 50 años desde aquel 5 de septiembre de 1976, cuando una televisora británica los transmitió por vez primera. Resultaron exitosos y entrañables. Conocidos en España como El show de los Teleñecos, no demoraron mucho en verse en México –por muy tarde, año 77 o en la primavera del 78– aunque habría que distinguirse siempre entre el éxito y características de su predecesora, la Plaza Sésamo (Barrio, Calle, según en cuál lugar se difundió el programa en el mundo hispánico) separándola de esa otra superproducción televisiva que fue un hito, un espectáculo que, desde luego, cual teatro de revista a lo vodevil, no era tan solo dirigida a un público infantil y cuyo colorido, originalidad y peculiares y muy estrafalarios personajes, cada cual más locuaz que el anterior, atraparon a todos por igual.

El show de los Muppets fue presentado en el Reino Unido el 5 de septiembre de 1976. Contó con 5 temporadas y 120 capítulos de media hora cada uno. Se pasaba volando y era una gozada. No podías perder detalle. Toda la pléyade de celebridades de la época –algunas incipientes que después tuvieron un éxito arrollador– pasaron por aquel curioso teatro – llamado Benny Vandergast Memorial Theatre– siempre amenazado a derribo por su dueño – JP Grosse – que merodeaba buscando camorra y el mínimo pretexto para conseguirlo. Mientras los vejetes Tadeo y Evaristo –Waldorf y Statler– se mofaban cada noche del programa presentado, intentando boicotearlo sin éxito. No perdonaban una. Siempre ácidos, agrios pero divertidos, en tanto en el palco superior rondaba asomándose de cuando en cuando, el fantasma del teatro, cuya demoníaca percha tiene su aquel.

Recuerdo nítidamente, eso sí, haber visto aquellas transmisiones setenteras los domingos a las 6 de la tarde, en el canal estatal. A blanco y negro. Cuando la televisión a color entró en mi casa, fue de los primeros programas que vi y uno recuerda bien la sorpresa, el gusto, el placer, la novedad de toda esa deliciosa gama exponencial de colores insospechados, tan variada y tan enriquecedora que ofrecía la serie y que era severamente contrastante con la monocromática pantalla a blanco y negro.

Como apostilla cabe mencionar que una vez que veías la tele a colores, no te satisfacía la de blanco y negro. Se imponía lo nuevo y sigue sucediendo con tantas cosas alusivas a las tecnologías.

El show de los Muppets, como le conocimos en México, conllevó la proliferación de muy variados recuerditos y artefactos de toda índole muy tempranamente, antes de comercializarse a granel los personajes en múltiples expresiones durante la siguiente década. Servidorito tenía, por citar algo, un póster de los miembros de la estrambótica orquesta con su singular baterista Animal destacando, colocado en mi habitación. Era algo garrula, zafia, reconozcámoslo. Recuerdo perfectamente dónde se adquirió: en una "papelería" finolis que frecuentaba mi padre en la antigua Plaza Satélite, situada entrando por el desaparecido pasillo otrora existente entre los bancos y el Sanborns y que conducía al centro del recinto.

Su emblemática cortinilla de entrada, modificada, robustecida con cada temporada, a veces te daba la sorpresa de escucharla en español y más lo era cuando se enfocaba entero al teatro con un público rebosante de marionetas. Otra divertida excentricidad, sin lugar a dudas. La sucesión de números musicales entremezclados con otros de chispeantes diálogos y gestos de diversa laya, mostraba el ingenio y la singularidad al servicio de la imaginación. Desde la cochinita Piggy a los Cerditos en el Espacio, eran asaz geniales. Era interesante que se incluyera a Sam, una burda representación de los yanquis, cuya hierática y acre postura bien que dibuja su actual prepotencia.

A mediados de los noventa adquirí un espléndido libro de gran formato que detalla con profusión de fotografías toda la ingente labor detrás de esta producción. Las imágenes revelan secretos de la grabaciones, espectaculares escenas montadas y develaban los trucos y secretos detrás de cada montaje. Verbigracia, la arcada del inicio de cada capítulo es una sola, utilizada una y otra vez para deslizar marionetas al comienzo de cada programa. Una obviedad que no es tan obvia a simple vista. Las marionetas eran de tamaño regular, los monstruos rebasaban la estatura promedio de una persona, articulados llamativamente, con expresiones extravagantes, grotescas, variadas, y sí, algunas esperpénticas, notoriamente gesticulantes, abominables y desatando distintos sentimientos en el telespectador, tales como la fealdad, la repulsión, la alegría, la ternura y sin duda, la risa con sus desbordados comportamientos.

Hoy pueden parecer muñecos muy simples, títeres sosos y quizá lo eran desde que fueron creados, pero su atractivo, su magia, su humor blanco pero ácido, fueron insuperables y abonaron a infancias sanas que podían incursionar en una suerte de mundo de adultos muy digerido, muy estructurado de una manera sencilla, peculiar, que acaso era hasta inocente.

Son de esas series que se echan en falta. Merecerían producirse una vez más, en un esfuerzo descomunal, serio, apostando a una empresa grandiosa como su origen. Plaza Sésamo es el referente de un éxito sostenido.

Se imagina la gozada que sería que transitaran por aquel Teatro repuesto, figuras como Madonna, Adele, Denzel Washington, Celine Dion, Ricky Martin, Taylor Swift, Justin Bieber, Bad Bunny, Lady Gaga, Anthony Hopkins, Rihanna, Serena Williams, George Lucas, Morgan Freeman, Kygo, Whoopi Goldberg, Antonio Banderas, Salma Hayek, Meryl Streep, BTS, Robert de Niro, Andrea Bocelli, Coldplay, Scarlett Johansson, Octavia Spencer, Paul McCartney, Shakira, Marc Anthony, Dua Lipa, Naomi Campbell, Rafael Nadal y quienes han marcado el mundo de los espectáculos, la moda o el deporte de las últimas décadas. Por citar esas disciplinas y podrían ser otras, claro. Puede uno pergeñar una escena y con quién la efectuaría de entre las simpáticas figurillas. Sería mucho más globalizada la agenda de invitados. Usted ¿a quién invitaría a participar de esa disparatada chaladura que era el teatro aquel?

Aquella producción nos recuerda que ni todo es la IA ni todo es un dispositivo móvil. Que el público merece más alternativas y esta siempre es recomendable.

En todo caso, no nos olvidamos de su impulsor, Jim Henson, el misisipiano fallecido a los 54 años en 1990, que triunfó tanto en su país como en el Reino Unido con esta bien recordada teleserie, proyectado su nombre al mundo entero.