Opinión

Inercias e infiernos de olvido

TRIBUNA

Ricardo Franco | Sábado 05 de septiembre de 2026

Después de todo «vuelven las inercias», dijo la gran Lola Mascarell. Vuelve el olvido del proyecto, la disipación del voluntarismo, los consejos de buena voluntad para el buen gobierno del burgués postapocalíptico e hiperactivo, sus para siempre caducos e interesados, sus amores ocultos, su pasión discontinua, sus rupturas por cobardía..., pues la inercia —inerte— es nuestro más vulgar modo de movernos, como quien abandona su corazón a una corriente «que es el morir», replicaría Jorge Manrique. Pero no el definitivo, el del final; que antes hay muchos morires distintos. Como el del absentismo verdadero: el de la ausencia vital de los individuos en el tiempo, de ahí que ya no hablemos de la muerte, pues tenemos una lúcida experiencia de días, tardes y noches mortecinas: mortandad del presente, crepúsculo sin gusto ni disfrute; tan sólo la insustancial inercia, y nada más que la inercia devorando todas las intenciones y objetivos, una semana tras otra, un despertar quejumbroso tras otro, un desvelo en la madrugada, una inquietud creciente de desconocido origen, incluso para el gurú de moda; las mismas actividades extenuantes y aburridas, carentes no de significado, sino de un nosotros mismos, perdidos, ausentes y con el piloto automático de la fatiga laboral, encendido ante el gran interrogante a propósito de una vida que no nos basta, no nos llena, ni nos satisface.

En fin. Si esto era la prometida madurez y la deseada autonomía del Prometeo moderno, tendríamos que volver a repasar los principios de la cacareada libertad, tan publicitada como perdida en aras de un sujeto solo, incapaz de humanizarse, enternecerse, conmoverse consigo mismo y con los otros, por la mera abstención de la convivencia y de la contemplación de sí frente a un horizonte misterioso y providencial . Por la mera ausencia del yo y del nosotros en la acción conjunta y constructiva. Por la mera decisión de un pasotismo activo, que elimina las relaciones primordiales y el predominio del afecto sobre el canibalismo social.

Ahí, en el trabajo solitario, gran paradoja del esclavo, nos vaciamos como presos de un campo de exterminio entre compañeros, en una batalla auspiciada por líderes, jefes y gerentes. Y en ocasiones pareciera ser el terrible lugar de una distraída salvación como dice mi tendero, cansado ya de bregar con tres bestias masculinas en casa, que no se deciden a echar el vuelo a otro hogar más caro. O como escribiera Francisco Umbral en uno de sus diarios, La belleza convulsa, sobre su parra roja, cuyo fuego amortiguado y descendente le defendía de la vida, de la muerte, del mundo. « Nada como venir huyendo de la ciudad y sus farallones humanos, hasta el rincón ameno(...). Que vengan enseguida a podar los sauces ...que es el día(...). ¿Y por qué -se pregunta acertadamente el escritor herido- esta penúltima adhesión a la vida en su forma primera y coloral? Puede ser una necesidad de salvarse tanto como una esperanza de morirse... ». Tal vez sea , y al lector dejo el juicio, porque en cada corazón aún se libra la batalla contra el hastío y contra la caducidad de las alegrías mundanas, tan breves, tan livianas, tan poca cosa como unas breves vacaciones bajo el sol de Satán para una existencia llamada a lo Inmenso. Y qué alejados del primer jardín bajo la parra, bajo el árbol del bien y del mal, bajo aquella costilla bendita y suave, junto a un padre al atardecer. Qué distraídamente alejados, olvidados, nos hallamos de la verdadera mirada sobre el milagro de ser, de estar siendo en este mismo instante, con el asombro muerto de estar vivos en este momento dado; momento de don que no hemos construido ni construiremos nosotros jamás, por mucha ciencia que alberguemos en los libros; en una tierra, que seguirá, un día, rodando sin nosotros, sin nuestros padres, sin nuestros hijos, sin nuestra monótona manera de usar y de matar a las personas, de matar el tiempo concedido con la frivolidad de quien mata una mosca en este verano infernal.