Opinión

Una película para comprender Pakistán

ORIENT EXPRESS

Ricardo Ruiz de la Serna | Domingo 06 de septiembre de 2026

El pasado jueves, gracias a los auspicios de la Embajada de la República Islámica de Pakistán en España, se proyectó la película «Nayab» (2024), dirigida por Umair Nasir Ali. Ganadora de premios internacionales como el World Film Festival en Cannes, se trata de una película muy interesante para comprender el Pakistán actual.

A partir de la historia de Nayab, una joven de Karachi apasionada del críquet y cuyo objetivo es llegar a jugar con la selección femenina de Pakistán, el director nos acompaña desde el críquet informal de barrio hasta la competición profesional con el trasfondo de conflictos en torno a las expectativas familiares, las dificultades económicas y los obstáculos que encuentra una mujer que pretende hacer carrera profesional en el deporte.

En realidad, ese trasfondo añade un enorme valor a la película porque sirve de guía de los desafíos y las esperanzas del Pakistán contemporáneo. En ese sentido, el largometraje supera el guion de lucha por el triunfo para convertirse en una descripción vivísima y crítica del país surgido de la partición de 1947. Por supuesto, la rivalidad deportiva con la India —trasunto de la compleja relación entre los dos países desde el mismo año de la partición— está presente. No en vano la joven Nayab está movida no sólo por su afición deportiva sino por el sentido patriótico de representar a Pakistán en el críquet internacional.

Sin embargo, al igual que la identidad religiosa del país asiático, esa dimensión histórica no centra la trama ni acapara excesiva atención. Antes bien, la película subraya otros aspectos de la sociedad paquistaní de hoy como la transformación de los roles femeninos, la importancia de la familia extensa, la difícil movilidad social y los desafíos de la emigración a los Emiratos Árabes Unidos, Canadá o la Unión Europea.

Así, la joven Nayab —encarnada por Yumna Zaidi (1989)— necesita vencer no sólo obstáculos deportivos como la rivalidad de sus compañeras, sino también barreras sociales y económicas. Es muy interesante el papel de su hermano, casado y reacio a emigrar, que la apoya de diversas maneras para que intente realizar su sueño. Mención especial merece el padre —a quien da vida Jawed Sheikh (1954)— que se ve desgarrado entre la falta de oportunidades, su rol de autoridad y el choque con la modernidad que encarna el críquet femenino.

Esa falta de oportunidades de ascensión social y prosperidad económica queda atemperada por uno de los personajes más jugosos —el novio de Nayab— que tiene espíritu emprendedor y quiere lanzar una empresa de venta de agua. Hay una verdadera celebración de la vocación empresarial, de la asunción de riesgos y la confianza en el país más allá de las dificultades presentes. Toda la película destila no sólo optimismo, sino una verdadera esperanza en el pueblo paquistaní y sus capacidades.

Así, la película arroja una mirada crítica sobre le emigración como solución a los problemas. El hermano de Nayab se resiste porque se pregunta quién cuidará de sus padres si él está fuera y qué pasará si las cosas no salen bien en el extranjero. La decisión de permanecer en Karachi tiene, pues, un sentido profundo de opción por cuidar de la familia y confiar en que también en el país hay oportunidades para salir adelante.

Hoy Pakistán celebra el Día de la Defensa y de los Mártires, que recuerda el comienzo de la fase principal de la guerra indo-paquistaní de 1965 cuando tropas indias cruzaron la frontera internacional en dirección a Lahore. En esta fecha se honra tanto a los combatientes de aquella guerra como, en un sentido más amplio, a los miembros de las Fuerzas Armadas paquistaníes muertos en acto de servicio.

Sería, sin embargo, un error caricaturizar a Pakistán como un país que sólo mira al pasado. Nayab es un buen ejemplo de la complejidad de un país que afronta grandes desafíos, pero también de un pueblo confiado en sí mismo y en sus posibilidades.