Opinión

La AfD ante las puertas del poder: la lección europea de Sajonia-Anhalt

ANÁLISIS

Carlos Uriarte Sánchez | Lunes 07 de septiembre de 2026
La victoria de la extrema derecha alemana no puede despacharse como un fenómeno regional. Europa debe preguntarse por qué tantos ciudadanos han dejado de encontrar respuestas en los partidos tradicionales.

Hay resultados electorales que cambian gobiernos y otros que cambian el debate político. Las elecciones de Sajonia-Anhalt pertenecen a la segunda categoría, aunque todavía no sepamos si acabarán perteneciendo también a la primera.

La AfD ha obtenido el 43,8% de los votos y 39 de los 83 escaños del Parlamento regional. Se ha quedado a solo tres diputados de la mayoría absoluta. La CDU, segunda fuerza, apenas alcanza el 17,2%. La participación, extraordinariamente elevada, llegó al 77,8%. Son cifras que deberían hacer reflexionar mucho más allá de las fronteras de este pequeño estado federado de la antigua Alemania Oriental.

La AfD ha ganado las elecciones con una claridad que ya no permite considerar su ascenso como un fenómeno pasajero o marginal. Sin embargo, no podrá gobernar en solitario. CDU, SPD, Verdes y Die Linke mantienen el cordón sanitario frente a ella y rechazan cualquier cooperación. El BSW, con cinco escaños, es la única fuerza parlamentaria que podría ofrecerle una vía de colaboración.

Aquí aparece la primera paradoja: la AfD ha ganado las elecciones, pero no necesariamente ha ganado el poder. Y esta paradoja contiene buena parte de la historia política de la Alemania actual.

El éxito de la protesta

La AfD nació en 2013 como un partido euroescéptico. Su primera gran batalla fue contra el euro y contra la arquitectura económica de la Unión Europea. La crisis migratoria de 2015 modificó profundamente su perfil y convirtió la inmigración en uno de los principales motores de su crecimiento.

Desde entonces, la formación ha evolucionado hacia posiciones de extrema derecha, combinando nacionalismo, oposición a la inmigración, euroescepticismo y una política exterior mucho más favorable a Rusia que la defendida por los principales partidos alemanes.

En Sajonia-Anhalt, la AfD ha defendido el levantamiento de las sanciones contra Rusia y el final de la ayuda militar y financiera alemana a Ucrania. También propone recuperar el ruso como materia educativa y reforzar los intercambios con Rusia.

Pero sería un error explicar su éxito únicamente por estos planteamientos.

Los ciudadanos no votan siempre a los partidos de protesta porque compartan cada una de sus propuestas. En ocasiones los votan porque quieren enviar un mensaje a quienes gobiernan.

Y el mensaje enviado en Sajonia-Anhalt ha sido extraordinariamente contundente.

Un voto contra Berlín

Sajonia-Anhalt pertenece a esa Alemania que durante décadas ha sentido que la reunificación política no se tradujo completamente en una reunificación económica y social.

La región ha sufrido una importante pérdida de población desde 1990 y afronta un fuerte envejecimiento. Como en otros territorios de la antigua RDA, persisten diferencias económicas con el oeste y una cierta sensación de distancia respecto de las élites políticas de Berlín.

Durante años, Die Linke canalizó buena parte de ese descontento. Hoy la AfD ha ocupado ese espacio. Pero reducir el fenómeno a una supuesta nostalgia por la RDA sería un error. El voto a la AfD reúne factores muy distintos: preocupación por la inmigración, inseguridad económica, pérdida de población, desconfianza hacia las instituciones y, sobre todo, la percepción de que los partidos tradicionales no están ofreciendo respuestas suficientes. Esto debería preocupar a los adversarios de la AfD. Porque existe una tentación muy comprensible: atribuir su éxito exclusivamente al extremismo de sus propuestas y concluir que la solución consiste simplemente en aislarla políticamente.

El cordón sanitario puede ser necesario. Pero un cordón sanitario no puede sustituir a una política.

Si los ciudadanos sienten que sus problemas no son escuchados, la exclusión parlamentaria de una fuerza política no hará desaparecer las causas que alimentan su crecimiento.

El dilema de Friedrich Merz

El resultado es también un duro golpe para la CDU de Friedrich Merz. El partido del canciller ha pasado a ser claramente la segunda fuerza, con apenas 17,2% de los votos. El contraste con el 43,8% de la AfD es demasiado grande para interpretarlo como una simple derrota regional. Una parte del electorado ha utilizado las elecciones para castigar al Gobierno federal.

La economía alemana atraviesa desde hace años una etapa de dificultades, mientras el país intenta transformar su modelo industrial, afrontar el coste energético y responder a un entorno internacional mucho más inestable. A ello se suman los debates sobre inmigración, seguridad y el papel de Alemania en la guerra de Ucrania.

El Gobierno de Berlín necesita respuestas. Y necesita comunicarlas. Porque cuando los partidos tradicionales dejan un vacío, alguien termina ocupándolo.

Europa no puede mirar hacia otro lado

Sajonia-Anhalt no puede sacar a Alemania de la Unión Europea. Un estado federado no puede abandonar unilateralmente el euro, Schengen o la Unión. Tampoco puede determinar por sí solo la política exterior alemana. Pero sería un grave error concluir que las elecciones carecen de relevancia europea.

Alemania sigue siendo el Estado miembro con mayor peso demográfico y económico de la Unión. Su posición es decisiva para la política exterior europea, para la financiación comunitaria, para la transición energética y para la construcción de una política de seguridad y defensa común.

Por eso el avance de una fuerza política que cuestiona aspectos esenciales de la integración europea y propone un cambio radical en la relación con Rusia merece atención en toda Europa.

Pero quizá la lección más importante de Sajonia-Anhalt no sea la necesidad de combatir a la extrema derecha. Es algo más incómodo.

Europa tiene que preguntarse por qué una parte creciente de sus ciudadanos deja de confiar en quienes la han construido. Defender Europa no es defender el statu quo.

Durante demasiado tiempo, el europeísmo ha cometido un error estratégico: confundir la defensa del proyecto europeo con la defensa de todas y cada una de las políticas desarrolladas por sus instituciones. No son lo mismo.

Se puede defender la integración europea y, al mismo tiempo, exigir una economía más competitiva. Se puede defender Schengen y reclamar una política migratoria eficaz. Se puede defender el euro y pedir mayor disciplina fiscal y crecimiento. Se puede defender el apoyo a Ucrania y exigir que Europa tenga una capacidad de defensa propia mucho mayor.

En definitiva, ser europeísta no significa pensar que todo funciona bien en Europa. Significa pensar que muchos de nuestros problemas solo pueden resolverse mejor juntos que separados.

Esta distinción es fundamental.

La pandemia, la guerra de Rusia contra Ucrania, la transformación energética, la competencia tecnológica con China y la incertidumbre sobre el compromiso estadounidense con la seguridad europea han demostrado que Europa necesita más capacidad de actuación, no menos. Pero para construir esa Europa más fuerte necesitamos también recuperar la confianza de los ciudadanos.

No basta con decirles que la Unión Europea ha evitado males mayores. Hay que explicar qué Europa queremos construir.

Una Europa capaz de proteger sus fronteras sin renunciar al Estado de derecho. Capaz de defenderse sin convertirse en una potencia militar agresiva. Capaz de competir tecnológicamente sin renunciar a su modelo social. Capaz de crecer sin abandonar la transición energética. Y capaz de defender sus valores frente a quienes pretenden destruirlos.

El espejo alemán

Sajonia-Anhalt no decidirá por sí sola el futuro de Alemania ni de Europa. Pero ofrece una imagen que sería imprudente ignorar.

La AfD ha conseguido convencer a casi uno de cada dos votantes. La CDU ha sufrido un desplome histórico. Y una participación cercana al 78% demuestra que no estamos ante una sociedad políticamente desmovilizada. Estamos ante una sociedad que está votando. La cuestión es hacia dónde.

El desafío para los partidos democráticos no consiste únicamente en mantener a la AfD fuera de los gobiernos. Consiste en demostrar que existe una alternativa mejor. Una alternativa capaz de escuchar el descontento sin alimentarlo, de corregir los errores sin destruir las instituciones y de ofrecer seguridad sin sacrificar libertad.

Y el desafío para los europeístas es todavía mayor.

Europa no puede limitarse a pedir a sus ciudadanos que defiendan lo que existe. Tiene que ofrecerles razones para creer en lo que todavía puede llegar a ser.

Ese es, quizá, el verdadero mensaje de Sajonia-Anhalt. La AfD ha llegado a las puertas del poder.

Europa debería preguntarse no solo cómo impedir que las atraviese, sino qué debemos hacer para que los ciudadanos vuelvan a querer abrir las puertas de Europa