8,5/10
En España tenemos el terrible hábito de hacer una amalgama entre obra y discurso, cuando son elementos que deberían ir siempre en paquetes separados. El ser querido es una obra mayor que estoy seguro entusiasmaría a muchos de esos millones de personas que no irán a verla solo por una cuestión ideológica, solo porque el actor principal es Javier Bardem, muy significado políticamente en contra de la mitad de su público. Pero lo cierto es que es el mejor actor del momento. Su magnetismo, su presencia, su capacidad de ser creíble y llenar toda la pantalla con decenas de matices es tan exagerada que os garantizo que de inmediato olvidaréis sus pañuelos palestinos y todas las demás zarandajas que os molestan. Su interpretación es tremenda, y la recrea con una mezcla de continencia y desparrame imposibles de conciliar excepto por una fuerza de la naturaleza como es él. Sorogoyen le ha dado un papel a su medida y desde luego lo explota al máximo, dejándonos exhaustos a sus entregados espectadores.
Rodrigo Sorogoyen es un fuera de serie desarrollando conflictos personales. En El ser querido explora la relación entre un director de cine exigente y su hija, de un anterior matrimonio, a la que no ve desde hace trece años, y aprovecha para cuestionar las dinámicas de poder en la industria cinematográfica. Estamos hablando de metacine en su máximo esplendor, quizá sea, junto con 8 y1/2 de Fellini o La noche americana de Truffaut el mejor exponente de este tipo de cine sobre el cine, de sumergir las cámaras en un rodaje ficticio y explorar todos los elementos a los que un director doblemente oscarizado —y también ficticio—, Esteban Martínez, somete a sus equipos. La particularidad del caso es que su hija Emilia también formará parte del elenco que lo sufrirá en el rodaje. Este gran creador «creado» por Sorogoyen es interpretado por Javier Bardem, y su frágil hija es Victoria Luengo que, al igual que su personaje, sufre para dar la cara y salir airosa del enfrentamiento con ese monstruo de la actuación. No se me ocurren muchas actrices que hubieran podido superar esa prueba y me queda la duda de si ella lo consiguió.
Comienza la película con una serie intercalada de primeros planos aplastantes, donde una conversación que comienza informal y cariñosa pronto trae mar de fondo lleno de resaca existencial. Tan previsible como gozosa. Según avanza el metraje se alcanza un nivel de emoción que el cine rara vez se permite, especialmente al tratar relaciones familiares tan complejas. En los veinte minutos que dura esa entradilla se comprende el resto de la película. Frases inacabadas, sonrisas, todo va bien, si, bien, ¿y tú?, nos hacen ver que nada va bien. Rara vez una película ha mostrado con tal acierto esa incapacidad humana para poner nombre al dolor o a la ausencia. Y hablamos para evitar lo esencial. Llenamos el silencio para no tener que decir la verdad, para que la digan las caras en primer plano. Sorogoyen filma esa incomodidad con una paciencia impresionante. Deja que los planos se prolonguen, acepta las pausas, las respiraciones, las torpezas habituales del lenguaje real. Y con ello nace una forma de verdad. El espectador más que observar parece atrapado en la habitación con ellos. En el centro de la película se encuentra siempre Javier Bardem. Impresiona por su capacidad para hacer convivir la fuerza y la fragilidad. Su personaje parece luchar continuamente contra algo interno hecho de vergüenza, violencia, remordimiento y, tal vez, cierto miedo a ser desenmascarado. Bardem utiliza ligeras variaciones constantes: miradas que se ensombrecen de repente, vacilaciones imperceptibles. Llena la pantalla con una intensidad poco común, pero el milagro de la película reside también en el equilibrio con su hija.
Victoria Luengo le responde con precisión intermitente. Su personaje parece al principio contenido, casi frío, antes de que poco a poco vayan apareciendo las grietas. Entre ambos, Sorogoyen construye una relación tensa en la que cada palabra puede convertirse en un ataque o en una petición de amor encubierta, y esa es la gran apuesta, que el amor y el rencor van de la mano sin separarse un momento. Como en la vida real. La gran escena de la filmación de la comida constituye un momento culminante. Aunque al principio resulta divertida y casi ligera, deriva progresivamente hacia algo doloroso, con una violencia implícita enorme. Los diálogos fluyen con rapidez, lo no dicho aflora a la superficie y las viejas humillaciones resurgen bajo el velo de la ironía. Sorogoyen orquesta este cambio de tono con una maestría impresionante. De la risa nerviosa pasamos a una atmósfera casi irrespirable. A menudo todos interpretamos un papel, pero los de alrededor suelen conocer las debilidades ajenas. El amor y la crueldad conviven en una misma frase. En esta dolorosa búsqueda de la verdad, El Ser Querido habla de la necesidad de reconocimiento y del perdón imposible. Nos sumerge en la dificultad relacional que supone mostrarse vulnerable ante quienes más queremos, y en las barreras que nos ponemos para evitarlo a toda costa, especialmente cuando percibimos que se puede romper esa distancia que nos separa. Nos recuerda que la reconciliación no siempre requiere grandes discursos, sino que a veces basta un pequeño gesto, un quitarse la máscara. Sorogoyen nunca busca la emoción fácil. Prefiere las tensiones latentes, las heridas antiguas que siguen vivas bajo las conversaciones cotidianas. Apela a una verdad profundamente humana, incluso habitual: la de aquellas relaciones en las que el amor aún existe, pero donde las palabras para expresarlo parecen haberse desvanecido. Y el amor escondido que no brota a la superficie, queridos lectores, no es otra cosa que la nada.
La historia de El ser querido está escrita por el dúo Rodrigo Sorogoyen-Isabel Peña. Ambos han firmado la mayoría de las películas dirigidas por el primero y algunas otras para terceros, además de varias series. Tienen dos Premios Goya al Mejor Guion Original, ganados por El reino (2019) y por As bestas (2023). Además, estuvieron nominados en la misma categoría por Que Dios nos perdone (2017) y consiguieron numerosos premios en otros festivales por varios de sus guiones.
La fotografía dirigida por Alex de Pablo arranca en formato digital. Sin embargo, a medida que el rodaje ficticio y la tensión psicológica entre el director y su hija aumentan, la imagen muta. Se introduce una amalgama de texturas que combina película digital, 35 mm, 16 mm y hasta 8 mm. Varía constantemente entre la espectacularidad del formato panorámico y la opresión del formato de caja, intercalando secuencias en color y en blanco y negro para reflejar el estado mental de los protagonistas. De Pablo/Sorogoyen hacen un uso asfixiante de la cámara: La cinta se abre con una imponente e icónica secuencia de 20 minutos grabada en una sola toma (un plano-contraplano continuo en un restaurante). El uso de primerísimos primeros planos somete a los personajes a un escrutinio asfixiante donde se pueden ver no solo sus rostros sino sus almas, sus más pequeñas muecas, gestos, interjecciones, dudas o parpadeos. Creo que es esa una secuencia que acabará siendo estudiada en escuelas de cine algún día, una secuencia completamente hipnótica y mareante.
En el apartado de la música, al ser metacine, el compositor de la película ficticia es el mismo de la película real, el francés Olivier Arson y por ello la música original tiene un fuerte peso narrativo dentro de la trama. De hecho, el propio Olivier Arson realiza un cameo con su voz en un mensaje que el director ficticio escucha en su móvil, donde le cuenta cómo avanza la composición de la película que están rodando. En todo caso, la música, aunque fundamental, es escasa en el metraje, y el director ha preferidos los silencios introspectivos sazonados también con música de rock que escuchan los protagonistas.
El rodaje duró diez semanas, de las que siete tuvieron lugar en Fuerteventura. La geografía de la isla fue clave para simular los parajes del Sáhara Occidental durante la segunda república (la película colonial que rueda el protagonista en la ficción) y en ella vemos cómo es el rodaje en diversos escenarios y condiciones.
El cine español es muy, muy grande y tiene la particularidad de que habla nuestro idioma como nosotros, sin acentos ajenos, dicho en tono metafórico y real. Es nuestro cine, el único que tenemos, el único que trata de nuestro mundo y nuestras cosas, el único con el que podemos sentir complicidad sin sentir vergüenza ajena como tan a menudo ocurre con el cine de Hollywood. Porque sus creadores y actores son también como nosotros y habitan nuestros barrios y se ríen de las mismas cosas y conocen nuestras miserias. En esta misma columna a menudo he dicho lo que voy a decir ahora: Debemos ir a ver cine español. Es bueno y es nuestro. Por mucho que nos intenten expulsar de las salas con su ideología radical no debemos caer en la provocación, debemos ser fuertes, resistir y poner siempre por delante la obra antes que el creador o intérprete. Tener cine en España dependerá de eso. Perderlo será misión colectiva, de los que anteponen la ideología a la obra, de los que creen que su mensaje político es superior a su propio trabajo y de los que deciden que si el artista piensa distinto a ti su obra ya no merece la pena, de los que, en definitiva, no se respetan mutuamente. Aquí no hay buenos y malos, aquí hay distintas maneras de ver un país desde trincheras de cartón piedra, y tan equivocados están los que han decidido aprovechar su fama para hacer soflamas en contra de la mitad de su público natural como los que deciden no ir por rechazar esos mensajes. Una estúpida pelea de país infantilizado en la que todos perdemos.