Opinión

Entre la ficción y la realidad

TRIBUNA

Juan José Vijuesca | Miércoles 09 de septiembre de 2026

En uno de mis habituales paseos por el Retiro, me encontré con Desdémona. La auténtica. Mi sorpresa fue mayúscula. —¿Pensaba que Otelo te había dado matarile? —le dije. Ella sonrió. Me aclaró la situación. Al parecer, la almohada que utilizó el celoso marido para asfixiarla era de esas tan recomendadas para remediar la apnea del sueño. El caso es que se quedó dormida y se libró del final ideado por el bueno de Shakespeare.

El asunto de los celos, en la literatura de ficción, está bastante trillado, aunque reconozco que al escritor considerado como el más importante de la lengua inglesa mi opinión le traería al fresco. La fantasía, elevada a la categoría de novela, suele guardar estrecha relación con experiencias sensitivas, no por desagradar al lector, sino porque la invención casi nunca peca sin el permiso del autor. Sobre todo en cuestión de celos. Prueba de ello es que la imaginación es el resorte de la creatividad. Quizás por eso el célebre dramaturgo inglés, que revolucionó la literatura universal con sus múltiples recursos lingüísticos, no dejó atrás las comedias de enredo y también de humor. Lo que evidencia que es posible llorar y reír en la ficción. Cosa que es de agradecer. Por lo tanto, no me sorprende que Desdémona tuviese una opción para escapar de esa situación en la obra de Otelo. Lo menciono debido a nuestro encuentro tan inesperado.

Según ella, Otelo era el hombre de su vida. Atractivo y valeroso, e incluso dominador de las artes guerreras frente a los otomanos. En definitiva, Desdémona estaba encaprichada con él a pesar de que era un hombre repleto de celos, lo cual es una patología cuya manipulación malintencionada puede arruinar la confianza, el amor y la razón, provocando desastres; incluso en la vida real.

De acuerdo con el célebre William, quien así lo consideró en su famosa obra, es cierto que al mencionado Otelo, la víctima de los celos (un veneno en toda regla), estos le llevaron a matar a su inocente esposa. Una lástima que Shakespeare le metiera en tal lío, porque Otelo después se suicidó al descubrir que todo había sido una encerrona por envidias.

Por aquel entonces, el insigne dramaturgo Shakespeare no reparó en que sus personajes podían tener vida propia más allá de aquel evitable desenlace. Mi encuentro con Desdémona vino a confirmarlo, aunque la grandeza literaria, tan propia de los ilustres clásicos, siempre ha sabido convertir lo bello en atemporal. Por eso, la literatura de calidad sobrevive a los tiempos en quienes mantienen la cabeza alta frente a esa trampa conocida como sistema establecido, que no es otra cosa que obligarnos a bajar la mirada hasta convertirnos en esclavos para privarnos de la herencia no contaminada. Es decir, la realidad pura y dura. .

Así pues, no renuncien a mirar lo que imaginamos, pero, por favor, háganlo con respeto, con libertad para crear en los jóvenes un método donde la información profunda que brinda la lectura y el arte en general les permita convertirse en dueños de sus propios sueños y de su propia libertad. No olvidemos que la parte bella de la vida está en la cultura. Por eso, Desdémona se pasea por el Retiro ante los ojos del buen lector.