Opinión

El ombligo europeísta

TRIBUNA

David Porcel | Jueves 10 de septiembre de 2026

Ahora que el informe PISA nos saca los colores y nos descubre como cuasianalfabetos, con generaciones de jóvenes de quince y dieciséis años incapaces de comprender un texto de más de un folio y de resolver ecuaciones de primer grado, nos llevamos las manos a la cabeza y enseguida apuntamos a responsables. Si, en lugar de las pantallas y las aplicaciones, fueran jardines y árboles lo que nos circundara, diríamos que el problema son los aromas, las texturas y los colores naturales que distraen sobremanera a nuestros hijos. Echaríamos la culpa a los cuentistas que nos hablan de las maravillas de los bosques y a las familias que, en lugar de retener a sus hijos a base de disciplina, lápiz y papel, los dejan marchar hasta el recogimiento del sol. La cosa es responder a lo que se nos viene encima buscando culpables y responsables, causas únicas o múltiples, absurdas o plausibles, tontas o sesudas. La cosa es reaccionar señalando, porque de eso sabemos un huevo: de señalar apuntando y de apuntar señalando.

Pero el asunto no va de esto. Y el informe PISA, como cualquier informe más o menos detallado, más o menos sustentado, es otra ola dentro de la marea en la que estamos. Dar autoridad al informe debería pasar por considerarlo como un medidor de inercias de las que, por cierto, todo el entramado PISA forma parte, y que busca señalar, de manera incisiva e implacablemente efectiva, los nuevos culpables de la mala educación. Cuando el curso pasado ensayé en el instituto una actividad que reunía a alumnos de Bachillerato y de Formación Profesional, separados por categorías impuestas y arbitrarias como lo son «enseñanza teórica» y «enseñanza práctica», en unas jornadas de debate que llamamos «¿Quién gana cuando hablamos de igualdad?», entendí que la educación es mucho más que una fábrica de destrezas, valores y conocimientos, y supe ver que la pregunta no tiene por qué ser qué clase de conocimientos y valores queremos para nuestros hijos y alumnos en aras del éxito profesional, sino qué tipo de personas queremos para nuestra sociedad presente. Entendí, de un plumazo, que cuando en las clases de Lengua y literatura enseñamos a hablar y a escribir correctamente estamos formando a personas amables; cuando hacemos por que resuelvan problemas matemáticos sesudos que precisan de veinte o treinta pasos, estamos formando a personas pacientes; o que, cuando salimos a una actividad extraescolar y hacemos que nuestros alumnos descubran las fragancias y los colores de nuestra naturaleza, les enseñamos a saber lo que es la curiosidad.

Va siendo hora de abrir nuestro horizonte y dejar de pensar un poco más en nosotros mismos —en el fracaso de nuestras instituciones y facultades, en lo inútiles de nuestros proyectos, en lo mal que lo hacemos políticos, familias y profesores— para pensar en lo que pueden estar haciendo bien otras culturas y civilizaciones; no vaya a ser que, como el informe PISA dice de algunos países asiáticos, el verdadero germen del progreso, y del provecho, esté en otra parte.