Opinión

Plácida muerte del Cristo San Plácido crucificado

TRIBUNA

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 11 de septiembre de 2026

Velázquez pintó uno de sus Cristos crucificados, el más famoso y velazqueño, para el convento de las Benedictinas de San Plácido, en Madrid, en donde estuvo el cuadro escondido, por ser convento de Clausura y mechinal de la Corte, hasta la época de Carlos IV. Fue pagado por Felipe IV, frecuente visitador del convento y que debía muchos favores, discreción biográfica y consuelo espiritual a aquellas monjas. Después de 1790 siguen diversos cambios de propiedad privada, y en 1826, una frívola aristócrata lo ofreció en París por 20.000 francos; gracias a Dios la falta de gusto de la burguesía parisina, aún un poco revolucionaria y muy napoleónica todavía, hizo que no perdiéramos tan portentoso cuadro, y en 1829 el duque de San Frenando lo donó al Rey Fernando VII, creador del Museo del Prado, y quien a su vez lo ofreció a la incipiente colección de dicho Museo ingente. Aunque su iconografía huele a las singularidades de cristos del taller sevillano del suegro de Velázquez, con todo, el genio velazqueño respira en todo el lienzo su luz deslumbradora. De este maravilloso Cristo, de este Apolo muerto, se han hecho muchas copias y versiones desde que apareció al público gracias a la labor cultural del malfamado Fernando VII, que no fue tan mal rey como se dice, y del que algún día dedicaremos una columna contra la corriente histórica, perezosa y acrítica. Pues bien, la última gran copia – toda gran copia siempre es versión – de este sublime cuadro ha sido realizada por el gran artista manchego Daniel de Campos, quien lo ha donado a la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, de Valdepeñas, una verdadera joya arquitectónica del gótico de los Reyes Católicos, y claramente marcada por la influencia del Renacimiento italiano. Este Cristo de Daniel de Campos, como no podía ser de otra manera, nos invita a la oración interior y a la meditación espiritual en un contexto de recogimiento bellísimo y muy agradable.

La carrera de artista de Daniel de Campos ha sido una larguísima y variegada muestra de lo que la pintura expresiva - ya no toda pintura lo es - puede ofrecer a los amantes de las Bellas Artes, con el instinto de belleza aún no estragado por las locas corrientes de última hora. Aunque como artista de muchos años de productividad pictórica - es seguro que sobrepasa con creces los dos mil cuadros - ha tenido diferentes estilos y ha experimentado en diferentes vanguardias – es también un genial maestro del grabado - , al final su tiento y pincel, se han consolidado optando por un figurativismo descriptivo y narrativo que recuerda al realismo impresionista del siglo XIX. Daniel es ya un maestro excepcional en la pintura histórica y social, y también religiosa, desde hace ya muchos años, con espléndidas muestras de esto último en santuarios e importantes conventos de España. Hazañas nacionales, prototipos sociales y religión son sus grandes temas como los pintores de la sagrada Grecia: Polignoto y su Lesche de los Cnidios, la Capilla Sixtina de la Antigüedad Clásica, quizás el pintor narrativo más importante de la Historia de la Pintura, Fidias, el artista total, el Pintor de Meidías, Parrhasios, el pintor griego más parecido a Miguel Ángel, Apolodoro de Atenas, el pintor de las sombras, skiagraphia, o Zeuxis, o el más allá de los límites del realismo más verídico.

Velázquez es uno de los genios españoles más simpáticos por su profunda humanidad. Antes que ninguna otra cosa en Velázquez vemos una inmensa caridad, un inmenso sentido de liberalismo cristiano. Velázquez puso su genio a disposición de los míseros bufones, desperdicios humanos, con tanto amor como los rendía a los pies de los grandes caballeros y de los Reyes. El Bobo de Coria, de cuya horrenda catadura y de cuya simplicidad de espíritu se servían, para no aburrirse, los frívolos cortesanos, estaba más cerca de Dios que los galancetes esbeltos y las grandes señoras con la cara muy maquillada. Sólo alguien que pinta a los tontos con esa caridad y amor respetuoso puede pintar también esta hermosísima y perfecta humanidad crucificada. Ese delicado humanismo de Jesús se transparenta muy bien en el Crucificado de Daniel de Campos, horro de sangre de las modernas y morbosas recreaciones de la cruz, como la del integrista Mel Gibson. Por el contrario, aquí todo el cuadro parece resplandecer con la luz limpia de la Resurrección. Incluso tiene menos líneas de sangre que el original de Velázquez.

Miguel de Unamuno publica en 1920 el poemario El Cristo de Velázquez en la Editorial Calpe, de Madrid. Se trata de un poema compuesto por 2.538 endecasílabos, libres de rima pero no de esquemas acentuales clásicos. Este extenso poema nuestro Gran Energúmeno lo comenzó a escribir en 1913 durante un viaje que hizo a la castellanísima Palencia. Algunos pasajes fueron leídos por el autor en el Ateneo de Madrid, en 1916, muy contento de cómo se iba desarrollando la obra. Todo el poema resulta una explosión poética de nuestra fe cristiana, y Juan Ramón Jiménez lo consideró siempre como la obra suprema de Unamuno. Desde luego es la mejor descripción que se ha hecho jamás del Cristo de Velázquez.

“Vara mágica/ nos fue el pincel de don Diego Rodríguez/ de Silva Velázquez. Por ella en carne/ te vemos hoy. Eres el hombre eterno/ que nos hace hombres nuevos (…) Es el auto/ sacramental supremo, el que nos pone/ sobre la muerte bien de cara a Dios (…) la sobrehaz del alma nos sacude,/ y en el trémulo espejo retratado/ también el mundo tiembla (…) Revelación del alma que es el cuerpo,/ la fuente del dolor y de la vida,/ inmortalizador cuerpo del Hombre,/ carne que se hace idea ante los ojos,/ cuerpo de Dios, el Evangelio eterno (…) este es el Dios a cuyo cuerpo prenden/ nuestros ojos, las manos del espíritu (…) ¿En qué piensas Tú, muerto, Cristo mío?/ ¿Por qué ese velo de cerrada noche/ de tu abundosa cabellera negra/ de nazareno cae sobre tu frente?/ Miras dentro de Ti, donde está el reino/ de Dios; dentro de Ti, donde alborea/ el sol eterno de las almas vivas./ Blanco tu cuerpo está como el espejo/ del padre de la luz, del sol vivífico (…) por Ti la muerte se ha hecho nuestra madre,/ por ti la muerte es el amparo dulce/ que azucara amargores de la vida (…) vela el Hombre que dio toda su sangre/ porque las gentes sepan que son hombres (…) noche oscura del alma, eres nodriza/ de la esperanza en Cristo salvador (…) Tú al retratar a Dios nos pregonaste/ que somos hombres, esto es: somos dioses.”

Gracias, Daniel, una vez más, por convertir en Dios la imagen del Hombre.