Opinión

Tolstuá

TRIBUNA

Carlos Díaz | Sábado 12 de septiembre de 2026

Un estudio del Revived Genomics of Personality Consortium ha identificado más de 1.200 variantes genéticas asociadas a los cinco grandes rasgos de personalidad: apertura a la experiencia, responsabilidad, extraversión, amabilidad y neuroticismo y otras cuantas más. No existe, pues, un único gen de la personalidad, e incluso algunas de las asociaciones genéticas relacionadas con la personalidad se mantienen en poblaciones muy diferentes. Los análisis respaldaron la existencia de asociaciones genéticas que no se deben simplemente a haber crecido en el mismo hogar, pues el entorno y la trayectoria profesional desempeñan un papel fundamental.

Las variantes genéticas relacionadas con la personalidad pueden estar parcialmente asociadas con una amplia variedad de resultados vitales, desde la salud física y mental hasta la longevidad, el nivel educativo y la trayectoria profesional. Dichas variantes se encuentran también vinculadas a una mayor responsabilidad —organización, disciplina y cumplimiento de objetivos. Estas relaciones son estadísticas y no deterministas: una variante genética concreta no permite predecir por sí sola cómo será una persona ni qué acontecimientos experimentará a lo largo de su vida. Ese entorno, a su vez, podría contribuir a reforzar o modificar determinados rasgos de personalidad. El resultado apunta así a una relación bidireccional: los genes pueden influir en los entornos que las personas eligen o en los que terminan viviendo, mientras que esos entornos pueden contribuir posteriormente a moldear su personalidad. Más que buscar un supuesto gen de la personalidad, los investigadores plantean estudiar cómo múltiples variantes genéticas interactúan entre sí y con el entorno para contribuir a las diferencias que observamos entre las personas. Con tanto alboroto en la cabeza, a uno le dan ganas de repetir que el verdadero problema de la vida mental no es por qué enloquecen algunas personas, sino más bien por qué no enloquecemos la mayor parte.

Y esto sin preguntar más, pues en general estamos bien, pero “sin entrar en detalles”, como dicen los enfermos irónicos. Pues, si entramos en detalles, los disformismos individuales complican aún más la situación habida cuenta del fenómeno del así denominado entrelazamiento cuántico, que indica el relacionismo de todos los elementos singulares del cosmos y de la persona humana desde que Einstein rechazó el principio del realismo local, según el cual las propiedades de un sistema físico deberían poder considerarse independientes de la acción instantánea de otros sistemas espacio/temporales alejados. La separación espacio/temporal no rompe necesariamente la relación de continuidad que les une. Al igual que una función matemática, para mantener su condición de integrabilidad ha de conservar su condición de continuidad, así también la realidad exige que no confundamos separación con ruptura. Resultado: que de sabios y de locos todos tenemos un poco, aunque no todos en el mismo grado.

Aparte de eso está la intencionalidad de cada ser humano. Todos conocemos personas a las que parece haberles tocado el premio gordo de la lotería en todos los órdenes, genético, intelectivos y morales, y que sin embargo no saben qué hacer con tales premios, a los que convierten en castigos y traducen en vidas desgraciadas. Cuando se pronostica un riesgo como enfermedad y se sigue hablando de riesgo es que se es un mal médico. Lo demás son mandangas y chanchulleos postmetafísicos, marear la perdiz para comerte mejor, caperucita, literatura de aeropuerto para ejecutivos ejecutores.

Tolstói se dio cuenta de todo ello: “mi vida se detuvo. Podía respirar, comer, beber y dormir; de hecho, no podía no respirar, no comer, no beber y no dormir. Pero no había vida en mí porque no tenía deseos cuya satisfacción me pareciera razonable”. El hombre que escribió eso era el autor de Guerra y paz. El mismo que décadas antes había abandonado la fe de su infancia con la facilidad de quien deja caer algo que pesaba demasiado. Y ahora, en el cenit de todo lo que el mundo considera éxito, descubría que existía un pozo en el centro de su vida y que el pozo no tenía fondo. Tolstói recurrió entonces a la filosofía. Leyó a Schopenhauer, a Sócrates, al Eclesiastés. Y todos le dijeron lo mismo con distintas palabras: la vida no tiene sentido, la muerte lo destruye todo, la sabiduría consiste en reconocerlo, concluyendo que había cuatro maneras de responder a esa verdad. La ignorancia: no verla. El epicureísmo: verla y mirar hacia otro lado. El suicidio: verla y actuar en esa dirección. O seguir viviendo en la contradicción, sabiendo que la vida no tiene sentido y viviéndola como si lo tuviese. Él mismo, avergonzado, pertenecía a la cuarta. Pero entonces ocurrió algo que ningún filósofo le había previsto. Dejó de mirar a los intelectuales de su clase —los sabios, los artistas, los ricos— y empezó a mirar a los campesinos que trabajaban su tierra. Y vio algo que lo desconcertó. Esa gente, analfabeta y pobre, sin acceso a ninguna de las respuestas que la filosofía ofrecía, vivía sin la desesperación que lo estaba matando a él. Morían con serenidad. Sufrían sin destruirse. Y cuando les preguntaba —con los ojos, no con palabras— cómo podían vivir sabiendo lo que sabían, la respuesta era siempre la misma: la fe. No la fe de los teólogos. La fe del que trabaja, del que sufre, del que muere sin explicaciones y sin necesitarlas. “El conocimiento racional me llevó a la conclusión de que la vida era absurda; la mía se detuvo y quise quitármela. Considerando a las personas que me rodeaban, a toda la humanidad, vi que vivían y afirmaban que conocían el sentido de la vida”.

Tolstói tuvo el valor —o la necesidad— de describir abiertamente ese recorrido. Picasso lo pintó y se negó a explicarlo. Son el mismo camino hecho por dos genios del mismo siglo, en dos idiomas distintos, hacia el mismo borde. Hay en Confesión una fábula oriental que vale la pena detener y sostener. Tolstói la contó así: un viajero sorprendido en la estepa salta a un pozo para escapar de una bestia. Pero en el fondo del pozo hay un dragón con las fauces abiertas. Se aferra a las ramas de un arbusto que crece en las grietas. Y ve entonces que dos ratones —uno blanco, otro negro— roen sin parar la rama de la que depende su vida. Sabe que morirá. Y sin embargo encuentra en las hojas del arbusto unas gotas de miel y las lame. El ratón blanco es el día. El negro, la noche. El dragón, la muerte. La miel, todo lo que el mundo ofrece para no pensar.

No sé ya cómo decirlo, aunque lo haya intentado hasta en suajili. Aquella estudiante de lenguas modernas se volvió tan afrancesada, que en lugar de decir Tolstoy no paraba de pronunciar Tolstuá. Si llega a saber ruso no sé hubiera llegado a ser de la humanidad, seguro que se habría apuntado a los imperios de Putín, que en español se dice Putón. Ay, la Aca/cademia…

León Felipe, en el exilio mexicano, contó los niños muertos en los sótanos de la Guerra Civil. León Felipe, poeta español del éxodo y del llanto, escribía en 1939: “he visto a un niño con la cabeza rota / y doblada sobre un velocípedo,/ en una plaza solitaria,/cuando todos habían huido a los refugios./ El 18 de noviembre, sólo en un sótano de cadáveres,/conté trescientos niños”. Escribió estos versos el mismo año en que Picasso terminaba el Guernica. Los dos vieron lo mismo: la misma plaza solitaria, los mismos niños, el mismo horror. Uno lo pintó en gris. El otro lo contó en verso. El niño con la cabeza rota en el velocípedo es similar al niño muerto en brazos de la madre del Guernica. Hay muchas posibilidades de enloquecer. Y cansa tener que repetirse tanto. A lo mejor tengo que callarme a falta de argumentos, o apuntarme al bando de Andrea Abreu: “¿qué sentido tiene publicar cada dos años si o hay nada que decir? Prefiero sacar un libro cada década”. Yo tuve un compañero cuya mujer justificaba la escasez productiva de su por entonces esposo con la misma cantinela: “’cuando mi Fernando escriba va a eclipsar a todos! El eclipse se produjo, pero fue total y por distintos motivos, sobre todo porque a la esterilidad de Fernando se sumó el abandono de su adoradora esposa.