He escrito, infinidad de veces, sobre el proceso de formación de la Union Europea. El Tratado del Carbón y del Acero, firmado por seis naciones, en 1951 trataba de erradicar las infinitas guerras, por la conquista y defensa de puñaditos de tierra, que ha sido la historia de Europa.
Proponía el Tratado la supresión de aranceles y el control de fabricación, de estos dos elementos, imprescindibles para la guerra. Trataba de anular la acción de los del “gatillo fácil”.
La exitosa idea inicial se ha ido desarrollando, con nuevas condiciones de adhesión, al mismo tiempo que iba acogiendo a nuevos socios hasta llegar a la cifra actual de veintisiete.
Es un éxito impresionante. Las fronteras van diluyéndose, la cooperación va aumentando y la homogeneización de la legislación hace que Europa parezca una nación. Pero, desgraciadamente, no lo es, lo cual resta eficacia en este mundo competitivo e innovador.
Y he criticado la resistencia y parsimonia, de los dirigentes de las distintas naciones, en ceder competencias y autoridad lo que, junto a la baja calidad de los funcionarios que ceden a Bruselas crea esa sensación de política pantanosa que hace desesperante su toma de decisiones.
Tambien ha sido una de mis tabarras preferidas, la sordera de Europa a la llamada de su corazón, la nación suiza, que ha conseguido, desde hace siglos, lo que debía ser el proyecto europeo, formar una nación, con sus pueblos de muy distinto origen y lengua, al mismo tiempo que erradicaba, casi por completo, la acción política. Allí, increiblemente, manda el pueblo.
Apuesto una caña a que no sabeis el nombre del Presidente de Suiza. Es un señorín, con facultades prácticamente reducidas a la representatividad, que cuando sale de la oficina va andando y sin escolta, al mercado, a hacer la compra que le ha encargado su señora.
Pero últimamente, la desconfianza ante la posibilidad de que ese proceso se haga mal ha atemperado mis prisas. Es cierto que, en el actual escenario político y económico, Europa ha perdido protagonismo y relevancia. Y hasta se le falta al
respeto. Pero a la vista de la categoría de los lideres, que los otros sistemas producen, capaces de llevarnos al desastre, parece obligado avanzar con mucha cautela.
Los sistemas democráticos en vigor no sirven ya para contener la acción caprichosa de los mandatarios actualesVemos como el que quiere actuar al margen de ellos e. ncuentra fórmulas para hacerlo. La democracia no sirve ya de freno. El tirano ha vuelto.
Vemos a Putin, heredero de una democracia formal, que puso fin a la pesadilla comunista, perpetuase en el poder y volviendo a la guerra de conquista chantajeando, nada menos, con su enorme poder nuclear.
Vemos a la democrática Israel decidiendo, democráticamente, arrasar una nación que, a su vez, ha jurado acabar con él.
Vemos al inverosímil Trump, gobernando la democracia mas democrática de la tierra, rigiendo su nación y encendiendo y apagando guerras a golpe de capricho mañanero y comunicándonos el alcance de su futuro imperio si los “cabezas de huevo” de California le proporcionan el talismán de la longevidad.
Y por aquí, nuestro incombustible Pedro Sánchez que sectarizando a su parroquia con la doctrina “Progresista”, que su amigo Zapatero le ha traído de Iberoamérica y vendiendo jirones de soberanía a los enemigos de España, consigue aferrarse al poder como único objetivo.
A la vista de estos ejemplos y de otros que conoceis, en que los sistemas democráticos no son ya freno a los tiranos de siempre, mis prisas para que Europa se convierta en una nación, con mando único, se ralentizan.
Amigos: “Donde dije digo…..