Opinión

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TRIBUNA

Luis Bravo | Domingo 13 de septiembre de 2026

Sucedió temprano. En la primera semana en la que las clases se retomaron, en mi calle, un niño berreaba ante los tirones amables de su hermana mayor o su cuidadora, y me inclino más por lo primero, y le insistía a la joven, con toda su veracidad y cabreo, que no podía ir, que quería irse a la cama. La chica le decía que no, que vamos, que no podemos volver a casa. El niño insistía en que quería irse con su madre, que no podía ir porque estaba enfermo, ¡estaba enfermo!, así, con mucho énfasis en su sana negativa. Era una estampa bellísima. Pensé que, a esas horas, de haber sido visto por más gente, cuántos se hubieran apiadado de él y hubiesen convencido a la joven para que regresasen, que ya irían a contar alguna milonga a la guardería, que seguramente a ellos también les gustaría que les cubriesen las espaldas de igual manera de camino al trabajo.

Estas semanas, también, nos sale natural pedir ese mismo auxilio ante ciertas noticias. Que nos socorran de la crisis orquestada en Ceuta, y en primer y mejor lugar, que socorran a las personas que se han visto envueltas en ese engaño y que además están siendo víctimas de una xenofobia y racismo de lo más agresivos por una parte de la sociedad española que se enarbola —cuando le conviene, a sus horas— patriótica y defensora de lo suyo. Y más recientemente, de un nuevo estudio, el informe PISA, que determinó la falta de comprensión lectora que ha venido definiendo al
alumnado de entre quince y dieciséis años estos últimos diez. No cabe duda de que septiembre suele tener sus gomas tres a buen recaudo para que estallen y nos dejen buscando los trozos a recomponer con el susto todavía en el cuerpo. El auxilio puede venir por varios frentes, pero ante las decisiones que poder tomar para hallar posibles soluciones, o hipótesis de las mismas, la preferencia es quedarse con el titular y seguir berreando desconsoladamente por lo mal que va todo, aunque todo va siempre tan mal como bien.

La sociedad, vista desde un plano medio o general, suele acomodarse en el aturullo. Alzamos el tono rápidamente, pero esa velocidad es igualmente usada para sacarnos de plano, mirar para otro lado y ver —qué ironía— si así otros pueden ir solucionando el desaguisado. Entendemos, todavía a medias, que muy raras veces el problema se endereza solo, sino que se debe tomar conciencia de que hay que adaptarse a la problemática para comprenderla desde su raíz y así ir localizando sus puntos de reparación, en sustitución del arrancamiento de cuajo de lo que sea que moleste o resulte un impedimento, como suele clamarse —por algunos, muchos— a las bravas.

Estas semanas, de nuevo, también, uno ha terminado de leer Lázár, de Nelio Biedermann, que fue la sensación en la pasada Feria de Frankfurt y ha llegado a las librerías como la revelación de las letras europeas, de convertirse en uno de los libros de la rentrée y de lo que queda de año. Dentro de sus atractivos, está el de que un autor de su edad, y tiene veintitrés años, preste tanta
atención a los conflictos bélicos que se cruzan en la vida de la familia protagonista, como si la mirada de Biedermann fuese la de todos, para hacernos recordar que nos es demasiado inevitable
resistirnos a la tentación de la barbarie, si no imposible, y después nos llevamos las manos a la cabeza como si no fuéramos responsables. La necesidad de sabotaje, de represión y sumisión, nace con nosotros, pero es una tarea personal y conjunta la de mantenerla a raya, más aún si la necesidad busca someter a terceros.

La ristra de temores que se reparten entre unas situaciones y otras están ahí continuamente, suspendidos en el aire y dispuestos a evitar que sean tomados para acabar con su fijeza dañina, y
recordemos que suele haber unos cuantos que no están por la labor de espantarlos. Se muestran temprano sus voluntades, pero nunca es tarde para convencerse y cuidarse de ellas, evitando que nos cubran el raciocinio con su desconfianza.