Opinión

La normalidad

TRIBUNA

Juan José Vijuesca | Miércoles 16 de septiembre de 2026

Nuestro alrededor parece un lugar seguro. Un refugio donde el saludo no está proscrito porque casi siempre somos los habituales en idénticas horas y recorrido. Es la realidad cotidiana que dibuja un paisaje delimitado por una línea de contención. Invisible, aunque pueda no parecerlo. La vida en este sitio se desarrolla a través de pequeñas historias diarias.

Sin embargo, fuera de ese código postal, a menudo pasan cosas. Casi siempre nos parecen lejanas, pero, por raro que parezca, esos acontecimientos cada día se aproximan más a nosotros y nuestra normalidad comienza a experimentar vergüenza ajena. No me refiero en esta ocasión a ciertas partes del mundo en donde los conflictos todavía se nos antojan remotos, aunque los efectos colaterales de los mismos también nos sacuden y perjudican. Sin embargo, regreso a Ceuta porque lo exige la actualidad identitaria y porque, casi 50 días después de la invasión, la carcoma política sigue anclada en su realidad paralela ante una intolerable manera de gobernar la humillante invasión de nuestro territorio.

Por eso, ahora más que nunca, quiero ser España y que nadie venga a perdonarnos la vida o quizás a arrebatarnos nuestra honrada manera de convivir. Quiero ser gobierno sin que nadie me autogobierne, al menos sin mi permiso, sin mi voto y sin licencia para llevarse mi pedazo de historia. Quiero ser Ceuta porque no puedo mirar de cerca la villanía de un gobierno que se esconde y mercadea con la normalidad a la medida de sus caprichos. «Normalidad para Ceuta no antes de final de año», anuncia Sánchez, como si la libertad de un pueblo fuera un préstamo con intereses. De eso nada, presidente: a quien allana, a quien usurpa por el procedimiento del tirón nuestra soberanía, frente a ello no cabe medrar en beneficio del mal.

Con este gobierno, casi todo lo que representamos a diario es una obra de teatro con titánicas dosis de paciencia y abatimiento. Ahora bien, estas cosas tienden a diluirse con la facilidad del olvido porque son las desgracias de «los otros». Lástima, porque el ambiente está sucio, diría que violento, y eso comporta que los seres limpios y pacíficos deban guardarse para no ser estigmatizados. Una maldad de los tiempos actuales, tan plenos de bocas besadas por el diablo y cerebros llenos de viruta que complacen a aquellos que piensan que el serrín es la verdadera materia gris del ser humano.

Uno apuesta por ser amable, que, aun teniendo también sus inconvenientes, al menos achica los espacios entre la razón y la represalia. Como diría mi antiguo profesor de Ética: «Casi siempre, en las buenas obras, suele haber víctimas». Obviamente, se refería a los olvidos. Hoy se ha dado paso a los exégetas de la integridad bajo el control de los capataces de la nueva moral, quienes se encargan de convencer a la gente de que no se crea lo que ve con sus propios ojos. Y créanme, una cosa es la vista cansada y otra que Sánchez elogie la actuación «inteligente» de Marruecos durante la invasión de Ceuta, que no olvidemos que es una ciudad española tomada por invasores y que, a día de hoy, se ve sometida, vejada y abandonada a su suerte.

Yo, por lo menos, estoy con Ceuta y con las mujeres (marroquíes y españolas) agredidas y violadas, que también son víctimas de la normalización de la maldad. Lo digo porque las feminoides del Olimpo, góticas de rasgos, con sus silencios cómplices, están ahora muy ocupadas en captar votos y así lograr perpetuarse en obtener mucho dinero sin tener que trabajar.

Pues eso.