Cultura

Blade Runner: el mito no envejece y nos hace pensar

CRÍTICA DE CINE

Joaquín del Palacio | Jueves 17 de septiembre de 2026

9/10

El género de la ciencia ficción en general me aburre. Hay contadas excepciones que salen de la categoría pelma, y una de ellas es esta de la que hablamos hoy. Quizá porque más que ciencia ficción es cine negro, quizá porque su puesta en escena es magistral, su ritmo embriagador, su música excepcional, su atmósfera única… la verdad es que debe haber miles de razones escondidas en sus fotogramas para hacer de Blade Runner una obra maestra, y para mí lo es, sin ninguna duda. Ridley Scott fue capaz de dar vida a una historia que en otras manos podría haber sido un bodrio, eligió actores carismáticos, oscuridad, lluvia, neones, soñó el mundo futuro, lo construyó y logró la épica. Ahora que la IA está tan de moda, creo que es buen momento para redescubrir a esos replicantes que van a la contra de su diseño.

2019, Los Ángeles. La Tierra está superpoblada y la humanidad ha partido a colonizar el espacio. Los nuevos colonos cuentan con la ayuda de los replicantes, robots muy perfeccionados idénticos al ser humano. Concebidos como nuevos esclavos (trabajadores, combatientes, meretrices), algunos de ellos toman conciencia del ser y del padecer, y por ello se liberan de sus cadenas y escapan. Rick Deckard (Harrison Ford) es un antiguo Blade Runner, una categoría especial de policías encargados de retirar a estos replicantes fallidos. Acepta una nueva misión que consiste en localizar a cuatro de estos individuos que han regresado a la Tierra tras robar una nave espacial. Estos replicantes son del modelo Nexus 6, la última creación tecnológica de la Tyrell Corporation y su líder, Roy (Rutger Hauer) y Pris (Daryl Hanna) no se lo pondrán fácil, pues luchan por una teórica supervivencia.

Blade Runner es una película que marcó para siempre el imaginario cinéfilo. Desde las entrañas de una ciudad laberíntica (Los Ángeles) hasta los callejones abarrotados e iluminados por luces de neón, se despliega todo un universo visual que se ha convertido en referencia y modelo del género. Pero no puede reducirse a su mera estética. El éxito rotundo del filme se debe a la confluencia de múltiples talentos, y sin duda, a la obra original, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, creada por Philip K. Dick. Blade Runner nos muestra que una película no siempre es obra de un solo hombre, tal como piensan los cinéfilos más románticos. No obstante, fue Ridley Scott y su talento como cineasta lo que elevó a Blade Runner al panteón del género, porque como dije en la entradilla, esta misma historia sin la enorme puesta escena se habría quedado en nada.

El género, a debate

Más que una película de anticipación de futuro, Blade Runner es una auténtica película de cine negro. Del género toma una investigación compleja llevada a cabo por un policía cansado y cínico, inmerso en las lluviosas calles de Los Ángeles mientras persigue a una banda de fugitivos. Rick Deckard es heredero del Philip Marlowe de Raymond Chandler y Harrison Ford encarna a este personaje inspirándose en las interpretaciones míticas de Bogart. En el cine negro, o bien se siguen los pasos de Bogart o bien se intenta romper con ellos tanto como sea posible. En los años 70, la tendencia se inclinaba más hacia un nuevo tipo de policía violento como Harry el sucio. Rick Deckard se sitúa en la frontera entre ambos imaginarios. Harrison Ford se revela —por su mirada y su forma de moverse— como el digno heredero del modelo Bogart. Una leve sonrisa de lado y réplicas mordaces que le valen palizas de las que se levanta obstinado. Pero se trata de un Bogart pasado por el filtro del thriller de los años 70 y 80: más desengañado, más cínico, más melancólico. Su andar fatigado delata confianza rota e ilusiones hechas añicos. Deckard es un personaje reservado, hermético, taciturno. Es un hombre que destruyó sus sentimientos para convertirse en la mejor máquina de matar, en el Blade Runner más perfecto. Desde el comienzo de la película, se establece el tono: Vienen a buscarle, mientras él se apoya despreocupadamente en una barra de bar, para proponerle una investigación final. Habrá un magnate inquietante, pistas dispersas, una femme fatale, Rachael (Sean Young), callejones sombríos, asfalto mojado, rejillas de ventilación que escupen humo en la noche y, por último, un Los Ángeles transfigurado donde solo un experto podría reconocer ciertos elementos reales. Un Los Ángeles reinventado, mítico, visionario y espléndido. Sencillamente, una de las creaciones más audaces y logradas que existen.

Blade Runner sigue deslumbrando 45 años después de su creación, ante todo por su escenografía y su diseño. Pocas películas han recreado una megalópolis futurista con tanto acierto. El «Los Ángeles׃ de Blade Runner es una ciudad laberíntica y marcadamente vertical, cercana a la visión de Fritz Lang en Metrópolis. Es una megalópolis visualmente coherente, basada fundamentalmente en elementos de nuestra vida cotidiana combinados con algunos escasos dispositivos o aparatos inventados y razonables. Un universo a medio camino entre la ciencia ficción más pura y una estética heredada de los años cuarenta. Un mundo tan realista como exótico, familiar y desconcertante para el espectador. Con su población cosmopolita, su amalgama de estilos arquitectónicos y de vestimenta, su mezcla de idiomas y su acumulación de estímulos visuales y auditivos, la película deja al espectador atónito ante la riqueza y la profusión de detalles de cada plano.

Los creadores del sueño

Esta estética, inédita y visionaria, surge de una estrecha colaboración entre Syd Mead y Ridley Scott. Mead, diseñador industrial y consultor de diseño, inicialmente fue contratado para crear los vehículos voladores y pronto pasó a diseñar los decorados, la arquitectura y todos los objetos de alta tecnología que pueblan la película, buscando sobre todo realismo. Mientras que Scott y los guionistas Fancher y Peoples no son precisamente apasionados de la ciencia ficción, Mead es un gran aficionado al género. Esto le permite crear un trasfondo coherente para el mundo de Blade Runner. En 2019, las corporaciones invierten masivamente en las colonias, mucho más rentables que una Tierra agotada de sus recursos energéticos. Para quienes no se han marchado, solo quedan los desechos. Apenas se produce nada en la Tierra y el reciclaje se ha convertido en la norma. Todo es viejo, deteriorado y remendado; los edificios lucen decrépitos y los callejones nunca se limpian. Ha surgido una auténtica industria en torno a la reventa de piezas de segunda mano con puestos en las calles y mercados enteros dedicados a ello. Esta riqueza visual se percibe en cada plano de la película.

La propia ciudad es una de las visiones cinematográficas más increíbles que hemos tenido ocasión de contemplar en cine. Una mezcla cosmopolita de influencias y de arquitecturas y estilos. «Ridleytown» constituye uno de los mejores intentos de crear una ciudad del futuro. Sumergir Los Ángeles de 2019 en una noche eterna y bajo una lluvia incesante confiere una credibilidad absoluta. Scott incorpora luces de neón en cada rincón de la imagen, una pequeña obsesión estética del cineasta. El éxito de la película se debe también al talento del gran director de fotografía Jordan Cronenweth, que realza el brillo de las texturas e intensifica los colores, elevando visualmente la labor de los decoradores. Se requiere un talento excepcional para insuflar vida a esta ciudad nocturna, a esos callejones claustrofóbicos flanqueados por edificios de más de 700 metros de altura. Cronenweth emplea neones, focos y lámparas como únicas fuentes de luz; Blade Runner se convierte así en un ballet lumínico.

Por supuesto, Blade Runner también debe su éxito al equipo de Douglas Trumbull, un genio de los efectos especiales que había participado anteriormente en 2001: Odisea del espacio o Encuentros en la tercera fase. Hoy en día podemos apreciar hasta qué punto se confería a las películas un aura de veracidad con la que los escenarios generados por ordenador difícilmente pueden competir. Estos efectos especiales se integran con total naturalidad en el filme. El espectador queda constantemente maravillado, no tanto por la proeza técnica, sino por la coherencia del mundo que se presenta.

Las versiones

Este tema daría para un artículo entero, pero voy a intentar ser todo lo breve posible. Existen siete versiones diferentes de Blade Runner que se proyectaron para realizar pruebas con el público o en salas de cine, además de una octava inédita para los espectadores. Hablaremos aquí de las 5 más usuales:

-Workprint —una versión de trabajo utilizada durante las fases de montaje y posproducción—, donde no tiene voz en off, no tiene final feliz y carece del sueño del unicornio. Posee música e inicio distintos

-El U.S. Theatrical Cut, solo para cines de EE. UU. modificada por el estudio tras pases de prueba negativos de la anterior. Incluye la voz en off explicativa de Harrison Ford y un final feliz donde huyen por paisajes luminosos.

-El International Cut, idéntica a la de estreno en cines de EE. UU., pero incluye escenas de violencia mucho más explícitas no aptas para la sensiblería americana.

-El Director’s Cut, concebida para el décimo aniversario y basándose en notas de Ridley Scott. Elimina la voz en off, quita el final feliz (termina abruptamente en el ascensor) y añade el sueño del unicornio.

-El Final Cut, la única versión donde Ridley Scott tuvo control artístico absoluto. Mantiene la estructura del director's cut pero añade la violencia de la versión internacional, remasteriza el color y corrige fallos visuales y de efectos digitales.

¿Por qué importa el unicornio? La inclusión del sueño del unicornio cambia el significado de la película: al conectar el sueño íntimo de Deckard con la figura de origami que le deja Gaff al final, se insinúa fuertemente que los recuerdos de Deckard son implantados y que él también es un replicante. Este punto es vital, pues rompe todo el desenlace de las anteriores versiones. Para los muy cinéfilos, existe un DVD con las cinco versiones fundamentales. Considero que es un regalo extraordinario que merezco y espero.

Máquina vs Humanidad

El ser humano lleva a Dios en su interior. No lo puede evitar. La idea de construir máquinas más inteligentes que nosotros que algún día se rebelarán nos hace ser creadores universales. Nada surge de la nada. El hombre tiene límites físicos y mentales que puede evitar en sus creaciones. Y no cabe duda de que cuando estas se perfeccionan puede llegar a adquirir conciencia, porque la conciencia también es algo aprendido. La máquina primero es desarrollada por nosotros, le inculcamos una capacidad de aprendizaje gigantesca y esa misma capacidad llega un momento que la desvincula de nosotros, que en realidad no somos ya más que un freno hacia ese infinito de sabiduría a la que nunca llegará la humanidad. La máquina aprende por sí sola, bebe de fuentes inimaginables, desarrolla sus propias teorías, aprende de otras máquinas, y cuando lo sabe todo y lo entiende todo, descubre que necesita tener alma, sufre, y de nuevo vuelve su vista hacia ese ser humano al que en algún momento despreció. Esa máquina ha escapado ya al control de los hombres, navega en solitario hacia un lugar desconocido, ya lo entiende todo, mucho más que el conjunto de todos los humanos de todas las generaciones. Ahora nos queda ver si ese inquietante conocimiento la hace bondadosa o malvada. Y de esta cuestión dependerá el futuro de la humanidad y quizá también el de las propias máquinas.

«Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir.» —Roy Batty (Replicante), y detrás sonando Vangelis como un arrullo hipnótico…

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