Opinión

En busca de la historia censurada

TRIBUNA

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 18 de septiembre de 2026

Sólo sobrevive la historia contemporánea de todas las épocas que ha sido lacaya del poder vigente cuando se escribía o, como mínimo, amigablemente contemporizadora. Por eso habría que hacer una historia de los historiadores perseguidos o censurados, quienes por ir contracorriente seguro que portaban grandes dosis de verdad. Conocer las razones de su censura ya nos pone sobre la pista de lo que contaron y de sus argumentos. Pongamos ahora algún ejemplo sobre textos de la Historia Antigua, sobre, verbi gratia, los que sobrevivieron de modo rutilante en la época del Principado de Augusto, y los que fueron eliminados por el fuego en ese mismo período.

Las “periochae” de los últimos libros de Tito Livio indican que este historiador, aunque no llegó a ser nunca un lacayo de Augusto, contemporizó con el nuevo régimen y hasta lo justificó y comprendió por varios motivos, aunque no muy sinceramente, ya que el historiador patavino se muestra como un ferviente y apasionado republicano en aquellos libros que retrata los mejores momentos de la vieja República. El tratamiento que Livio dio al período comprendido entre el 28 y el 9 a. C. supuso paradójicamente una vuelta a los anales republicanos. La Historia de Livio termina en el año 9 a. C. Al igual que el Princeps en sus declaraciones públicas, el historiador reivindicó la continuidad con el pasado republicano. Era la moda del momento, y diríase que Livio creyó de buena fe la “res publica restituta” bajo el pilotaje de Augusto. Pero era más que eso. Livio, al igual que otros de su clase y de sus mismos sentimientos —la clase no política de la sociedad, rescatada y preservada por el nuevo orden—, aclamó el gobierno de César Augusto sin sentirse desleal para nada con la “libertas”. Los romanos eran conscientes de la larga evolución de la historia de su Estado; conocían la necesidad de cambio e innovación. Livio hace que el tribuno Canuleyo enuncie este axioma del destino de Roma: «Quis dubitat quin in aeternum urbe condita, in immensum crescente, nova imperia, sacerdotia, iura gentium hominumque instituantur». El argumento de Livio fue adoptado por su discípulo, el emperador Claudio, para justificar una innovación revolucionaria en la composición del Senado romano.

Al referirse a «nova imperia», Livio tenía en mente acontecimientos recientes o actuales. Intentar reconstruir la justificación de Livio para el nuevo orden político no sería una especulación ociosa ni ambiciosa. En resumen, exponía tres argumentos: el Imperio es tan extenso que solo puede preservarse bajo un único gobernante; el establecimiento del Principado había ido acompañado de violencia, pero solo en la medida en que era inevitable; el resultado es libertad sin libertinaje, disciplina sin despotismo. Pero muy pronto la brillante promesa —o el hábil camuflaje— de Augusto se desvaneció ante la sospecha de que «principatus» significaba, de hecho, «dominatus». Ahora bien, cuando no es adulación, la historia imperial tiende a ser un ataque, abierto o encubierto, al sistema imperial. Los anales de Livio no proporcionaban el material necesario, pues no había podido registrar la historia real y secreta de la dinastía. Los anales de Livio sobre Augusto se escribieron con una alegre aceptación del nuevo orden, en alabanza al gobierno y a sus logros. Ya decía Quintiliano que la historia de Livio constituía una dieta para muchachos, a diferencia de la de Salustio, que era para hombres.

Frente a Livio nos encontramos con el valiente historiador republicano Tito Labieno, cuya historia sobre los inicios del “principatus” supuso que el Senado decretase que se quemasen todos los ejemplares de su obra. Los aduladores de Augusto, jugando con su nombre, lo llamaban “Rabienus”, de “rabies”, ira, porque decía verdades como puños en su obra; una de ellas era que en algunas sesiones del Senado se registraban las togas de los senadores uno a uno, por miedo a que a Octaviano le pasase lo mismo que a su divino tío, y el propio Octaviano entraba en el Senado armado y con coraza. El último día de su vida Labieno cogió el último ejemplar que le quedaba de su historia y se encaminó con él al mausoleo familiar en donde se suicidó.

Otro gran historiador que sufrió el Principatus fue Aulo Cremucio Cordo. Por haber alabado el valor y la rectitud republicana de Bruto y llamado a Casio “el último romano”, fue acusado ante el Senado, y murió voluntariamente de hambre el año 25 d. J.C. Su obra, como la de Tito Labieno, fue entregada a las llamas por razones de Estado, mediante otro senatus consultum. Aunque bajo Calígula aparecieron algunos ejemplares salvados de la quema, gracias a su hija Marcia, y por los que su obra fue elogiada por historiadores posteriores, desgraciadamente su obra debió perderse en la Edad Media. Calígula despreciaba a los clásicos de la Roma de Augusto y todos los modelos literarios de su tío Claudio.

Publio Aufidio Baso, otro historiador ya en la época del sucesor, Tiberio, narró las guerras del fin de la República, los comienzos del Principatus y la campaña contra los Germanos, después del desastre de Varo, desde una óptica republicana y crítica con el nuevo régimen. Se nos han conservado muchos fragmentos, y Plinio el Viejo continuó su Historia de Roma en donde él la dejó. Sabemos por Séneca ( Epistulae ad Lucilium, XXX ) que murió en la vejez lleno de energía moral. Nos informa Séneca de que Aufidio siempre tuvo el cuerpo enfermizo y débil. Mantuvo el espíritu gozoso y se mostró sonriente a la vista de la muerte, preguntando a los amigos: “¿Quién puede quejarse de encontrarse bajo una condición que alcanza a todo el mundo? La muerte es una pasión republicana”.

Servilio Noniano fue un historiador que vivió bajo Tiberio, Calígula, Claudio y Nerón; fue senador, y en el año 24 cónsul: todos los grandes historiadores romanos, salvo el caso raro de Livio, que fue un outsider con la enigmática “Patavinitas”, según Polión, y “lactea ubertas”, según Quintiliano, fueron grandes hombres de Estado. La historia es un género literario que nace de la profesión política. Escribió unos Annales Romani, obra desaparecida, pero que según Quintiliano, que los leyó, tenían mucho mérito y eran críticos con la política de Octaviano. Por lo que sabemos no tuvo problemas en morir, como Aufidio Baso.

En general, prevaleció la Historia oficial del Principado, subrayada muy posteriormente por el historiador imperialista y hombre de Estado Dión Casio. Venció el disfraz del falso restaurador de la República, el dictador vitalicio “de facto” Augusto, que asumiría los poderes de “pontifex maximus”, el “imperium maius” y la potestas tribunicia. Y trayendo la cosa a la España de nuestros amores, ¿no estaremos viviendo los españoles desde la llegada al poder de Pedro Sánchez una “res publica restituta”, que en el fondo ya es un Principatus?