Esa es la pregunta que nos hacemos muchos y que se hacen diplomáticos de nuestro país, que desconocen dónde se encuentra don José Manuel Albares Bueno, pomposo Ministro de Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación desde el 12 de julio de 2021, que como tal debe planificar y ejecutar la política exterior del Estado y coordinar la Acción Exterior del Estado y, conforme con la Constitución y la Leyes, presentar a España en todos los actos de celebración de tratados internacionales, incluida la manifestación del consentimiento del país en obligarse a los mismos. Igualmente es también responsable de la dirección de la política de cooperación internacional para el desarrollo y de la coordinación de los órganos de la administración General del Estado, que, en el ámbito de sus competencias, realicen actuaciones en esta materia con observancia del principio de acción en el exterior.
Todo esto que hemos relatado tendría que cumplirse al pie de la letra por este diplomático de carrera que parece estar desaparecido en la crisis que tenemos en nuestro país, con una “guerra hibrida” provocada por el vecino del sur, que encierra un gran peligro, cuando la política exterior española ha jugado en los últimos años a un constante desvarío y con casi ruptura de relaciones y compromisos con naciones que antes fueron amigos y que han girado su amistad a ese vecino del sur.
Cuentan que se ve a don José Manuel Albares Bueno, deambulando por las salones del Palacio de Viana, su gran residencia oficial, y que cuando pasa por el hermoso salón rojo, se le aparecen los fantasmas de predecesores como Martín Artajo, Castiella, López Bravo., López Rodó, Cortina, Morán, Fernández Ordoñez, entre otros, que le persiguen y le increpan por su nula política exterior y por haberse entregado a los brazos monclovitas, sin el menor atisbo de una posible dimisión, porque tal vez piensa todavía que Sánchez puede ser su flotador salvador en las próximas y deseamos cercanas elecciones.
Mientras, en las dependencias del Palacio de Santa Cruz, sede del Ministerio y antigua cárcel de nobles, sus compañeros diplomáticos callan o murmuran en voz baja, porque si se les oye siempre habrá algún paniaguado que vaya con el cuento y se encuentren con un destino no deseado o no salga su bolita en el “bombo” que da ese consulado o embajada.
Los españoles esperábamos que el Ministro que lleva la política exterior fuera capaz de entrar de lleno en la resolución de la crisis ceutí, pero ya vemos que Albares es un “burattini”, es decir una marioneta de guante hecha con una cabeza de madera y un vestido en forma de saco donde el titiritero introduce la mano para moverlo.
Y ahora la consigna del que mete la mano es desprestigiar al Presidente de Ceuta al que se le considera culpable de todo. Y, como todos los ministros, suponemos que Albares hace lo que le manda o maneja el titiritero Sánchez, mientras Juan Vivas se esfuerza en encontrar soluciones para todos los ceutíes, que no nos olvidemos, son tan españoles como todos nosotros, y por tanto pueden exigir que la política exterior actúe con fuerza y decisión y no con el simple espadín del uniforme de gala de un diplomático.
No le extrañaría que también el fantasma de Godoy se le apareciera al desparecido Albares, cuando pasa por ese salón rojo del Palacio de Viana que conserva la biblioteca del aquel favorito real, que provocó no pocas desgracias, pero que conserva libros cuya lectura recomendaría al Ministro.