Los Lunes de El Imparcial

Félix de Azúa: Un fraude monumental. Mil años góticos

Ensayo

Lunes 21 de septiembre de 2026

Debate. Barcelona, 2026. 168 páginas. 19,90 €. Libro electrónico: 9,49 €.

Por Antonio Jiménez-Blanco Carrillo de Albornoz



En breve se van a cumplir cien años desde que, en 1927, Charles Homer Hastins, un americano dedicado al estudio de la Edad Media europea, publicara su famoso libro con el título El renacimiento del siglo XII, en cuyo Capítulo I, ‘Los antecedentes históricos’, recuerda lo mucho que avanzó la cultura en esa centuria: “El desarrollo completo del arte románico y el nacimiento del gótico; la eclosión de la poesía vernácula, tanto lírico como épica; y el nuevo saber y la nueva literatura en latín. El siglo empieza con la edad floreciente de las escuelas catedralicia y se cierra con las primeras universidades ya establecidas en Salerno, Bolonia, París, Montpellier y Oxford. Empieza con apenas el esbozo de las siete artes liberales y termina con la sabiduría del derecho romano y canónico, los nuevos textos de Aristóteles, Euclides y Ptolomeo; la sabiduría médica griega y árabe, que a su vez dan lugar a una nueva filosofía y la ciencia”. En lo que hace a las edificaciones cristianas, el autor concluye recordando que “el románico ya había alcanzado su cénit, y dejado atrás su decadencia, y el nuevo estilo gótico estaba firmemente instalado en París, Chartres y centros urbanos menores de Île-de-France”.

Por supuesto que cuando se escribieron esas palabras, hace casi un siglo, era dominante la visión tenebrosa de la Edad Media que se impuso en el siglo XV con el Renacimiento (ahora con mayúscula). Es notorio que hoy todo es diferente, en singular por lo mucho que han aportado historiadores franceses como Marc Bloch, Jacques Le Goff, Georges Duby o Fernand Braudel.

Por no llevar hasta el infinito las citas a libros anteriores a este de Félix de Azúa que da lugar a estas líneas, baste poner sobre la mesa un trabajo de Manuel García-Pelayo de 1990 (o sea, ya de vuelta en buen hora de Venezuela y además publicado allí) con el título de La Ciudad mercantil medieval, que empieza recordando que “la aparición de la ciudad, es decir, de un centro urbano constituyendo un núcleo autónomo de poder regido corporativamente, tiene lugar, en conjunto, en Italia hacia 1050, en Francia hacia 1100, en Alemania hacia 1200”.

Y, en términos casi lapidarios, afirma lo siguiente: “(…) la concentración de las gentes en la ciudad lleva consigo el contacto, el intercambio de opiniones y la concurrencia entre ellas, con lo que se promueve la creación de cosas y de ideas, y un dinamismo y movilidad que son la contrafigura del quietismo y fijación de las civilizaciones campesinas. De este modo, fue en las ciudades medievales donde nacieron las Catedrales, la pintura, el teatro y la Universidad”. Más aún: “Como principales causas y motivos que impulsan a las gentes a marchar hacia las ciudades pueden contarse la presión económica de los señores sobre los campesinos y la falta de seguridad derivada de las guerras privadas, y el fuerte ascenso de la curva demográfica que tiene lugar a partir del siglo IX y que empieza a declinar a mediados del siglo XIII”.

En suma, que en el siglo XII todo se juntaba. El concordato de Worms de 1122 entre el Papado y el Imperio poniendo término a la querella de las investiduras (el origen de la separación Iglesia-Estado, según Böckenförde y antes el propio García-Pelayo) y la obra del gran Pedro Abelardo (1079-1142) en el terreno de la lógica (sic et non) no fueron hechos aislados. Fue una de esas centurias a las que puede aplicarse el tópico de que “los tiempos adelantan que es una barbaridad”.

Es en ese contexto en el que se explica el libro que acaba de dar a la luz el gran Félix de Azúa. Su subtítulo, Mil años góticos, se incardina a su vez en el rubro mayor, Un fraude monumental, términos que él disecciona en el Prefacio: por monumento se deben entender, en primer lugar, las catedrales (francesas, en singular); y, en cuanto al fraude, el autor aclara que está muy lejos de su ánimo emplear la palabra en sentido peyorativo y mucho menos como acusación de un delito. Antes al contrario, trata de relativizar las cosas, porque, sobre todo en arquitectura, carece de sentido hablar de original y, como cosa contrapuesta, copia o copias.

El libro tiene apenas 168 páginas (sin desperdicio, eso sí) e invoca como causa inmediata el incendio de Notre Dame de París de 15 de abril de 2019 y la posterior reconstrucción, de la que se destaca que se ha llevado por delante una parte de la obra restauradora de Viollet-le-Duc en lo que hace a las vidrieras. Pero donde sitúa el origen de todo es en Saint-Denis, al norte de la capital (llamada así -impropiamente: de ahí lo de Pseudo- en honor de Dionisio Aeropagita, discípulo de San Pablo) y en la persona del abad Suger (1081-1151), del que por no conocerse no se conoce ni tan siquiera su nombre de pila, pero al que Azúa califica como “el inventor” (del arte gótico, obviamente), porque suya fue la idea de las vidrieras al servicio de la luz. Debe notarse además que fue un dirigente político de primer orden durante el reinado de los Capetos de su época, tanto Luis VI (el Gordo) como Luis VII (el Joven, marido por cierto de Leonor de Aquitania).

Apenas habrá que recordar que en aquella sazón ni Lorena ni Borgoña ni Provenza formaban parte del reino: eran una suerte de tapones situados, de norte a sur, entre aquella monarquía y el Sacro Imperio Romano Germánico. Pero, aun con esa limitación geográfica, es lo cierto, como se recoge en página 37, que “en menos de un siglo, exactamente entre 1180 y 1270, se alzaron en Francia dieciocho catedrales, seguidas luego por (otras) decenas (…) inglesas, centroeuropeas y españolas”. A destacar la cita a Colonia en página 67 y la foto de página 76 a la Iglesia de Saint-Maclou en Ruán, hoy indisociable del famosísimo cuadro de Claude Monet.

No se olvida Azúa del neogótico inglés del siglo XIX, encarnado en el edificio del Parlamento de 1834, con su famoso Big Ban. Le dedica más de un capítulo.

Particular interés merece la “pequeña guía turística del gótico” a partir de la página 129 y en la que se contienen “algunas instrucciones para la visita de la abadía de Saint Denís, las catedrales de Chartres y Notre Dame, y la Sainte-Chapelle. Con un añadido sobre la catedral de León”.

Andrés Trapiello escribió un precioso y sentido homenaje en “La Lectura” el pasado 19 de junio, señalando que es un libro que “se diría escrito en un rapto”, de lo pasional que resulta. Un libro para aprender, sí señor. Enhorabuena de verdad al gran Félix, una vez más.

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