Los Lunes de El Imparcial

Jon Bilbao: Esta es tu casa

Relatos

Lunes 21 de septiembre de 2026

Impedimenta. Madrid, 2026. 255 páginas. 268 páginas. 22,95 €.

Por Matías Jaque Hidalgo



Se nos suele recordar en la solapa de sus libros que, antes que escritor, Bilbao es “ingeniero de minas”, como si ello prestara cierta garantía de que nuestro hombre sabe extraer del inframundo los materiales sin los cuales la superficie, aunque lo ignore, no puede seguir adelante. Su estilo preciso y limpio, sin ser exactamente divertido, consigue crear un efecto de imantación sobre la atención del lector. Como si debajo de la trama pulcra y esmerada de su prosa latiera siempre algo oscuro e incómodo, algo que no nos va a agradar pero que, vaya a saber uno por qué, sentimos cierta obligación y urgencia de confrontar.

La efectividad de estas credenciales se evidencia ahora en nueve relatos que, sin llegar a componer una novela, se dejan leer en cierta medida como las variaciones sobre un mismo tema: lo siniestro. Quisiera entender el término en su estricto sentido freudiano, esto es, ese momento en que lo familiar, lo hogareño, se vuelve amenazante, extraño, perturbador.

El punto de partida, así, tiene que ser el propio Jon Bilbao, a quien, ficcionalizado en mayor o menor medida, habíamos ya encontrado como personaje en otras obras, como la justamente celebrada Basilisco. En estos cuentos, rondan la vida de Jon una serie de personajes que interrogan y desafían su proyecto de vida, sin ser modelos lejanos de una masculinidad brutal, pero en suma falible, como es el caso del vaquero John Dunbar, protagonista de sus anteriores incursiones en el wéstern.

Son, en cambio, individuos que divergen de su curso vital por decisiones, quizás, insignificantes en un pasado no muy lejano. Todos se ven atraídos hacia la casa familiar de Ribadesella, donde Jon Bilbao intenta, a la vera de la ría asturiana, ser nada más que Jon Bilbao.

Son sus dobles, sus fantasmas, recordatorios de que nunca debería darse nada por sentado. Un amigo de los tiempos de la universidad (en un relato llamado, justamente, “Recordatorio”) va a casa de Jon para contarle (entre la búsqueda de redención y la exhibición de chulería) la golpiza que propinó a un compañero de trabajo, y de la que no acaba de sentirse arrepentido. En otro (“Un fin de semana largo”), un frustrado aspirante a escritor (sospechosamente parecido al propio Bilbao) asegura cargar con el “mal” de Jon, que este le habría traspasado a través de la lectura de sus libros, y no dejará de acosarle hasta que el equilibrio moral del mundo vuelva a reestablecerse. Un fracaso que pudo ser el suyo, que acaso (la premisa recuerda a Solenoide, de Cărtărescu) sea el suyo.

En otros cuentos, quizás los más inquietantes, el que está al acecho es el pasado (no aconsejo leer “Viven muchas personas ahí dentro” en un momento de susceptibilidad, en especial si es de noche y se está solo). No diría, sin embargo, que Bilbao explora el género del horror. El horror es la degeneración pornográfica de lo siniestro (o lo siniestro es al horror como el erotismo a la pornografía). El lector encontrará apariciones y fantasmas, seres de un modo u otro inenarrables que causarán sobresaltos y escalofríos en la espalda. Pero lo que en cualquier caso se narra es el fugaz momento de la aparición misma, la latencia de una capa subterránea cuya naturaleza nunca queda, nunca puede quedar perfectamente explicada.

Para un reverso cómico de esto, que deja claros los límites de la poética de Bilbao, véase el estupendo (y, este sí, muy divertido) “Experiencia no física”, en el que un par de investigadores de lo paranormal asisten a los sinsabores de querer encajar en la ciencia el lado siniestro del mundo. Como observa lúcidamente Emilia, personaje central de los últimos tres relatos (disculpen por la extensión de la cita): “Si un hombre de ciencia lograra hender el velo de nuestra realidad, su triunfo no radicaría en abrir una puerta que permita el libre tránsito, ni siquiera una mirilla a la que aproximar el ojo para atisbar lo que se agita al otro lado, sino en la apertura inicial, microscópica, por donde se filtraría un único rayo de luz, el cual no informaría de la existencia de algo al otro lado […] pero sí confirmaría la existencia de otro lado. El mayor logro es corroboración y es promesa”. Quizás solo la literatura (la que se esmera en alcanzar la pluma de Bilbao) pueda proporcionar ese chispazo develador; esa ‒como diría Borges‒ inminencia de una revelación que no se produce.

Las presencias que pululan por la casa de Ribadesella me hacen pensar en una versión fantasmagórica de Parásitos (la película de Bong Joon-ho), que a su vez cabe entender como una versión materialista del tópico de la casa embrujada. Pero, sin que se excluyan del todo los conflictos de clase que dominan esta película (“Viven muchas personas ahí dentro” es un ejemplo), en los cuentos de Bilbao el que se retuerce y aflora por las grietas de la casa es, ya lo decíamos, el propio pasado (familiar, social, nacional).

Y es que la historia no es aquí una línea en la que cada época, en pacífica coexistencia con todas las demás, tiene asignado un sitio. Es, más bien, un ejercicio constante de superposición y borrado. Un mismo lugar contenido apenas por las arrogantes fuerzas del presente.

Por eso en estos cuentos la casa parece extenderse en ángulos improbables, a través de pasillos que, bajo la tenue luz crepuscular, parecen no acabar nunca, como si el pasado reclamara justamente ese lugar que ha perdido, aturdiendo a veces la percepción de sus actuales moradores, helándoles a ratos el alma. De paso, también la nuestra.

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