Enrique Aguilar | Miércoles 31 de diciembre de 2008
El 25 de diciembre pasado, en las primeras horas de la tarde, fuimos víctimas (mi familia inmediata y yo) de un asalto perpetrado en nuestro domicilio. Como resultado, numerosas pertenencias personales ya no tendrán asiento en nuestro inventario.
Se trató, por cierto, de un ejemplo más de la inseguridad reinante a estas horas: verdadera espada de Damocles que pende sobre diversos centros urbanos pero que, en nuestra ciudad capital y el llamado Gran Buenos Aires, alcanza ribetes alarmantes.
Sin embargo, una cosa es que nos lo cuenten y otra vivirlo en carne propia. Salir del ascensor, encontrarse con la puerta violentada y un completo desorden adentro: ambientes revueltos, bibliotecas, interiores de armarios... Son imágenes que pueblan el género policial y que en una jornada supuestamente festiva se nos volvieron realidad. Algo, empero, nos sirvió y nos seguirá sirviendo de consuelo. Al parecer, llegamos pocos minutos después de que los ladrones se dieran a la fuga con su botín a cuestas.
¿Qué hubiera ocurrido si, al ingresar a nuestro hogar, nos hubiéramos tropezado con ellos? Si nos fiamos de las estadísticas de los últimos años, seguramente nuestras vidas hubieran corrido otra suerte. Barruntar solamente esa posibilidad no puede ser sino un motivo para agradecer a Dios, como hicimos durante estas noches rezando en familia. Nada, en efecto, absolutamente nada de lo perdido, vale una milésima parte de esta vida nuestra que hoy está en vilo en tantas ciudades del mundo y por el mismo motivo: la delincuencia urbana que ya no se conforma con robar sino que hiera, secuestra e inclusive mata (en el convencimiento, a veces, de que no tiene nada que perder).
Que hasta el lunes por la tarde (es decir, cuatro días después) no pudiese lograr que la Policía me tomara una simple declaración en virtud del feriado de Navidad, el que decretó el Gobierno para el viernes 26 y los correspondientes al fin de semana, es un dato anecdótico en medio de esta historia, tan cotidiana como inadvertida, que, felizmente, no tuvo mayores consecuencias.
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