Opinión

¿Nos conocemos?

TRIBUNA

Gonzalo Laborda | Martes 22 de septiembre de 2026

Hace ya unos años, en una de mis salidas diarias a correr a última hora de la tarde, me encontré envuelto en una situación bastante curiosa. Recuerdo que bajaba corriendo por la calle Luchana, que conecta la plaza de Chamberí con la glorieta de Bilbao. En aquella época vivía en esa zona. De repente, escuché mi nombre. Una chica que estaba sentada en una terraza de una de las tabernas de esa calle me miraba, gesticulando con la mano y me llamaba por mi nombre. Sorprendido, y como su rostro no me sonaba de nada, decidí interrumpir mi carrera y acercarme con absoluta curiosidad. Una vez que llegué a su lado, ella volvió a mencionar mi nombre y, con naturalidad, me preguntó qué tal estaba y comentó qué alegría volver a encontrarnos. Estaba completamente confuso. No tenía ni la menor idea de quién era. Ella me conocía, sabía mi nombre y me hablaba con una gran familiaridad.

Pasados esos primeros instantes de cortesía, con cierta cautela le tuve que decir que no sabía quién era. «¿No eres Gonzalo?», preguntó ella. Mi respuesta fue afirmativa: «Por eso me he acercado». No podía creerse que no me acordase de quién era. Entonces añadió que habíamos estado hablando precisamente esa misma mañana en el supermercado, al parecer en una conversación bastante interesante. Le respondí que no había estado esa mañana comprando. Con energía insistió nuevamente: «¿Pero no eres Gonzalo de Úbeda?». «Pues la verdad es que no. Soy Gonzalo, pero de Tauste», volví a responder.

Esta última escena, un tanto medieval, rompió el encantamiento. Más allá de esta extraña casualidad —de que me hubiera confundido con alguien que no solo se parecía a mí, sino que se llamaba igual—, resultaba difícil imaginar semejante coincidencia. Resultó curioso que, a pesar de las explicaciones, mi identidad pareciera residir simplemente en el lugar de origen y no tanto en la persona que estaba delante: yo, vestido con ropa de correr y sudando. Así que la cosa quedó ahí, en medio de cierta confusión y alguna que otra risa.

De vez en cuando me acuerdo de esta escena un tanto pintoresca. Y pienso que, aunque carezco de cualquier conocimiento sobre antroponimia, intuyo que la necesidad de identificarnos vinculando nuestro nombre a un lugar, a una familia o a cualquier otro elemento representativo tuvo que surgir así: de una forma torpe, espontánea, un tanto azarosa. Después la ciencia de la administración y los historiadores pusieron un poco de orden en este jaleo, ante el crecimiento de la población.

Al margen de esta vivencia, es cierto que cuando uno sale a diario a la calle o queda sumergido en un grupo multitudinario de personas desconocidas, es fácil encontrar cierta cercanía. Y no es de extrañar que a uno le surja la pregunta: ¿cuándo fue la última vez que alguien te resultó realmente desconocido?

Quedamos con una persona por primera vez y ahí, frente a su rostro, aparece una ligera sensación de confianza: ¿La he podido ver antes? ¿De qué me suena? Llegado el momento adecuado, le preguntamos sobre esta posibilidad. Buscamos con cierta precisión posibles lugares de encuentro: el barrio en el que cada uno vive, las rutinas diarias, las aficiones, la vida profesional, los rincones favoritos. Nada, de nada. Vive en la otra punta de la ciudad, tiene gustos y aficiones diferentes y frecuenta lugares distintos. Te sientas en un café y miras a la gente pasear, a una señora que lee en el Metro o a un ciclista que te esquiva. Nadie es realmente extraño. Observas comportamientos de unos y otros; algunos te agradan y otros te desagradan o los rechazas, pero, en el fondo, todos resultan reconocibles. Cada uno hace lo que le corresponde en ese momento; cada uno actúa en función de la identidad que proyecta.

Estamos tan educados en categorías de análisis que todo aparentemente tiene un orden y una coherencia. Las personas dejan de sorprendernos. Es común hablar de la «masa» o del «sistema», o de identidades nacionales, ideológicas, sexuales o sociales concretas. Hablamos de que todo se homogeneiza o se compartimenta. Pero es posible que sean nuestras categorías, esas con las que intentamos ordenar el mundo, las que terminen por impedirnos ver a las personas en su particularidad. Las categorías son útiles para orientarnos; el problema es cuando dejamos que sustituyan al rostro que tenemos delante. Tal vez el problema no sea analítico ni tenga que ver con la falta de singularidad, sino con nuestra incapacidad de comprender al otro en su forma más desnuda.

Quizá sea la necesidad de buscar cercanía en una vida urbana cada vez más desconocida, o cierta ansiedad por conectar con la vida cotidiana, lo que nos lleva a emborronar el rostro más próximo y a dibujar en él un paisaje en el que estamos cómodos, protegidos. Walter Benjamin (1892-1940) escribió, a propósito de su experiencia urbana en el Berlín del decenio de 1920, de una forma un poco críptica en las páginas de Calle de sentido único: «los seres hacinados en el perímetro de este país han perdido la visión del contorno de la persona. Todo individuo libre se les antoja un bicho raro». En cambio, eso que llamamos «humanidad» se presenta delante de nosotros de una forma mucho más nítida. Es fácil hablar de ella y actuar en su nombre. Es como si esa lejanía sirviese para proteger del desgaste de lo cercano y blindar en un espacio lejano aquellas virtudes que cada uno considera necesarias para la convivencia.

A veces, lo mejor es salir a la calle y dejarse confundir: que la máscara que nos corresponde y que elegimos en cada escenario, por ser personas, nos la pongan otros. Y actuar con ese rol ajeno a nuestra voluntad, dando entrada a lo inesperado. Tal vez desde ahí podamos ser más nosotros de lo que pensamos porque, en el fondo, ¿quiénes somos realmente? ¿Quién define nuestra identidad? Aquella tarde tenía que haber sido aquel muchacho de Úbeda.