Miércoles 31 de diciembre de 2008
Se cierra para Italia uno de los años más difíciles, caracterizado por una grave crisis política, económica e identitaria. La bota itálica ha vivido un 2008 complejo, de dificultad económica, con la casi quiebra de Alitalia (salvada con la clásica “solución a la italiana”) y la incapacidad de las empresas nacionales para enfrentarse a la crisis mundial; de mala imagen para el país por la emergencia basura y el éxito del libro Gomorra, que han conllevado a una reducción notable del volumen del turismo; la controvertida gestión del tema migratorio, que ha generado acusaciones de racismo y muy pocos resultados tangibles. A nivel internacional, Italia sigue con su dificultad de encontrar su papel dentro de la Unión Europea, desperdiciando su potencial y su capacidad para su propio interés y el de todos los europeos.
Para Italia, el 2008 ha sido un año de cambios anunciados y nunca realizados, de cambios de gobierno al estilo gatopardiano del “cambiar todo para no cambiar nada”. Mientras la sociedad civil anhela cambios en diferentes sectores, la clase política parece poco proclive a hacerlo, alimentando el descontento y el pesimismo en torno al futuro del país. Una clase política gerontocrática e incapaz de dar voz a las exigencias ciudadanas. Caído el inestable gobierno Prodi, mucho se esperaba del Berlusconi III. Tras una campaña electoral en la que se anunciaban muchas reformas y medidas para “salvar” el país, la actuación del gobierno ha sido pobre y limitada a temáticas de escaso intereses. El gobierno ha focalizado su atención sobre problemáticas importantes pero no urgentes, dando vida a medidas más simbólicas que de real valor.
Por eso, otras deberían ser las prioridades para el 2009: en primer lugar, Italia debería pensar en cómo enfrentar de manera contundente la grave crisis económica que atraviesa, no ya ahora, sino hace décadas. No se trata exclusivamente, pues, de cómo desafiar los efectos de la crisis mundial, sino de cómo gestionar una crisis más estructural que coyuntural. A excepción de los productos de lujo, las empresas nacionales muestran su incapacidad respecto a la competencia extranjera y su debilidad frente a los cambios que requiere la globalización. Secundariamente, Italia necesita unas cuantas reformas urgentes, como la fiscal y de la Justicia, que tengan en cuenta la división de poderes y los cambios de la sociedad. El objetivo debería ser garantizar el Estado de derecho y mejorar un sistema que se está demostrando poco fiable. Finalmente, deberá tener en cuenta su papel internacional y ocupar, dentro de la UE y de los organismos internacionales, el lugar que le compete. Una nueva postura internacional serviría para dar credibilidad a un país cuyas contradicciones están dañando la imagen de una de las cunas de la civilización moderna.
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