Cultura

La verbena de la Paloma: apoteósico inicio de temporada en el Teatro de la Zarzuela

TOMÁS BRETÓN

Javier Mateo Hidalgo | Viernes 25 de septiembre de 2026

Pensar en un título popular y exitoso de nuestro género lírico nos conduce sin duda a La verbena de la Paloma. Su autor, el compositor, violinista y director de orquesta Tomás Bretón (1850-1923), obtendría con esta obra su paso a la posteridad, si bien realizó importantes aportaciones en los ámbitos sinfónico y operístico. Sin ir más lejos, cabe mencionarse La Dolores (1895) —otro hito popular del maestro salmantino— o las históricas Guzmán el Bueno (1877) y Los amantes de Teruel (1889). Bretón ya se había labrado un prestigio como creador de obras dramáticas, con las cuales buscaba dignificar la música española equiparándola a la europea. No obstante, el éxito del estreno de La verbena en 1894 acabó haciendo de ella la composición más conocida de su producción. El libreto de este sainete lírico fue creado por el dramaturgo madrileño Ricardo de la Vega (1839-1910), inspirándose en un hecho real que le narró su propio protagonista —un cajista de imprenta que transcribía los textos del escritor publicados en la revista La Gran Vía y que acudía a éste para solventar dudas debido a la mala letra que tenía en los manuscritos que se debían traducir—. La partitura fue encargada previamente al célebre músico villenero Ruperto Chapí (1851-1909), proyecto que finalmente rechazó por desavenencias con el mítico Teatro Apolo, donde la zarzuela iba a estrenarse. Tras el éxito de La verbena, Chapí se resarció tres años después con otra zarzuela muy castiza y famosa: La Revoltosa (1897). La verbena de la Paloma está ambientada en las fiestas estivales celebradas en honor a la “patrona popular de los madrileños”; en este contexto se narra la historia de Julián, un chulapo enamorado de Susana, a quien ha visto acompañada por un hombre en un carruaje, lo que le hará rabiar de celos. El hombre con el que supuestamente le engaña es don Hilarión, un boticario viejo verde que se ha encaprichado de ésta y de su hermana, Casta. Ambas viven bajo la protección de su tía Antonia. Julián irá acompañado por su madrina y protectora, la “señá” Rita, que se dedica a templar las pasiones del joven.

Tanto el argumento de la obra como su música, plena de comicidad, lírica y sentido de lo popular, hicieron de esta obra un éxito desde el mismo momento de su estreno. Tras La Gran Vía de Federico Chueca, se postula como la zarzuela más castiza, logrando trasladar el enclave típico del género a la capital española. La fama de La verbena la llevó a ser adaptada en numerosas ocasiones al séptimo arte, siendo recordadas principalmente las tres versiones oficiales: la homónima y silente de José Buchs (1893-1973) realizada en 1921, con partitura adaptada por el propio Bretón para su acompañamiento y que supuso el espaldarazo definitivo para hacer prosperar al cine español en términos de industria y de aceptación del público; la ya sonora y dirigida por Benito Perojo (1894-1974) en 1935 y que fue un auténtico éxito para el cine de la Segunda República; una tercera en color dirigida por José Luis Sáenz de Heredia (1911-1992), producida por Perojo y estrenada en 1963.

Por todo ello, La verbena de la Paloma supone uno de los títulos del repertorio zarzuelístico más queridos tradicionalmente por el público. Esto hace que su elección para el estreno de la temporada del Teatro de la Zarzuela suponga todo un acierto. La institución se puso de gala en este arranque, que tuvo lugar el pasado miércoles 23 y resultó apoteósico. A la zarzuela le acompañó un “prólogo cómico lírico” ideado en homenaje a la denominada como “catedral del género chico” donde la obra vio la luz, titulado Adiós, Apolo. Escrito por Álvaro Tato y estrenado en 2024 en el propio Teatro de la Zarzuela, se caracteriza por una hábil mezcla de nostalgia, humor y ternura. Con una duración de media hora e ideada para acompañar a la zarzuela de Bretón, supone un acertado aperitivo del plato principal acercándonos a las obras más emblemáticas levantadas sobre el mítico Teatro Apolo (1873-1929) y justificadas plenamente dentro del libreto. Así, se recrearon números como el Chotis de la garsón perteneciente a la revista El sobre verde (Enrique Paradas, Joaquín Jiménez y Jacinto Guerrero, 1927), el Tango del cine de la zarzuela La gente sería (Carlos Arniches, Enrique García Álvarez y José Serrano, 1907), la Polka japonesa de El pobre Valbuena (Tomás López Torregrosa y Quinito Valverde, 1904), los valses del Caballero de Gracia de La Gran Vía (Joaquín Valverde y Federico Chueca, 1886) y de Neptuno en la revista El año pasado por agua (Ricardo de la Vega, Joaquín Valverde y Federico Chueca, 1889) o la Polka del fotógrafo de El bateo (Antonio Domínguez, Antonio Paso y Federico Chueca, 1901). Esta pequeña obra se ambienta precisamente durante los ensayos de la última representación de La verbena por parte de una caótica compañía en el Teatro Apolo, antes de que éste fuera adquirido por el Banco de Vizcaya y demolido. Disfrutamos del sabor de los años veinte del siglo pasado con el vestuario de los personajes, el argot de los diálogos o los sucesos históricos que estaban teniendo lugar en ese tiempo: la dictadura de Primo de Rivera, la llegada del cinematógrafo o el derecho al voto femenino. Tras distintos momentos hilarantes, el director de escena finalmente se quedaba solo y, dirigiéndose al público, afirmaba en tono emotivo y pleno de sabiduría: “Los artistas no mueren por entero / si su voz se recuerda todavía. // Su luz solo se apaga si se olvida / y si se queda en otra luz prendida / ningún teatro está vacío y solo; // por eso cada noche en que resuena / la música inmortal de La verbena / vuelve a la vida el gran Teatro de Apolo”.

Así, la escenografía que describe el espacio entre bambalinas del histórico teatro donde sucede el mentado prólogo —compuesta de bastidores, paredes deslucidas, carteles de antiguos espectáculos, un piano y sillas para los ensayos— da paso a una nueva para La verbena, compuesta por fachadas de casas decimonónicas madrileñas, a través de cuyas ventanas y balcones tiene lugar la vida de sus inquilinos. Estos edificios —en alguno de cuyos muros exhiben grandes carteles publicitarios de época— irán subiendo y bajando según vayan pasando los actos de la zarzuela, dejando ver tras un hotel un “cachito de cielo” madrileño en una noche estrellada, un engalanado concurso de Chotis con sus múltiples farolillos colgantes o el archiconocido “Café de Melilla”, el cual se irá acercando ingeniosamente hasta el público mientras sucede el número tercero de la Soleá con su famosa letra “En Chiclana me crié”. Unos decorados diseñados con auténtico preciosismo y rigor histórico por Nicolás Boni y que resultaron del agrado del público. El mencionado cuadro flamenco, donde se entrelaza el espectáculo del café con las reacciones de los vecinos —incluyendo a Casta, Susana y Antonia—, resultó largamente ovacionado mientras los intérpretes permanecían detenidos en distintas poses —algo que fue muy meritorio debido a la duración de los aplausos—. La dirección de escena y coreografía de Nuria Castellón fue también elogiable, pues su propuesta logró una constante presencia actoral en el escenario, no dejándolo vacío ni siquiera en momentos musicales como el célebre Preludio orquestal de la obra —quizá un tanto recargado en ocasiones por el ballet—. Por su parte, la elección de los intérpretes —cantantes, bailarines y figurantes— fue bien acertada, más cuando se trata de personajes tan característicos como los de esta obra. Sin renunciar a su espíritu original, se les dotó de una nueva pátina con la que huir de los arquetipos clásicos. Como ejemplos claros y evidentes, don Hilarión se despojó de su habitual chistera y Julián de su bombín. Sara Salado estuvo sorprendente como cantadora, evitando la esperable interpretación sobria de la Soleá para apostar por un barroquismo flamenco de gran hondura. Es bien meritorio el papel doble de casi todos los intérpretes, presentes tanto en el prólogo como en la zarzuela. Antonio Comas hizo un divertido don Hilarión distante del más recordado —encarnado por Miguel Ligero—, Borja Quiza asumió un sobrio don Julián e impactó con su profundidad sonora, Carmen Romeu fue una Susana con fuerte personalidad vocal e interpretativa —como su pareja en la ficción—, la ya legendaria Milagros Martín puso su experiencia y saber estar en su papel de la “señá” Rita, Gurutze Beitia hizo fácil su difícil papel como tía Antonia, Rafa Castejón, tabernero y marido de la “señá” Rita, clavó su papel de castizo típico y demostró ser un excepcional director de compañía durante el prólogo y Gerardo López brilló como Don Sebastián y fotógrafo en el previo cómico-lírico. El Coro Titular del Teatro de la Zarzuela dirigido por Antonio Fauró y la Orquesta de la Comunidad de Madrid a cargo de Carlos Aragón sonaron a las mil maravillas, tal y como nos suelen tener acostumbrados.

Así pues, el inicio de la nueva temporada de la Zarzuela no pudo comenzar mejor. Enhorabuena a todos los implicados por hacerlo posible.

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