Opinión

Mi padre y los cines

TRIBUNA

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 25 de septiembre de 2026

Los primeros años de mi vida los pasé en la Calle La Brasa, en una de cuyas esquinas estaba el elegante cine de Arias Gonzalo, y en el que todos los días miraba embelesado los bellos carteles de cine que todavía sabían hacer nuestros grandes cartelistas, y de los que llegó a escribir con admiración el gran Francisco Nieva. Todas las mañanas de domingo hasta los doce o trece años, en que empecé a salir con los amigos de la calle, iba con mi padre a uno de los cines de Zamora, principalmente el cine Barrueco, que no estaba lejos de casa. Yo iba muy bien arreglado gracias a los desvelos de mi madre, pues en aquella época había que ir bien vestido los domingos, y máxime cuando los domingos comenzaban con la misa de la parroquia de Nuestra Señora de Lourdes. Los finales de los 60 y los principios de los 70 fueron la época dorada de los cines. Había cines por la mañana y por la tarde, y por la tarde los había con doble cartelera, esto es, con la proyección de dos películas. Te podías pasar una tarde de sábado o domingo cinco horas completas en el cine, con intermedios para levantarte y comprar cacahuetes y una cocacola. Muchos domingos, por la tarde, aún teníamos hambre de más cine e iba ya solo o con algún amigo al Cine del Colegio “Corazón de María”, un colegio de claretianos en que estudié la primaria y el bachillerato, y que tenía un estupendo cine ya desaparecido, como todos los cines clásicos de Zamora, claro, y que se abarrotaba todas las tardes de domingo de una alegre chiquillería estudiantil. Aquel cine también sirvió para hacer el primer congreso provincial en la clandestinidad del nuevo PSOE de “Isidoro”. “Más curas mineros/ y menos minas de lapiceros”, apareció un día como bárbara consigna en los exteriores de aquel precioso cine. No hay tardes más tristes que las tardes de domingo, y no sólo por la gran novela portuguesa de Fernando Namora. Aquellos cines y sus películas, casi siempre americanas, nos formaron en gran parte, y hasta nuestra actual mundivisión puede ser que sea en gran medida responsabilidad de las miles de películas que vimos en aquel útero oscuro, que con tanta fuerza excitaban nuestra imaginación y nos proporcionaban, por qué no decirlo, una pequeña isla adonde escapar en busca de sueños felices que nos alejaban de una realidad gris. Afortunadamente las películas americanas de entonces encerraban un cine y un guión infinitamente mejor y con principios más éticamente universales que las que hoy se padecen con desprecio. Cuando la película era buena mi padre me comentaba la psicología de los personajes y el sentido de la trama, e incluso la sintaxis cinematográfica de algunas escenas.

Mi padre era muy inteligente y agudo y sus análisis y comentarios yo los disfrutaba mucho. Mi padre conocía centenares de nombres de grandes actores, y de algunos hablaba casi con devoción, como Alec Guiness, Gary Cooper, Edward G. Robinson, Charles Laughton, Laurence Olivier, Orson Welles, la Magnani, Cherkasov, Humphrey Bogart, Lionel Barrymore, o Deborah Kerr, el corsé victoriano a la vista, y de la que yo creo que estaba un poco platónicamente enamorado. Luego he visto que quizás fuese su tipo de mujer. Mi madre se parecía mucho. Le encantaban también las féminas que protagonizaban el cine negro, y que constituían una siniestra trinidad: Gene Tierney, Lauren Bacall y Barbara Stanwyck. Tenía una película fetiche, una película que lo obsesionaba, El Puente sobre el Río Kwai, que yo creo que llegó a ver como mínimo cien veces. ¿Qué tenía aquella película que tanto lo obsesionaba, además de su genial director, su exquisito guionista y sus magníficos actores? Yo creo que era la dignidad de los presos ingleses, representada por su coronel, Nicholson. Este coronel, interpretado por Alec Guiness, demostraba que incluso preso se puede vencer al bárbaro con la fortaleza de una dignidad intransigente nacida en una sociedad civilizada y democrática. Mi padre pertenecía a los vencidos en la Guerra Civil, y tras la toma de Santander por las tropas italianas, estuvo preso dos años en El Dueso. Allí conoció a un jovencísimo Pepe Hierro, que sorteaba las quintillas que su inspiración o su Musa sacaban de su corazón como mariposas de papel. Los vencidos siempre pueden establecer el imperio de la ley, y con ella la civilización, si prefieren morir como hombres libres y dignos a vivir como animales salvajes. Quizás allí mi padre también encontrase ejemplos de principios morales basálticos, como los del coronel Nicholson. En general mi padre adoraba todas las grandes películas de David Lean, como Lawrence de Arabia, cuyo drama interior interpretó sublimemente Peter O´Toole, el actor con alma torturada, casi perturbada, como lo demostró en La Noche de los Generales, de Anatole Litvak, o como Doctor Zhivago, con la soberbia interpretación otra vez de Alec Guiness, haciendo de dirigente comunista posibilista. Nuestro anhelo de democracia y nuestra siempre cuestionada libertad deben mucho a aquellas películas. El cine no es inocente, y quizás falte un trabajo sociológico para probar que aquellas películas prepararon el corazón de los españoles para la Transición y la Democracia, y también para abrazar, por fin, a Europa.

En las tardes de verano, a partir de los catorce años, comencé a ir al Cine Pompeya o al Cine Principal, reconvertido hoy en un bello teatro público. El cine nos salvaba muchas veces de la tortura del aburrimiento y de la amarga soledad, más amarga cuanto más joven se es. Hay grandes directores que consideran el gran cine como una terapia sanadora contra el miedo a la muerte o contra la angustia vital. A veces la evasión nos ayuda a enfrentarnos a la realidad con más recursos. Aunque siempre he sido, gracias a mi padre, un buen lector de novelas, también he sido, gracias también a él, un buen espectador de gran cine, casi un cinéfago.

La evasión que facilita el cine no sería posible sin las estrellas. Para el gran público, el cine no es las historias que las películas cuentan, sino estrellas a las que les pasan cosas en la película y a las que se va a ver incluso en las películas no buenas. Particularmente yo tengo graves prejuicios mentales contra una larga serie de actores de los que yo jamás vería sus películas, por representar lo contrario a lo que yo entiendo como cine. Es así que del mismo modo que hay actores que atraen a ver sus películas, otros espantan a los espectadores. La estrella nace cuando eso que el intérprete es conecta con lo que el público quiere que sea o, más exactamente, con lo que el público quiere soñar que es. “Mi trabajo es representar; el suyo es presentar”. Estas palabras de Charles Laughton sobre Gary Cooper marcan la diferencia entre el gran actor y la estrella.

A pesar de los muchos cambios habidos en los roles sociales del hombre y la mujer todavía hoy el cine sigue tenazmente este principio: el hombre está hecho para la lucha como la mujer para el amor.