Opinión

Tantos detalles

Luis Bravo | Domingo 27 de septiembre de 2026

De entre todos los espacios que se recorren en una jornada, es fácil escoger más de uno que nos sirva de vía de escape. La realidad es brusca y reincidente en la costumbre de anularnos con su insensibilidad y convulsiones que nosotros terminamos por asumir y magnificar. Esto es una evidencia sin necesidad de que tengamos puesto de fondo un informativo en la televisión. Basta con fijarse en las pequeñas acciones rutinarias. En cambio, los bares, las librerías, los cafés, son algunos de los accesos por los cuales podemos sentir que no hemos perdido nuestra sofisticación frente a la marrullería reinante, y es mucha en estos momentos.

Los últimos mencionados, los cafés, son y han sido, desde su establecimiento en la cultura occidental, desde su implantación meramente comercial hasta su posterior refinamiento, lugares necesarios en los que la identidad urbana ha podido desdoblarse entre su condición de paseante ordinario o extraordinario que ejercita su pausa, y la sombra que se alarga con olor de promesa y aventura. Aunque ésta sea notoriamente ilusoria, sostiene la importancia con la que los cafés han atravesado siglos y ha permitido que no cayesen en el olvido, a pesar de que muchos de ellos llevaban escrita la fecha de caducidad —física o espiritual— en letra pequeña en la cuenta, tapada en el plato por las propinas.

Las teorías y digresiones acerca de determinados sitios y todas las posibilidades que acumulan, es una práctica que la literatura francesa ha tenido a bien cultivar, y no es de extrañar que sea de dicha nacionalidad el autor del breve y hermoso libro Algunos cafés italianos, en traducción de Ernesto Hernández Busto. A pesar de haberse publicado originalmente en 2001, el libro de Patrick Mauriès mantiene esa fascinación que se ha visto ampliada por las diversas tendencias que han facultado a estos negocios con distintas visiones, de lo cursi a lo pijo a lo falsamente antiguo. Bien. Eso son sólo las consideraciones comerciales y superficiales. Mauriès aboga por un acercamiento más sensorial e histórico, con ecos semióticos —no en vano, recuerda a la prosa de Roland Barthes, de quien fue discípulo y secretario, como apunta en el epílogo Albert Serra—, rebajados por los matices líricos. Para Mauriès, el café no deja de ser un lugar de paso, pero el escenario que dispone amplía esas otras condiciones para las que poseemos un don privilegiado: la teatralidad, la invención y los incidentes que provoquen la suma de las anteriores. Hacen que del espacio surjan el roce y la frustración, los detalles de lo molesto y lo seductor, levantados sobre el vacío.

Este libro culto y cautivador en su dispersión de nombres y ciudades, desde Nápoles hasta Padua, pasando por Florencia y Venecia —y en cada una, el Florian, el Greco, el Cova, el Quadri, el Pedrocchi—, coincide en la unificación de un legado que sitúa a lo europeo como todavía un sinónimo de civilización que puede aspirar a la belleza. Como todas las ideas que se enfrentan a un panorama de decadencia, y así puede comprobarse en el de nuestro continente, vienen reforzadas por ese deseo de sacar del lamento de su desaparición una sustancialidad que nos recuerde la conversación rica, ambigua y dinámica, apunta Mauriès, que irradiaban los cafés, a pesar de las diferencias, y que los protocolos de sus decoraciones, clientelas y literaturas, sigan imprimiéndose en los recuerdos y caracteres de aquellos que hicieron de esos locales unos destinos incomparables a los que acudir.