Si la pútrida asfixia que padece Ceuta se prolonga mucho más, me temo que nuestra actual democracia sufrirá un colapso desbaratador, pues, conforme pasan los días, los españoles colegimos con toda nitidez que, de encontrarnos en un trance semejante —la invasión de nuestra casa o de nuestro pueblo por un grupo de desarrapados extranjeros so pretexto de asilo—, nos hallaríamos tan desprotegidos como los ceutíes. Entonces; ¿de qué nos sirve este Estado y todo su aparato de seguridad si se abstiene, en el momento preciso, de cumplir su más sustancial y antiguo cometido? Terrible pregunta con la respuesta implícita; y lo que es más terrible todavía: un estropicio causado por un solo hombre, hoy aborrecido —según se escucha en cualquier concentración pública, espontánea u organizada— por la mayoría de nuestros compatriotas, y cuya deposición de la presidencia del gobierno, al parecer, no hay autoridad o institución que la promueva, cuando su continuidad en tan decisiva magistratura se ha demostrado en Ceuta, como en tantas ocasiones precedentes —el covid, La Palma, los incendios, la dana, el apagón, Adamuz…—, sumamente dañina para la nación.
Así que, con un parlamento ajeno al clamor del pueblo y sin otra instancia o autoridad que pueda incoar un proceso para destituir a quien, contra su primer deber y sin motivo justificado, zahiere a los ochenta y tantos mil ceutíes, cunde por España un sordo despego del sistema que le ha procurado casi cincuenta años amables y de un disfrute de amplias libertades; desengaño que, si arraigase, nos abocaría sobre una catástrofe aún peor que cuanto ya supone la mera permanencia —sea un minuto, una hora, un día, una semana, un mes…— de Sánchez en La Moncloa. De modo que, acuciado por estas angustiosas premoniciones, revuelvo por aquí y por allá, y por fin encuentro algo digno para celebrar en este par de páginas: el nacimiento, en Barcelona, de Julio González, hace ciento cincuenta años más una semana; quien —o así se me antoja— cambió, con su amigo Pablo Gargallo, la concepción de la escultura, al proponer al mundo aquella singularidad llamada «dibujar el espacio». Por descontado; Picasso anduvo de comadrón en el parto.
Verán, Julio González se crio en un taller de orfebrería de la Rambla de Cataluña, y en este oficio se ejercitó, pese a sus empeños por transitar hacia la pintura, hasta más o menos el inicio de los años veinte del siglo pasado, cuando ya había superado la cuarentena, y la urgente necesidad de allegar unos cuartos a la familia lo había empujado a ingresar en una industria auxiliar de la Renault, donde conocerá y dominará la soldadura autógena. Se le acababa de abrir la posibilidad de construir formas y volúmenes complejos con el metal sin requerir de la carísima fundición. Por tanto, este hallazgo, tan imprevisto como forzado, será la clave indispensable para su fascinante revolución de la escultura.
Por supuesto que en este descubrimiento fue capital su aguda y rápida mirada, al punto que ya en marzo de 1922 realizó su primera exposición individual en la Galería Povolosky, y al año siguiente repetirá en la también parisina Galería del Camaleón. Este par de exhibiciones fue seguido, durante el quinquenio siguiente, por sucesivas e incesantes colectivas. González, al fin, había encontrado el quehacer artístico con el que despedirse del tabanco de joyero, tan familiar como motejado de subordinada artesanía. En ese mismo instante, además, regresó a París Pablo Gargallo, aquel becario de la Escuela de Arte de La Lonja, que se le había presentado, en el otoño de 1903, buscando un hueco en su estudio del número 3 de la montparnassiana calle de Vercingétorix, cuando aún era un joven orfebre intentando codearse con los pendencieros genios del Bateau Lavoir. Claro que habían transcurrido dos décadas, y Pablo Gargallo era ya un reputado escultor, mientras él, gracias al manejo de la soldadura, comenzaba a descollar en París, convirtiendo rudas láminas metálicas en figuras asombrosas, y sin precisar del complejo y costoso proceso de la fundición. Desde luego, el reencuentro resultó muy provechoso; mientras Gargallo le advertía sobre los gajes secretos del oficio, González lo adiestraba en el manejo del acetileno. Pronto eran la sensación; y Picasso, que precisaba un «herrero» para elevar su reciente encargo, el monumento a Guillaume Apollinaire, ni lo dudó. Además, apreciaba a Julio González desde mucho antes que este viese, en 1900, por primera vez el Sena. En efecto, lo conocía de Els Quatre Gats, cuando todos soñaban con pisar el Pont Neuf, escuchando embelesados a Ramón Casas y a Santiago Rusiñol.
Y fue durante ese par de años (1927-9), mientras ayudaba a Picasso a elevar aquellas varillas de hierro que iban a configurar el homenaje al inventor de la voz surrealista, cuando González vislumbró que la estructura picassiana proponía una nueva forma de esculpir sirviéndose de algo hasta entonces despreciado: el vacío; o sea, se le desveló «dibujar el espacio». Y en tanto lo meditaba, ejecutó unos quince bocetos de Picasso y algunas piezas más, pequeñas y de concepción propia, donde «dibujar el espacio» simplemente asomaba; pero, ojo, ya estaba ahí. En los años posteriores se desenvolverá. Por su parte, Gargallo tampoco permaneció indiferente, y ensayó esta nueva forma de encerrar la nada con una ligera línea metálica, como queda plasmado en los retratos de Greta Garbo.
Y aquí concluye esta fuga de la vergonzosa circunstancia de Ceuta; no me ha quedado mal, ¿verdad?