TREA. Gijón, 2026. 241 páginas. 20, 90 €.
Por Alfredo Crespo Alcázar
En Oportunidades y desafíos globales derivados de la cuestión del Ártico, Francesco María Autolino coordina una obra coral que tiene como objeto de estudio el Ártico, mostrando desde diversas perspectivas (derecho, economía, relaciones internacionales…), la importancia presente y futura de la citada región, en la que conviven intereses contrapuestos de diferentes potencias y de actores no estatales. En este sentido, el libro que tenemos entre manos presenta un sobresaliente rigor científico apreciable en la bibliografía manejada por los autores y una adecuada estructura del contenido, cimentada sobre tres bloques temáticos (geopolítica, recursos naturales y competencias interculturales) complementarios entre sí.
De lo que se trata, por tanto, es de conocer a qué obedece la relevancia actual de esta región tan heterogénea, ofreciendo los autores una rigurosa respuesta. Al respecto, los efectos derivados del deshielo, motivado a su vez por el cambio climático, han generado una serie de repercusiones en cadena. En efecto, por un lado, se han reducido los tiempos de transporte, tal y como señalan Baba Ahmed Mulay y Díaz Pérez: “La navegación por las nuevas rutas del Ártico acorta los periodos de entrega de mercancía desde los centros de fabricación hasta los puntos de distribución final, pasando de los 40 días que necesitan los barcos en cubrir las rutas tradicionales (Canal de Suez o Canal de Panamá), a apenas unos 18 días que necesitan los barcos para cubrir la ruta desde los puertos chinos hasta Europa” (p. 96).
Por otro lado, existe una mayor accesibilidad a sus ingentes recursos energéticos, lo que convierte al Ártico en una zona prioritaria en la agenda de actores externos a la misma, como India, Corea del Sur, la Unión Europea, España (observador en el Consejo Ártico desde 2006) o China. De hecho, Pekín se autodefine como “Estado cercano al Ártico” y, aunque no reclama soberanía, sí exige una mayor participación en su gobernanza.
La suma de este conjunto de variables genera una repercusión de calado, explicada en los siguientes términos por la profesora Iris Núñez: “El Ártico no representa únicamente una nueva frontera material, sino también un laboratorio geopolítico en el que se pone a prueba la capacidad del sistema internacional para gestionar de forma pacífica la transformación acelerada de los espacios globales. En él confluyen intereses nacionales, seguridad colectiva y responsabilidad ambiental, configurando un escenario cuyo desarrollo tendrá implicaciones duraderas para el equilibrio regional” (p.35).
A partir de aquí, irrumpe otro tema que da unidad a la obra, como es la transformación del Ártico que ha dejado de ser un escenario caracterizado por el predominio de la cooperación, para mutar en otro bien distinto en el que el conflicto ha cobrado espacio. Un buen ejemplo de ello es que el Consejo Ártico no se reúne desde la agresión de Rusia, uno de sus miembros, a Ucrania en 2022. Además, las apetencias de Donald Trump sobre Groenlandia constituyen otro factor desestabilizador, si bien Estados Unidos no había demostrado un gran interés por el Ártico hasta fechas recientes. Por tanto, la geopolítica ha entrado de lleno y esto se traduce en que cuestiones como la biodiversidad o el desarrollo científico, sin desaparecer, han cedido importancia.
Asimismo, los autores no olvidan a un actor que es clave en cualquier acercamiento que se haga al Ártico (ya sea comercial, científico, tecnológico…) como son las comunidades indígenas que lo llevan habitando desde hace varios siglos y para ello resultan fundamentales las competencias interculturales. Como sustentan Francesco Autolino y Bice Della Piana nos encontramos ante “un territorio habitado por pueblos indígenas que poseen sistemas propios de conocimiento, estructuras de gobernanza y formas de relación con el entorno que anteceden la presencia de estados modernos. Desde esta perspectiva, cualquier debate sobre rutas comerciales, recursos o infraestructuras debe incorporar una mirada intercultural y ética” (p. 143).
En íntima relación con este argumento, López Castro detecta algunos déficits de partida que exigen una respuesta inmediata eficaz. Al respecto, destaca la deficiente representación de las comunidades indígenas en los procesos de toma de decisiones, puesto que, como subraya la profesora Alejandra Escalada, “el Consentimiento Previo, Libre e Informado, consagrado en la Declaración de la ONU, aún no se aplica plenamente en todas las inversiones árticas, lo que genera conflictos constantes” (p. 206).
En definitiva, una obra muy necesaria que explica la realidad de una región como el Ártico que no ha quedado al margen de la dinámica basada más en el conflicto que en la cooperación que prima en los últimos tiempos en el escenario internacional.