José Lasaga | Jueves 01 de enero de 2009
Tiene guasa, que diría un malagueño, que a pocas horas de cumplirse el año con todas sus horas y hasta un segundo de más, según nos informan los astrónomos, responsables de los relojes atómicos, uno se dirija con cierta convicción a hojear un libro de un Premio Nobel de Química, Ilya Prigogine, buscando una cita. Y más guasa que, encima, no la encuentre. (Las citas nunca están donde uno cree que las ha puesto). En el fondo, da un poco igual porque sé lo que decía: que el tiempo es una flecha. Una confirmación científica de tiempo concebido por el cristianismo y, por tanto, del humanismo europeo. La cita no aparece por ningún lado y sospecho por un momento que me la he inventado. Pero el Apéndice a la edición española se titula, precisamente “La flecha del tiempo”. Me arreglaré con otra sentencia que toma Prigogine del sabio Chuang Tsu: “¡Cuán incansablemente gira el cielo! ¡Cuán contundentemente permanece la tierra en reposo!”. Una divertida ironía para un mundo, como es el nuestro -el físico y el social- en que todo se mueve a velocidad de vértigo. El todo en la flecha viajera, como si el universo -y nosotros dentro de él- no fuera más que la pluma liviana que da un poco de estabilidad a la punta acerada que hiende el vacío (?) por los siglos de los siglos...
No es de extrañar que ante perplejidades como éstas, Miguel de Unamuno formulara su deseo -un deseo en paradoja para el año que comienza: “clavar la rueda del tiempo”. Cielo o tierra, ciclo o raya, el caso es que don Miguel sabía que lo de menos es la figura que recorre el tiempo en su pasar, que lo decisivo es el pasar mismo y el ser pasado por ser sobrepasado. Disculpen el torbellino. Más valdría no seguir por ese camino y prestar atención al espacio, al sólido, palpable, amistoso espacio que en una noche como esta, se llena de luces y cuerpos hermosos, de corazones latientes, sonrisas sin filo y miradas edificantes. Pero el espacio con sus cuerpos no escapa a la dura ley del tiempo, que prevalece. De ahí la necesidad de inventar mitos que domestiquen la tenaz experiencia del pasar sin remedio. El nuestro, es el del año que muere para que otro renazca. Rueda o trazo, somos un puñado de minutos entre dos misterios.
Los budistas quieren escapar de la rueda de las reencarnaciones... para siempre. Esa misma rueda que los griegos, en su elegante pesimismo, aceptaron que es eterna e irremediable, pero que los cristianos rompieron con una cruz, haciendo del lazo una flecha. El dios-niño inocente, que juega haciendo castillos en la arena, para destruirlos a renglón seguido, penetrará en el tiempo humano tomando un cuerpo mortal. Esto cambió el sentido de la historia de Europa. La mudanza fue profunda e inquietante. Se puede resumir con una imagen. Los griegos situaron la esperanza entre los males que se derramaron sobre el mundo cuando se rompió la caja de Pandora. El cristianismo lo convirtió en una virtud teologal y con ello nos obligó a vivir de cara al futuro. Así sea.
Estos días no puedo sacarme de la cabeza un villancico que oía de niño pero que la edulcorada postmodernidad considera de mal gusto. La letrilla dice
“la Noche Buena se viene
la Noche Buena se va
y nosotros nos iremos
y no volveremos más”
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