Opinión

Demetrio Bilbatúa: del exilio español al Ariel de Oro 2026

DESDE ULTRAMAR

Marcos Marín Amezcua | Jueves 01 de octubre de 2026

La obra del cineasta hispano-mexicano Demetrio Bilbatúa (Vigo, 1935) quien es un diestro en toda regla con la lente, gran impulsor y exponente destacado del cortometraje –que no fue su único desempeño, pero sí el más acuciante y representativo, por ser reconocible, reconocido y elogiado– es un representante notable de ese exilio que abandonó España después de la Guerra Civil, por temor a ser represaliado por el hecho de existir. Y marchó a América y como tantos desplazados, encontró en México esa segunda patria que lo permitió crecer. Cuenta 91 años y este año el cine mexicano cumple 130. Estamos de manteles largos en estas celebraciones.

Así, de una familia republicana de Vigo, los Bilbatúa, pasó a México en 1945 y con trabajo tesonero como quienes pertenecieron a su condición y tiempo, el después documentalista se abrió paso en el país de acogida, al que le debe su obra y del que consiguió también su nacionalidad y que, ahora, a través de la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas (AMACC), le extiende el excelso premio Ariel de Oro en esta su 68ª edición al definirlo como referente del periodismo cinematográfico. Destacó su labor en la utilización de las disolvencias de la imagen. Podría añadir que contando con más de mil filmes en 35 milímetros, construyó una cuantiosa filmoteca que suma a su valía ser testimonial imperecedero del México de la segunda mitad del siglo XX.

El ojo certero, la mirada atenta al mínimo detalle propia de Demetrio Bilbatúa son prodigiosos, elocuentes, talentosos. Recién, y con motivo de esta premiación, lo entrevistó otra referente de gran autoridad en el periodismo del mundo cultural mexicano, Saraí Campech, quien, merced a su afabilidad, experiencia y don de gentes que jamás pasan inadvertidas en su nutrida carrera en medios, nos mostró al sujeto que detrás de la cámara, conseguía documentar como nadie, el pulso del mundo, presentándonos a un personaje que mantiene, de suyo, un perfil sin estridencias, pero cuyo trabajo habla por sí mismo. Son de esas conversaciones que siempre se agradecen. Reconozcase que el aludido es la mar de afable y carece de una actitud protagónica. Es mucho más discreto que protagonista y eso que su aporte es elocuente y muy valioso.

Mi generación conoció la obra de Bilbatúa, no obstante que desconociera al autor. Déjeme explicarme y recordar porqué fue posible. Cuando era niño, en muchas salas de cine y antes de iniciar la película de marras en forma, recuerdo que pasaban lo que popularmente llamábamos "cortos" (una apócope de cortometraje, supóngome yo) e infaltables lo eran las llamativas crónicas visuales de Demetrio Bilbatúa. Siempre de gran interés por su actualidad, vistosas por las audaces tomas, los enfoques oportunos, sugerentes, los irrepetibles momentos capturados. Con ritmo ágil y la voz superpuesta si no mal recuerdo, esa penetrante, certera y bien vocalizada de Agustín Barrios-Gómez, narraba de manera impecable lo que mirábamos muy atentos, describiendo cada momento con profuso vocabulario, firmeza, contundencia, justo como lo eran los cuadros que exhibía Bilbatúa; aquellas imágenes que no eran inenarrables, antes bien, cobraban mayor fuerza dejándonos potentes instantes que hacían del tiempo una cosa casi imperceptible para quienes estábamos animosos e impacientes por iniciar el disfrute de la proyección a la que acudíamos. Cada función era una sorpresa ante cada incursión previa de Bilbatúa.

Enhorabuena por este otorgamiento que reconoce la aportación y una vida que contribuyó a delinear al siglo XX mexicano desde la pantalla, que cobró nuevo ímpetu en calidad de transterrado, esa condición que definiera otro como él, José Gaos, dotando al exilio español avecindado en México de un nuevo dinamismo y una renovada legitimidad en pro de su contribución a este país a través con su quehacer y su inconmensurable legado, participando de la construcción del México de hoy.