Pedro Sánchez perdió las elecciones generales del año 2023 de forma rotunda. Tuvo la habilidad de negociar con veinte partidos para permanecer en el poder: con los dieciséis, casi todos de extrema izquierda, que en aquella época se integraban en Sumar y con los cuatro separatistas, Bildu y ERC, de ultraizquierda; y PNV y Junts, de centro derecha.
Sobre esta cuerda de circo, Pedro Sanchez ha sido capaz de mantener el equilibrio durante tres años. Toda una proeza. Desde hace unos meses la actitud de Junts, por un lado, y la de Podemos, por otro, han descompuesto la política sanchista. Como una cuestión de hecho, Pedro Sánchez perdió hace unos meses la mayoría parlamentaria que a trancas y barrancas mantenía en el Congreso de los Diputados. Y a pesar de una campaña abrumadora, a pesar de incontables intervenciones públicas y privadas, ha mantenido hasta hoy mismo la esperanza de que sus decretos sobre la vivienda alcanzarían el respaldo mayoritario del Congreso.
No ha sido así. Ante la entera opinión pública española, el fracaso se ha multiplicado, a tal punto que los observadores más sagaces no ven cómo Sánchez puede eludir la convocatoria de elecciones generales, que se celebrarían a pocos meses del mandato constitucional.
Las espadas-decretos enturbian el aire. Pedro Sánchez está ya en la obligación de dar una explicación pública. Tal vez no lo hará. Quizá pretenda estirar aún más la goma política. Pero no sería decoroso ni democrático prolongar la situación. Pedro Sánchez es un cadáver político de cuerpo presente a la espera de la puntilla electoral.