Existen tantas Grecias como miradas enamoradas hay de una sola Grecia Clásica. Una misma realidad casi tangible, y enteramente sublime, ha producido, paradójicamente, distintos lenguajes plásticos con el propósito enamorado de evocar el phantasma griego único. Ahora bien, este retorno a épocas consideradas clásicas o portentosamente bellas no es un fenómeno meramente europeo, sino que se ha dado también en Egipto, Mesopotamia, Persia y China. Hay algo sagrado en Grecia que en toda época acude a nosotros con la fuerza de la vida invencible, desde un tiempo definitivamente desconocido y remoto.
Andreas Rumpf sugirió que a mediados del siglo IV a. C. se puede observar un primer intento de volver a los ideales artísticos de la época de Fidias y Policleto; también surgió una tendencia clasicista hacia el año 150 a. C., es decir, en la época de la creación del Laocoonte y del Toro Farnesio. Un caso paralelo es el del llamado arte neoático del siglo I a. C.,
mientras que diversas fases del periodo romano se caracterizaron por tendencias similares que culminaron en la época de Adriano (76-138 d. C.), con su espectacular templo a Zeus en Atenas. En la época bizantina se reconocen vestigios de figuras mitológicas e históricas en objetos de marfil y plata (siglos V-VI), en tejidos de seda (siglos VIII-IX), en miniaturas de manuscritos (siglos X-XI) y en mosaicos (siglo XI).
Las obras de arte bizantinas decoradas con motivos de la mitología y la historia de la antigua Grecia han conservado una gran riqueza de representaciones. Esas escenas, que no formaban parte de un programa iconográfico específico, mantuvieron viva la memoria de la Grecia antigua y se convirtieron en una especie de puente entre la Antigüedad y la Edad Moderna. De ahí que la presencia de figuras de filósofos antiguos en algunos frescos posbizantinos adquiera un interés añadido. Algunos renacimientos efímeros de la Antigüedad clásica, es decir, el «renacimiento carolingio» del siglo IX y el «renacimiento apuliano» de Federico II en el siglo XIII, allanaron el camino para el gran Renacimiento del siglo XV. A pesar de la limitada comprensión de la época grecorromana durante esos períodos, el uso del capitel corintio en el arte románico y gótico, la presencia de eruditos griegos en los monasterios de Irlanda y España y la labor ininterrumpida de conservación y copia de manuscritos antiguos en las bibliotecas monásticas medievales constituyeron, sin duda, una importante contribución a perennizar el recuerdo de los griegos.
En la Baja Edad Media tanto la educación impartida en las universidades como la enseñanza privada de los príncipes se basaban en los estudios clásicos, con cierto énfasis en la cultura griega antigua. En 1396, Manuel Crisóloras fue nombrado profesor de lengua griega antigua y su maestro, Yeorgios Yemistos Plethon, también impartió clases en Italia. Sabemos que los eruditos griegos que buscaron refugio en Italia tras la caída de Constantinopla contribuyeron en gran medida al nacimiento del Renacimiento. Los descubrimientos del comerciante Ciriaco d’Ancona durante sus viajes a Grecia en la primera mitad del siglo XV también supusieron un importante estímulo y brindaron a algunos artistas, como Andrea Mantegna (1431-1506), la oportunidad de conocer las antigüedades griegas. De todas las copias romanas de esculturas griegas antiguas que salieron a la luz en aquella época, la que causó mayor sensación fue la del Apolo del Belvedere; fue copiada por diversos artistas y se convirtió en fuente de inspiración para otros, como Alberto Durero (1471-1528), que sólo la conocía por un dibujo, pero la utilizó como una base para sus estudios acerca de las proporciones ideales, que tuvieron un papel muy importante en el desarrollo del Renacimiento Alemán. El descubrimiento del famoso «Laocoonte», un original griego que data del año 150 a. C., despertó la admiración general. Por último, los relieves de los sarcófagos romanos que se habían reunido en diversas iglesias proporcionaron a los artistas una gran variedad de figuras y posturas. De ellos sacó Rafael una idea bastante perfecta de los instrumentos musicales de la Grecia Clásica, por ejemplo. El mayor teórico del Renacimiento fue el arquitecto León Battista Alberti (1404-1472), quien redescubrió la obra del arquitecto romano tardío Vitruvio, autor del único tratado antiguo sobre arquitectura («De Architectura»). En su estudio «De Re Aedificatoria» dio voz al mensaje de Vitruvio, influyendo así en generaciones de pintores e intelectuales. Los eruditos neoplatónicos de Florencia también fundaron academias filosóficas que imitaban a las de la antigua Grecia. Sin embargo, son las obras de dos personas las que demuestran una comprensión y asimilación perfectas del mensaje de la Antigüedad: el arquitecto Andrea Palladio (1509-1580) y el pintor Raffaello Sanzio (1483-1520). Este último no era un teórico ni miembro de ninguna academia, pero adquirió su profundo conocimiento de la Antigüedad mediante el estudio de las esculturas antiguas y de los sarcófagos romanos que se habían descubierto. Su personalidad y su temperamento estaban en perfecta sintonía con el espíritu antiguo, y su familiaridad con sus monumentos le llevó a la creación de un clasicismo personal. Su contacto con los eruditos humanistas y los artistas de Florencia, adonde se trasladó en 1504, y su estancia en Roma a partir de 1508 lo ayudaron considerablemente en esto. Las primeras colecciones arqueológicas que se fueron constituyendo habían servido, sin duda, de fuente de inspiración para varios artistas que las estudiaron y copiaron antes que Rafael; sin embargo, su conocimientoseguía siendo bastante superficial y no influyó de manera fundamental en su estilo. Una de las razones de ello fue la ausencia de modelos pictóricos de la Antigüedad y de descripciones de los mismos en las fuentes literarias, salvo el caso espectacular e ingente de la gran Periégesis, de Pausanias, que describe, entre otra muchas, las pinturas de Polignoto o de Peonio. Pero Pausanias enfatiza más los argumentos plásticos que la técnica, aunque sí da algunas pinceladas de ella. En contraste con esto, los escultores podían tener una comprensión más profunda del lenguaje plástico del periodo clásico, gracias a la homogeneidad del material. Cualquier análisis sobre los posibles modelos antiguos de Rafael debería tener en cuenta el hecho de que las estatuas del Apolo del Belvedere, la Ariadna dormida y el Laocoonte se había colocado en el jardín del papa Julio II.
Retornarán también a la Grecia Clásica, la Grecia por antonomasia, las épocas siguientes, el Barroco, con su gusto morboso por los soberbios y transgresores escándalos amorosos de los dioses griegos, el Neoclasicismo, en el que los descubrimientos arqueológicos en Herculano, Pompeya y Paestum permitieron a los artistas tener un contacto más directo con el arte griego antiguo, enamorándose así de los principios democráticos y la simplicidad austera de las formas artísticas de la Grecia antigua; el Romanticismo, con la espléndida independencia griega y su patriótica conexión con la Grecia Clásica en las esculturas de Pavlos Prossalentis, Ioannis Kossos y Leónidas Drossis, las Vanguardias, con el gran Yiannoulis Halepas y su “Medea” de claro contenido psicoanalítico. Ahora bien, todos los retornos hechos a Grecia se han efectuado con el equipaje del presente, descubriendo así cada mirada histórica una Grecia distinta. Grecia ha dependido siempre de la mundivisión concreta de cada presente enamorado. La plurisignificativa Grecia se mantendrá viva para siempre mientras la belleza suponga un valor humano.