Opinión

El romántico mundo virtual

TRIBUNA

M. Álvarez | Sábado 03 de octubre de 2026

Que algo está cambiando en nuestra manera de habitar este mundo, es innegable. No se trata ya solamente de que la tecnología haya transformado nuestras herramientas, nuestra comunicación o nuestra forma de trabajar. La transformación es más profunda: abarca a toda nuestra realidad, llevándonos a un nuevo mundo, a un nuevo espacio que según dicen: habita en la nube. Espacio virtual, que no necesariamente virtuoso.

Pero hay algo que parecía resistirse a esa sustitución: El romanticismo.

No me refiero al romanticismo como movimiento literario, sino a algo mucho más elemental: esa dimensión del ser humano que necesita creer, amar, esperar, recordar, conservar vínculos y encontrar un sentido al paso por el tiempo de su existencia. Podemos virtualizar casi todo, pero seguimos llevando dentro de nosotros, la necesidad de preguntarnos qué ha significado nuestra vida.

Vivimos encadenados a un tiempo que parece quitarnos la vida en cada instante que transcurre, hundiéndonos entre el deseo y la nostalgia, en el que el presente es esa mezcla del pasado vivido y del futuro deseado.

Por eso mismo, me ha llamado la atención una canción que circula precisamente por ese nuevo universo virtual: «La vejez», atribuida a Michael Bennett.

La canción nos habla de algo muy entrañable que nuestra época parece empeñada en disimular: el de la vejez. “Mi voz no es la misma de aquel ayer», comienza diciendo. Y basta esa frase para reconocer una experiencia que no necesita explicación. Llega un momento en la vida en que descubrimos que tampoco nosotros somos los mismos. El cuerpo cambia, la mirada cambia, cambian nuestras prioridades y cambia nuestra relación con el futuro, con nosotros mismos y con los demás.

Hay una edad en la que vivimos principalmente hacia delante. Después llega otra en la que empezamos a mirar también hacia atrás. No necesariamente con nostalgia, sino con conciencia. La vida deja de ser solamente lo que todavía podemos hacer y comienza a ser también lo que hemos hecho.

Por eso me parece tan acertada la imagen central de la canción que continúa con: “La vejez no es el final, es solo un cambio, es la cosecha de lo que se ha sembrado”.

La vejez puede entenderse, así como una forma de lectura de la propia existencia. Cada uno que llega a ella, llega con una cosecha diferente. Hay frutos y fracasos, aciertos y errores, personas que permanecen y otras que solamente pueden hacerlo en la memoria. Pero todo ello forma parte de la biografía que nos constituye. “Somos, en buena medida, la suma de nuestros pasos”, continúa la canción. Y quizá la madurez consista en aceptar esa suma sin exigir que la vida hubiera sido otra.

La canción renuncia también a una idea de éxito que durante muchos años puede habernos acompañado: «Ya no me desvela la gloria que busqué ni las promesas que no pude cumplir». Al final, dice: “Un abrazo de los nietos puede valer más que todas las riquezas adquiridas”.

Hay en toda la canción algo más que sentimentalismo. Hay una inversión de los valores con los que solemos medir nuestra existencia. El dinero, el prestigio y el reconocimiento pertenecen al ámbito de lo que poseemos o conseguimos. El afecto pertenece al ámbito de lo que somos para nosotros mismos y para con los demás.

Nos evidencia que la vida humana no consiste en sobrevivir biológicamente ni en alcanzar la fama, sino en dejar algo de nosotros en quienes nos conocieron. Y aquí la canción da un giro inesperado.

Según ha publicado el Dr. Jorge Guerra González, en El Heraldo del Henares el 18 de marzo de 2026, Michael Bennett no es una persona real: su voz es sintética, su rostro ha sido generado y su biografía ha sido construida artificialmente gracias a la IA.

De pronto, aquello que estábamos escuchando adquiere otra dimensión. La voz que habla de unas manos cansadas nunca ha tenido manos. El rostro que habla de las arrugas nunca ha envejecido. Quien dice ser «la suma de cada paso que he vivido» no ha dado ningún paso. No ha tenido hijos ni nietos. No ha sufrido la pérdida de nadie. No ha necesitado perdonar. No ha conocido el miedo a que el tiempo termine. Y, sin embargo, canta sobre todo ello.

La paradoja es fascinante porque nos conduce a una pregunta que excede la canción: ¿puede una inteligencia que no ha vivido hablar de la vida?

La respuesta parece evidente: ¡No! Pero entonces sucede algo más difícil de explicar. Escuchamos y sentimos; y aquí conviene distinguir dos cosas que con frecuencia confundimos. Una cosa es la experiencia que origina una emoción, un sentimiento, y otra la emoción que una representación despierta en nosotros. La primera pertenece al autor, al intérprete, a la persona que ha vivido. La segunda pertenece al que escucha.

La máquina, la IA, puede fabricar el estímulo, pero no necesariamente la experiencia. Puede construir una voz que diga «mi historia en mis hijos perdurará», pero si esa frase hace que alguien recuerde a su padre, ese recuerdo no ha sido fabricado por la máquina. Puede producir una canción sobre la vejez, pero no puede aportar los años que nosotros reconocemos en ella.

Aquí nos encontramos con una de las cuestiones antropológicas más importantes que nos plantea la inteligencia artificial. No tanto si llegará a imitar perfectamente nuestras emociones —probablemente lo hará cada vez mejor—, sino: ¿qué significa experimentar una emoción en lugar de representarla?

La IA puede representar el amor sin que sepamos si puede amar. Puede representar la tristeza sin haber sufrido una pérdida. Puede representar la vejez sin haber envejecido. Pero nosotros, en cambio, no representamos nuestra existencia: la padecemos, la disfrutamos, la elegimos y la perdemos.

Nuestra condición humana está inseparablemente ligada a la finitud. Sabemos que el tiempo pasa y que no podemos recuperarlo. Precisamente por eso un abrazo tiene valor, una despedida duele y una palabra puede llegar demasiado tarde.

Entonces, el peligro de nuestro creciente mundo virtual no está en que las máquinas lleguen a parecerse demasiado a nosotros, sino en que nosotros terminemos pareciéndonos demasiado a ellas: eficaces, conectados, permanentemente disponibles y, sin embargo, cada vez menos capaces de habitar aquello que no puede ser digitalizado.

La realidad es imperfecta. En ella envejecemos, nos equivocamos, sufrimos y perdemos. Pero esa imperfección no es un defecto accidental de la existencia: forma parte de su sentido.

La inteligencia artificial puede ofrecernos un mundo virtual extraordinariamente convincente. No veo por qué habría que rechazarlo. También puede ser un espacio de creación, de conocimiento y, por qué no, de belleza.

Escucho de nuevo «La vejez». Ahora sé que la voz que canta nunca ha envejecido. Y, sin embargo, me hace pensar en el tiempo vivido. Precisamente ahí reside la paradoja de este romántico mundo virtual: una voz que no ha vivido puede recordarnos que nosotros sí.

La IA pone la representación. La vida pone el sentido. Y mientras sigamos siendo capaces de distinguir ambas cosas, quizá el mundo virtual no tenga que ser necesariamente menos humano que el mundo real.

Pero habrá que recordar siempre dónde está la frontera.

La inteligencia puede ser artificial. La existencia, no.