Es curioso el modo en el que algunas películas y libros se entrometen en nuestra vida y se erigen en el derecho propio de ser más interesantes que otras y otros. Esa intriga es la que nos deja absorbidos por sus misterios y unas y otros se solapan hasta resultar imprescindible la falta de explicación que racionalice porque, que los aceptemos en su grado de importancia creada, novedosa, forma parte de su encantamiento. Perder los papeles en favor del desvío que nos ha propiciado un camino que creíamos saber, añade una recompensa a lo que ya de por sí funciona como tal.
Uno ha ido al cine a ver la película de la temporada y, salvando el contacto insufrible con el hecho de una sala llena de personas, es decir, un muestrario de mala educación llegando tarde, con ruidos innecesarios y pantallas de móviles activándose, es comprensible el furor despertado por La bola negra, de Javier Ambrossi y Javier Calvo. Aunque la campaña publicitaria acaba llevándose el intento personal de no querer saber nada hasta el momento de entrar en la sala, en los escasos veinte primeros minutos ya puede entenderse —más aún, sentirse— el duende que han sabido reflejar de las referencias de diversas obras de García Lorca. Si bien la película, por su extenso metraje, cae en determinadas secuencias en pequeños parches narrativos o diálogos explicativos que parecen ignorar que el espectador ya se ha dado cuenta de qué trata, el dominio cinematográfico de la narración en sí, las interpretaciones y lo atmosférico literario, tumban cualquier asomo de frialdad, siempre y cuando uno sea sensible a dichos componentes. En el aturdimiento de Carlos, el personaje lorquiano interpretado por Milo Quifes, se esconde ese temblor tras la pulcritud del que se ve obligado a mantener la apariencia, hasta que uno admite quién es verdaderamente y elige vivir su libertad, porque todo acaba cubierto de olvido, y los trajes se corrompen y la sangre se oxida.
Con tales imágenes todavía presentes en la cabeza, hago espacio para que no desbanquen a las que un peculiar libro me ha dejado a comienzos de la semana pasada, uno de esos que revitalizan la escritura novelística y sirven para convencer de que hay vida más allá de estas. Las ficciones de Fritz Mandl, del periodista y escritor argentino Eduardo Pogoriles, reconstruye las memorias y el periplo de este empresario armamentístico austriaco a través de sus participaciones en la II Guerra Mundial y su posterior etapa como migrante de lujo, asentándose en Buenos Aires y esperando bonanzas pasadas, mediante negocios que aumentaban su trasfondo sórdido, hasta el inevitable final vienés. ¿Qué engancha del tener conocimiento de una vida que, no rozó el éxito, lo manoseó y desmenuzó; que gozó de la compañía de nombres ilustres del siglo XX —Hedy Lamarr, Perón, Orson Welles—, y aun así, fue incapaz de contener la pérdida? Eso, precisamente, la penitencia consecuente de la vanidad, de acogerse a lo eterno de los actos, no siempre limpios. Pogoriles se entrega de lleno con el pretexto de saldar una deuda personal con Mandl: ha evitado tantos años escribir sobre su vida, y la suya que había quedado ligada, que las páginas no pueden sino conmover por su fineza en la reconstrucción de la época, por las confesiones de alguien que creyó estar a salvo en sus oscuridades, pero en el instante de querer definirlas, no encontró más que sombras trampeadas. Escribirlas, igualmente, es lo que pudo salvarlo.