Los Lunes de El Imparcial

Leila Guerriero: Frutos extraños

Crónica

Domingo 04 de octubre de 2026

Alfaguara. Barcelona, 2026. 752 páginas. 24,90 €. Libro electrónico: 11,99 €.

Por Matías Jaque Hidalgo



La cineasta Agnès Varda cuenta cómo miraba con risueña melancolía la compacta caja en la que, por unos quince euros, ofrecía la Fnac su filmografía completa; una vida entera dedicada al cine condensada en una discreta caja rectangular. Una sensación similar tenía yo al sostener entre las manos el generoso volumen que reúne, en “edición definitiva”, según reza el subtítulo, veinticinco años del trabajo periodístico de Leila Guerreiro.

Todo está ahí, décadas de trabajo se dejan atrapar entre las cubiertas del libro. Me dejo acompañar durante estos días, incrementando peligrosamente el peso de una ya recargada mochila, por la voz de Leila. Quiero abrir el libro todo lo que pueda, saltar de una crónica a otra, impedir que ese paralelepípedo insolente domestique toda la vida que intenta contener.

El libro está poblado de magníficos perfiles, en especial tomados (pero no solo) de la sociedad argentina: Fito Páez; Ricardo Darín; María Kodima, la peculiar albacea de Borges, siempre objeto de infames suspicacias. También el paso del gran humanista dominicano Pedro Henríquez Ureña, inexplicablemente poco recordado, por la vida cultural bonaerense. Y un hombre con gigantismo que, héroe nacional por un par de años, casi jugó en la NBA. Y una mujer que, a los pocos segundos de haberlo parido, asesina a su bebé, concebido en una violación jamás condenada, y que pasará por ello varios años presa. Leila Guerriero los escucha a todos con la misma entrega, como si en cualquiera de estas vidas (o en todas ellas a la vez) pudiera residir el secreto de la existencia.  

Pero Frutos extraños abre con un testimonio privilegiado sobre la construcción de esa voz misma, justamente famosa por ponerse al servicio del conocimiento del otro. Una mirada a cómo Leila llegó a ser Leila, contado por la propia Leila. Conocemos los nombres que, con ayuda de un cierto señor Equis de una reputación suficientemente dudosa como para promover su anonimato, inspirarán y servirán de referentes a esta chica de provincias en la escarpada búsqueda de un tono escritural propio: Rimbaud, Nicanor Parra, el cine de Herzog, y el que será uno de sus faros: David Foster Wallace.

Se nos ofrecen, en especial, las claves de una concepción de la escritura en cuya base palpita el erotismo: “No sé cómo pasé de aquellos primeros poemas y cuentos a vivir en estado de escritura, pero de pronto todo […] empezó a producirme unas ganas casi sexuales de escribir”. No se lleve el lector a engaño, y piense que este punto de partida quiere decir que la escritura, para Guerriero, se acomete en estado de gozoso arrebato. Como se nos dirá en las conferencias que conforman la parte final del libro (toda una lección sobre escritura), su proceso de trabajo es lento, exigente, casi enfermizamente comprometido: días de encierro monacal, transcripción y lectura detallada de los cientos de horas de entrevistas, incluyendo los gestos ‒sobre todo los gestos‒ que, al margen de lo que declare verbalmente el entrevistado, van dibujando su estar en el mundo (¿en qué momentos evita responder soltando en cambio una sonrisa boba?, ¿cómo responde al camarero?).

Todo lo contrario de un pasatiempo que se practica por placer o, Dios no lo quiera, “diversión”. Y, aun así, late debajo un impulso erótico, como si solo a partir de él pudiese alcanzarse (¿paradójicamente?) la objetividad: “Esa es la diferencia entre escribir y redactar: no consignar burocráticamente lo que sucede sino hacer que la muerte y los peligros del amor sucedan en lo que se ha escrito”.

Y es que, si hablamos de conocer al otro, solo una escucha basada en el amor, en la pasión, puede abrirnos las puertas de sus rincones más interesantes, aun cuando el resultado matice los halagos fáciles que quizás se esperaba el escuchado. Ahí está Fito Páez, que en los años ochenta conquistaba a crítica y público con esos (para mi gusto, muy) mesiánicos versos: “Quién dijo que todo está perdido / yo vengo a ofrecer mi corazón”.

Solo que treinta años después viene Leila y se toma la oferta en serio, y coge su corazón entre manos y lo lee con toda la entrega de la que es capaz, y el amoroso Fito muestra unas sombras que, no digamos que derrumban el mito, pero sí dejan muy en claro que el mito es una pésima forma de cultivar apegos. Detrás hay siempre algo mucho más interesante: una persona escandalosamente real.

La intensidad de la prosa de Leila Guerriero, su renuncia a toda precaución que entorpezca su zambullida en el meollo de las cosas hace que, de algún modo, sus crónicas acaben conformando un texto mayor; que la realidad hable por sí sola a través de los puentes que ha trazado su voz. Un ejemplo de ello. En uno de sus reportajes más logrados, aquí titulado “La voz de los huesos”, Clyde Snow, fundador del equipo argentino de antropología forense, dedicado a la exhumación de cadáveres de víctimas del terrorismo de Estado (primero de la cruenta dictadura de Videla, más tarde de la inagotable barbarie de todas las latitudes), sentencia en 1985 que “lo que estamos haciendo va a impedir a futuros revisionistas negar lo que realmente pasó. Cada vez que recuperamos un esqueleto de una persona joven con un orificio de bala en la nuca, se hace más difícil venir con argumentos”.

Casi treinta años después, y unas trescientas páginas más adelante, nos encontramos ‒en “La Argentina a diario: una campaña”, donde se documenta el esperpéntico ascenso al poder de Milei‒ las declaraciones negacionistas de Victoria Villarruel, actual vicepresidenta de la nación, que ha buscado enérgicamente quebrar consensos mínimos y reanimar la “teoría de los dos demonios” (los guerrilleros asesinaron, la policía secreta asesinó de vuelta; así son las guerras). Una señora asiste a un mitin de Villarruel y dice: “Ella es divina. Pura clase”. Leila escucha, escribe (no redacta). Y el lector piensa: ¿de qué argumentos nos íbamos a defender, señor Clyde? ¿No sabe que, en el futuro, los argumentos como tales han caído en desgracia?

Por la posibilidad de descubrir este tipo de vínculos me reconcilio con la intimidante figura de unas “obras completas” (ediciones definitivas, ambiciosos compendios), siempre propicias a quedarse durmiendo en las estanterías. Hay que hacer justicia a estas crónicas leyéndolas con al menos parte del comprometido y generoso entusiasmo que Leila Guerriero ha puesto en escribirlas.   

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