En principio, es una buena noticia que los españoles puedan votar, después de 8 años de Gobierno Frankenstein. De algún modo, hay que reconocer que se trata de un acierto de Pedro Sánchez, incapaz de gobernar por su soledad parlamentaria y zarandeado por los casos de corrupción de su familia y su entorno político. Pero nunca hay que fiarse del todavía presidente del Gobierno. Menos aún, cuando, por fin, disuelve las Cortes y convoca elecciones. Algo esconde. Algo trama.
Para empezar, con la campaña electoral en marcha, los tribunales que investigan los casos de corrupción que acechan al presidente, en especial el de su mujer, se verán obligados a ralentizar las instrucciones para no interferir. De este modo, resulta improbable que Begoña Gómez sea juzgada y quizás condenada antes de que se abran las urnas. Quedará en segundo plano la tragedia de los ceutíes abandonados a su suerte. Y nadie reclamará la aprobación de los presupuestos ni se acordará del incumplimiento de la Constitución por cuarto año consecutivo.
De algún modo, Sánchez se ha visto obligado a convocar elecciones por su soledad parlamentaria y la dolorosa derrota de sus decretos en el Congreso. Pero, como suele hacer, buscará convertir esa derrota en una victoria. Pues, más que un punto de inflexión, el enésimo trastazo parlamentario ha sido también un acicate. En un impulso para emprender una campaña electoral que, sin duda, le llevará a una guerra sin cuartel, en una cacería del PP por ser el partido que puede arrebatarle el poder. Y como era de esperar, su comparecencia para anunciar la convocatoria electoral se ha convertido en el primer mitin de su campaña con el autobombo de los logros de su Gobierno “de coalición progresista” y con los ataques a la Oposición, la “ultraderecha que ha pisoteado en el Parlamento” sus medidas sociales. Como si el Parlamento no representara a la mayoría de los españoles, a la soberanía popular. A la democracia.
Las inquilinas van a enarbolar la bandera de Maricarmen en el frente de ataque. Serán sus mejores compañeras en la campaña electoral para poner en pie de guerra a los activistas de la izquierda con la coartada del “derecho a la vivienda”. Con la estratagema de hacer creer a la opinión pública que los partidos que rechazaron los decretos son los culpables de la crisis de la vivienda, a pesar de llevar 8 años en La Moncloa, de ser el presidente que menos obra pública ha construido. Y ocultando que, en realidad, las medidas iban a aniquilar ese derecho con un asalto a la propiedad privada y un golpe a la seguridad jurídica.
Sánchez aspira a ganar algunos votos si incrementa aún más la polarización de la izquierda con la trampa del “derecho a la vivienda”, con el espantajo de los fondos buitre que acechan. Y con el sentimentalismo del desahucio de Maricarmen. Considera que es el mejor escenario para arrancar la campaña electoral. El ambiente perfecto para volver a erigirse en el salvador de “los más vulnerables”, en el muro para frenar “el fascismo que viene”. Pues con ese eslogan, aunque perdió las elecciones en 2023, el PSOE aguantó lo suficiente para formar un nuevo Gobierno Frankenstein.
El PP no debe confiarse por mucho que todas las encuestas le sitúen como claro ganador de las elecciones. Pues Sánchez es un hábil manipulador. Y todavía es capaz de revertir esas encuestas con su relato sobre los peligros del “fascismo que viene”. Tampoco conviene olvidar que luchará para que la ley de nietos entre en vigor y conseguir un buen puñado de votos de los descendientes o no de los exiliados del franquismo. El voto por correo, en manos de sus sicarios, puede ser la gran trampa de las elecciones. Pues, a poco que pueda, ejecutará una suerte de pucherazo para amarrar el poder. No. Nunca hay que fiarse del todavía presidente del Gobierno. Menos aún cuando, por fin, convoca elecciones. Núñez Feijóo debe estar alerta. En el tiempo que le queda en Moncloa, Sánchez es capaz de encontrar votos debajo de las piedras. Y “más allá”.