Opinión

Parlamento, mientes con todos los dientes

TRIBUNA

Carlos Díaz | Viernes 09 de octubre de 2026

Con la venia. Tal y como van las cosas, creo que no va a pasar nada nuevo tras las recientes votaciones resultantes del escándalo de los alquileres y de los desahucios. Los parlamentos quintaesencian aquello del nihil novi sub sole, nada nuevo bajo el sol. Con honrosas excepciones, a alguna de las cuales conozco y admiro, la mayoría de los parlamentarios de cualquier país se acuesta a la condición de Parlamento Parásito (PP), cuyas mesnadas votan babeando como los perros de Pávlov dándole simplemente a la llave del sí o del no sin dejar de mirar al speaker, pero en realidad no pasan de patas para cada una de sus bancadas. Sus señorías -ya sean la mayoría de la mayoría, la minoría de la minoría, o la mayoría de los tránsfugas- tienen uñas manicuradas bajo las cuales encubren mugre, mientras sus intonsas cabezas de estiércol arman escándalo tras escándalo como los monos del retiro, según dijo Pío Baroja. 

También los Parlamentos Internacionales Simpáticos (PIS) apestan en sus rincones a orina, glándula exocrina, y el simpático sería un designativo excelentemente adecuado a su nombre, pues simpatizan con las funciones vegetativas: respiración, digestión y secreción de cualquier detritus. Por lo demás, o por lo de menos, cuando nos aseguran que hay para carne, al fin nos salen con que es vigilia. Ellas no comen, fagocitan. Sus Señorías (SS) relinchan de felicidad en sus potreros mordiendo a sus adversarios echándose sobre ellos como el usurero sobre sus deudores. Moros y cristianos se creen Almanzor, que en árabe significa “el protegido de Dios”, y en consecuencia también emires o jefes únicos, o al menos alféreces con mando directo sobre sus soldados sobre el campo, yo  mismo fui alférez.

Pero ¿a dónde van esos arrieros? Prácticamente todos ellos comparten la condición de Parlamentos Prometeicos (PP), pues prometen más que Prometeo a la voz del “os puedo prometer y os prometo que os la meto”, su lema cripto. Especialmente la izquierdita/canalla/niñata tiene una arrancada de caballo brioso pero llegada de burro manso. A esos gritones , que predican mojarse guardando la ropa, deberíamos declararles hostes humani generis. Yo, como no salgo a la calle engalanado con las baratijas de moda para engrasar la guillotina, no voto, aunque intente trabajar desde abajo con los pobres para que dejen de serlo en todos los sentidos, término este de pobres borrado del vocabulario social. No, no hay que echar siete llaves al sepulcro de los empobrecidos para no acordarse más de él.

Si, como fuere de rigor jurídico, los votos de los abstinentes se contabilizasen, las poltronas de los parlamentarios estarían tan vacías como la boca de un desdentado con apenas algún colmillo. Para masticar y deglutir el alimento social todo parlamento debe de estar en la calle, pero no en las tienditas de campaña al uso. Vociferar bajo banderas de corso con los collarines de las modas hegemónicas es tan estéril como apoderarse de ella, de la calle, bajo el lema de don Manuel Fraga Iribarne, tan callejero que acuñó el motto “la calle es mía”. La calle, es decir, las porras de la policía parlamentaria. Hay que repoblar de verdad las calles vacías de los pueblos y ciudades vacías, pero a fin de posibilitar esa gesta tenemos que educar para esa aún inédita revolución libre, igual y fraterna, donde las virtudes personales interiores no se disocien de las causas sociales de igual signo. 

No sé cuándo llegará el levante de esa aurora, pero estoy seguro de que cada uno de nosotros tenemos que hincar el rejón del arado mucho más profunda y noblemente para que brote vida de tantos y tantos eriales. ¿Sabríamos cómo hacerlo autogestionariamente sin delegación, ni democracia meramente indirecta? Si queremos empoderamiento, hagamos historia sin crispada ignorancia. Hubo mujeres guerreras como Agustina Zaragoza, que cuando acababa de expirar un sargento de artilleros caído con una mecha en la mano y ya dispuesto a disparar su cañón, ella la tomó y continuó luchando contra los franceses a los que obligó a retirarse. A quienes no nos agradan las guerras ni las mujeres guerreras, tenemos otros ejemplos. La salmantina Beatriz Galindo hablaba el latín con tal perfección, que pasó a la posteridad con el nombre de La Latina, como queda reflejado al menos en un metro de Madrid, algo es algo. Viuda a los 35 años, dedicó su cuantiosa fortuna a beneficencia y a las fundaciones religiosas. En 1506 fundó en Madrid el hospital que llevó su nombre y un colegio dedicado a la educación de señoritas pobres, que ella misma dirigió hasta su muerte en 1535 a los sesenta años. Qué parlamentaria tan fabulosa hubiera sido desenmascarando las beocias bocazas del Parla/miento desahuciador cuyos portavoces lo son porque odian la voz de los sin voz. El pueblo que los desahucie buen desahuciador será.  

El parlamento alberga a no pocos seguidores de Heidegger, filonazi para quien la filosofía ha de ser atea “cuando se entiende de forma radical, pues ella misma tiene por objeto de su cuestión la vida en su facticidad, en tanto que se comprende a sí misma a partir de sus propias posibilidades de hacer”. ¿Atea, señor Heidegger?, ¿o sea, que lo que no es ateísmo no es filosofía ni realidad, sino extravagancia?, ¿Qué lo que se refiere a la realidad vital es ateo por no ser real? Otro motivo para no ser heideggeriano, esa otra forma de hermenéutica deep fake.  Cuando oigo estás tontás venerandas me dan ganas de atacar. “¡Vivan la mediocridad y el ruido!”, dijo Heidegger en 1934, después de lo cual dejó de ser miembro activo de la administración nacionalsocialista y abandona el partido nazi. ¡Como si la mediocridad y el ruido no hubieran sido parte esencial del partido nazi con el que Heidegger coqueteó de forma indecente!  He ahí el llamado Führerprinzip, el principio de la mediocridad del ser humano, y ante casos así se pregunta uno en qué cosiste ser filósofo. 

Y, como somos tontos y no nos enteramos de quién dispara los cohetes ni nos roba las tierras, es decir, como propalan que los del pueblo carecemos de formación financiera y jurídica, estaríamos deformados, así nos lo predican desde las cátedras de economía los premios nobeles (¿premios nobeles de esta economía?). Sin embargo, cuando todos lleguemos a doctorarnos tres veces en esas materias, será ya el íncipit del excipit del Apocalipsis: una mano criminal cortará científicamente el hilo de la existencia de los más pobres, tan pobres que aceptan cualquier limosnita y muchas vagas promesas, es decir, un cheque de hule para que se compren la aljama mezquita de Córdoba. Ya estuvo suave, ¿no?

A estas alturas puede que alguno de mis queridos lectores esté quizá un poco enfadado de mi apocalíptica condenación de esta discatástrofe de tirios y troyanos. Pero créanme: yo también estoy muy enfadado al hacerlo. Mientras pueda manifestarlo, la cosa no irá tan mal para mí, pues como dicen en Burgos, no es lo mismo resbalar que esbarizar. Soy -digámoslo macarramente- un cives amolatus, por eso me rebelo contra los votantes que alimentan a los parlamentos con sus votos: yo, aunque me regalasen una escoba de pedrería, no barro, no barro y no barro. Si tú tampoco barres, se percibirá bastante más el cochinero en que se encuentra el Parlamento, donde se amontona más basura que en las playas de Ceuta. A los parlamentarios les ponía yo a barrer sus detritus hasta que llagasen a Vladivostok. Sólo entonces comenzarían a lloriquear pidiendo perdoncito, como hacen los señoritos con caracola capilar pegada a la nuca en la feria de abril. Señorías: si no compran, no malluguen. Señorías y señoríos: si dan el consejo y no se quedan con él, absténganse de la murga con que nos llaman por teléfono piratamente mendigando nuestro voto.

Por el otro lado, es decir, por el de los que lloran porque carecen de agallas para ser gallos, también quisiera recordarles que el valiente existe hasta que el cobarde quiere. Ahora bien, si su capacidad de aguante es tanta, se pondrán cada vez más color de hormiga. Yo,  aunque me propusiera para obispo doña Juana de Austria como lo hizo con Martín de Azpilcueta, no diría como él: “gracias, señora, estoy más cerca del cielo que para obispar en este mundo”. No me gustaría ser perro viejo que ladra sentado.