Los Lunes de El Imparcial

Tash Aw: El sur

Novela

Lunes 12 de octubre de 2026

Traducción de Álex Gibert Anagrama. Barcelona, 2026. 288 páginas. 20,90 €. Libro electrónico: 11,99 €. Con ecos de Chéjov, Tash Aw (Taipéi, Taiwan, 1971 nos brinda una gran novela iniciática sobre transformaciones personales y colectivas

Por José Pazó Espinosa



Tash Aw es un escritor sinotaiwanés que se educó en Malasia, adonde emigraron sus padres a principios del siglo XX. Nació en Taipei de padres malayos, aunque en realidad eran descendientes de emigrantes chinos del sur del país, de Fujian y de la isla de Hainan. La familia se instaló en Malasia, en Perak, y desde los dos años, Tash vivió en Kuala Lumpur, la capital del país. De allí, a los dieciocho años, pasó a Inglaterra para cursar estudios de derecho. Sus lenguas han sido el mandarín, el cantonés, el hokkien, el malayo. Y acabó siendo un novelista de éxito asentado en Londres, que escribe en inglés.

Su familia vivía en Kuala Lumpur, y el autor pasaba los veranos visitando a los familiares, en remotos campos de la tropical y selvática Malasia. En algún momento, Tash confesó que los miembros de su familia no tenían mucho dinero, y que sus vidas eran una serie de batallas contra el hambre, la enfermedad, las inundaciones y la falta de trabajo. Sin embargo, también relató que el espíritu de los suyos nunca fue comparativo, y que por tanto nunca se vieron como perdedores o desprovistos de algo.

La vida era lo que era, sin que hubiera lamentos ni victimizaciones. Un espíritu que, en algún momento, lo defiende como rasgo de los habitantes del sudeste asiático, y que, de alguna forma, se percibe en los personajes de sus novelas.

El sur se publicó en inglés en 2025, y en español en 2026, en traducción de Álex Gilbert para Anagrama. El material narrativo de la novela es uno de esos veranos que el autor pasaba en la selva, un verano en el que el protagonista, Jay, tiene dieciséis años, esa edad dada al mito y a la iniciación. Poco se ha hablado de los dieciséis desde el punto de vista de la creación literaria –mucho en cambio desde la sociológica--, pero, sobre todo en el hombre (para la mujer quizá es uno o dos años menos), los dieciséis son la edad del florecimiento de los sentidos, cuando el individuo comienza a unir su percepción del mundo y de las cosas con la de su persona, produciendo inevitables fuegos de artificio internos.

Es la edad en la que la vida se convierte en un río, y en la que las decisiones con respecto a ese río –seguir la corriente, sumergirse en ella, esperar a un bote que permita no mojarse, y tantas otras alternativas— se perfilan como los hitos y la fábrica que construirán el individuo.

La familia de Jay está formada por Jack (profesor de matemáticas, enjuto, dado a la pintura y a una mezcla de rigor y de distancia ensoñada hacia las cosas), Sui (una madre ama de casa, extremadamente razonable) y sus hermanas Chin y Lina. Ese verano, van a visitar a Fong, hermano de su madre y padre de Chuan, uno o dos años mayor que Jay.

Fong trabaja una finca perdida en un confín de la selva malaya, aunque la dueña real es Sui, la madre de Jay. El sur es una novela iniciática de verano, de relato de un recuerdo lejano, pero presente. No hay más personajes que esos, y algún otro ocasional y secundario. Es, en definitiva, una historia familiar, con muchos visos de basarse en una experiencia real.

La historia comienza con una bomba emocional, un pequeño capítulo que narra una experiencia sexual en presente. El lector queda desconcertado, temiendo quizá que lo que le espera es la obra de un Almodóvar malayo, porque así podría comenzar cualquier película del director manchego. Pero luego el tono cambia, se remansa hasta una calma selvática, un silencio de fondo trufado de pequeños ruidos que a veces son indicios de algo grande, invisible, quizás amenazante.

Es una calma propia de las soledades a veces selváticas de la península de Malaca. La relación de Jay con su primo Chuan, y con sus propias hermanas, es el centro de ese verano. Es también la unión de dos mundos: el urbano y sofisticado de Kuala Lumpur o Singapur con el rural y decadente de los campos en los que hay que luchar incesantemente para que la vegetación no acabe con todo, incluidos los recuerdos.

Los capítulos se suceden, a veces más largos, a veces más breves, en presente o en otras ocasiones apoyado en formas de tiempo pasado propias del relato tradicional. También el punto de vista varía, de Jay, el protagonista, a sus padres o a sus hermanas. Todos van teniendo su tiempo y su espacio, pero siempre desde la mirada confiada, pero íntimamente neutra, tranquila, casi se diría alelada, de Jay. ¿Adónde va su vida? ¿Cuáles son sus expectativas y sus deseos? La respuesta no es clara ni patente. No es exactamente encontrarse a sí mismo, tampoco el éxito en cualquiera de sus formas, sino más bien vivir en comunión con el presente, con la vida y su discurrir. Su relato es el de un grupo que vive entre dos mundos, y que los observa sintiéndose a gusto en los dos, pero sin pertenecer a ninguno plenamente: la historia de tantos y tantos seres en la tierra.

Se percibe la alegría por simplemente sentir la vida en su simplicidad, pero también los temores hacia lo que uno es y no acaba de aceptar. Como si la flor no quisiera ser flor, o el caballo, caballo. Es el relato interno de tantos adolescentes.

Algún crítico anglosajón ha relacionado el estilo y el tenor literario de Tash Aw con el de Chéjov. Y a este crítico no le parece mal la relación. Como en Chéjov, no hay juicio moral sobre sus personajes, y como en él, la materia del relato es la simple cotidianeidad, sin efectos emocionales añadidos. Y, sobre todo, se ve en la novela de Tash Aw lo que el propio Chéjov denominó “acción indirecta”, esto es, centrarse más en la interacción de los personajes que en el argumento o la historia.

De alguna forma, en El sur el argumento se deshace en los propios personajes, algo agradable en este tiempo de relatos extremadamente lineales. Se diría que es una forma delicada de narrar, con un respeto particular hacia los caracteres, lo que en el fondo sirve para humanizarlos, y alejarlos de la posible condición de marionetas al servicio del autor.

Acabaré con una cita de Aw en una de sus entrevistas, que refleja bien la búsqueda del protagonista de esta novela: “A diferencia de mis padres, no puedo aceptar que el destino y la fortuna favorezcan a unos sí y a otros no. Hemos pasado tres décadas buscando la forma de convertirnos en algo mejor, pero me pregunto si en el camino no hemos olvidado qué es ser mejor.”

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