Opinión

La prueba de las elecciones autonómicas

Viernes 02 de enero de 2009
En estos días en que tanto se habla de autonomías y financiación, hemos sabido que dos de las llamadas “históricas” tendrán elecciones en breve. Será el 1 de marzo y, a la cita electoral, concurrirán Galicia, por un lado, y Esukadi, por otro. Por lo que respecta a los gallegos, la fecha ya se conocía y, a decir verdad, desde entonces, no puede decirse que haya suscitado mucho entusiasmo. Quizá la responsabilidad de ello la tenga el “perfil bajo” de los 3 candidatos: Emilio Pérez Toruriño (PSOE), Anxo Quintana (BNG) y Alberto Núñez Feijoo (PP). Las encuestas no son capaces de dar un pronóstico fiable, aunque parece que todo seguirá como hasta ahora: ganará el PP, pero sin una mayoría absoluta que impida el pacto PSOE-BNG. La retirada de Fraga de la vida política gallega y el fallecimiento de Cuiña, uno de los líderes más importantes del PP gallego, dejaron el partido en manos de un Núñez Feijoo, cuya forma de conducirse se asemeja mucho a la del líder nacional, Mariano Rajoy. Así, el PP gallego actual es un partido sin mucha garra. Sus máximos baluartes fueron laminados por el equipo de Feijoo, que no parece haber sabido conectar con un electorado, por otra parte, sumamente descontento.


Por lo que respecta a Euskadi, la lucha estará entre PSE y PNV. Este último no ha soltado el poder desde que se constituyó la comunidad autónoma vasca, gobernando tanto con socialistas como con nacionalistas y la marca vasca de Izquierda Unida (Ezquer Batua, de difícil encaje). Y, precisamente por ello, sería muy saludable una alternancia en el poder: saludable, en cualquier sistema democrático y, en el caso del país vasco, con una democracia amenazada y recortada por las pistolas y, donde con frecuencia, se respira más miedo que libertad, el cambio es una cuestión de higiene democrática. Respetando, como no podía ser de otro modo, la voluntad de sus electores; ellos verán si siguen depositando su confianza en un partido como el PNV, con tal cantidad de carencias éticas y morales. Se ha dicho muchas veces que gran parte del electorado nacionalista, compartiendo el fin, no justifica los medios de sus “parientes” radicales y violentos. Que no todos son secesionistas. Y que abominan de la violencia. Pues esta es su oportunidad. Ante sí tienen la ocasión de seguir votando a un partido que defiende el derecho de ETA a estar en las instituciones (el PNV siempre ha sido partidario de no ilegalizar ANV, PCTV o como quiera que quiera que fuere la marca electoral que elijan los terroristas). Que el PNV ha condenado, sí, pero sin sentimiento alguno, salvo cuando tocaban “algo” suyo, como el atentado contra la sede de “Deia” y la ETB. Sobre todo, los partidos nacionalistas vascos, pacíficos pero radicales, continúan predicando la falsa y temible correlación de que la causa de la violencia es “el conflicto” (de soberanía), en lugar de aceptar la verdad que desarmaría intelectualmente a los violentos: la de que la causa del conflicto es precisamente la violencia.

Frente a ellos, la opción más natural sería una coalición entre los dos partidos constitucionalistas, PP y PSE. Ocurre que la marca vasca del PSOE adolece del mismo problema que sus correligionarios catalanes: entre sus filas hay cada vez más simpatías por postulados nacionalistas. Es un hecho que Pachi López y el resto de socialistas vascos se sienten mucho más cómodos al lado del PNV que del PP. Pero tampoco haría falta una coalición de gobierno con el PP. Bastaría un pacto a la “navarra”, pero al revés, en que gobernará el partido más votado (en este caso probablemente el PSOE) con la condescendencia vigilante de su rival. En todo caso, los socialistas vascos quizá debieran reflexionar si sus bases, no ya vascas sino “del conjunto del Estado”, como diría Odón Elorza, piensan igual. Sería bueno para Euskadi probar a vivir sin el yugo nacionalista. Se disiparían muchas tensiones.

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