Opinión

Cien años ya, don Agustín

TRIBUNA

Gastón Segura | Lunes 12 de octubre de 2026

Para los idus de este mes —o sea; en cuatro días mal contados— don Agustín García Calvo cumpliría cien años. Vale la pena recordarlo porque su estrafalaria figura, hasta el último aliento, fue una muestra palpitante de la jovialidad y la acracia esparcidas durante aquella —luego tan traicionada— Transición; al punto que su mención suscita siempre un pensar juvenil y, ante todo, radical. O sea, una manera de inquirir sin concesiones y saludable y, si me apuran, necesaria para cualquier sociedad, como rechazada, abierta o disimuladamente, por las autoridades en toda época y sin excepciones de facción o credo.

         Y es que García Calvo fue nuestro Diógenes de Sínope. Y, para rabia de muchos, tan aupado sobre indiscutibles estrados —una cátedra por la Universidad de Sevilla, en 1959, renovada un lustro después en Madrid— como avalado por sus proezas literarias; basta con señalar sus casi monumentales traducciones rítmicas de la Ilíada, en 1995, o del lucreciano De rerum natura, en 1997, que, además, tituló De la Realidad, avivando así un concepto nuclear de su singularísima indagación más que política, ontológica. Estos trabajos descansaban sobre una primera y constante preocupación, abordada ya en su tesis doctoral, Prosodia y métrica antiguas (1951), cuando era un joven filólogo e imberbe poeta, y en buena medida concluida con el enorme Tratado de rítmica y prosodia y de métrica y versificación (2006), ensayo que le opuso —si no sublevó por denunciador de estruendosas impericias— a tanto poetastro de esos que persiguen pingües becas y otras venales sinecuras por los silentes pasadizos del Estado. Es más; cuando pienso en García Calvo, me acude de inmediato la larguirucha estampa de Robert Graves, y no solo por lo evidente, su común y profundo conocimiento del Mundo Antiguo, sino también por su compartida concepción del arte poético.

         Ambos reclamaban la poesía como palabra cantada; o sea, sujeta a un elemento esencial y embrujador: la melodía. Graves lo había aprendido de niño acompañando a su padre, mientras recogía canciones populares galesas, y García Calvo aún fue más lejos, pues desde sus años sevillanos, se prodigó en recitales, para demostrar que el poema no se lee, se escucha embaucado por su melopea; situación que el pueblo, desde la más remota antigüedad, aprecia —incluso, exige— del género. Aunque siendo la musicalidad la virtud común y esencial de toda poesía, sus ritmos —es decir, sus metros— son una peculiaridad de cada lengua y, en consecuencia, frutos de su particular prosodia; pues de ella nacieron espontáneamente, cuando sus hablantes intentaron armonizar un puñado de palabras. Y como quiera que el canto resultante no pertenecía a nadie, al contrario, emanaba del común; no podía ser sino su espíritu hecho sonoridad.

         Mientras tanto, la poesía del s. XX había emprendido, impulsada por las vanguardias, un camino que la fue alejando del viejo sendero del canto hasta caer en una prosificación de fulgurantes artificios, ajena, si no adversa, a los poemas de García Calvo y de Graves, enraizados en un decir popular y en ocasiones con ecos de un timbre arcaizante; por cuanto la crítica y, con ella, las editoriales reconocidas los postergaron. Y ambos decidieron crear sus editoriales particulares donde imprimir sus canciones —y García Calvo, también el resto de su obra ensayística, jalonada de algunos cuentos— contra ese aislamiento. Y aun más, García Calvo, en esa percepción de la lengua como una herencia del común, encontrará el fundamento a su rechazo del Estado, de la Religión y del Futuro; es decir, de aquello cuanto formuló bajo su contundente concepto de Realidad.

         Pues, como su semántica indica, Realidad es una circunstancia y configurante, y no solo del exterior, sino también de la conciencia, al constituir nuestra personalidad, en tanto que esta es proyección, en el porvenir, de un yo anhelado. Pero esta Realidad no es la Totalidad, pues experimentamos un universo previo, libérrimo y deslumbrante, apenas luego recordado, cuando estábamos adquiriendo las palabras y el mundo todavía no había sido categorizado —o si prefieren, clausurado— por el lenguaje. Por la añoranza de ese momento infantil, abierto a la alegría y al juego —algo tan nietzschiano—, García Calvo se reclamaba anhelante del pensar presocrático, cuando la Física —como él prefiere llamar, acorde con aquella época, a la Filosofía— no había emprendido aún la categorización del todo; o sea, la constitución de la Realidad y la disolución de una poetización incesante y primitiva —y para don Agustín, más veraz— de la vida. De ahí que su confinante concepto de Realidad me evoque la definición heideggeriana de Metafísica como «la historia del olvido del ser» y, desde luego, la razón discursiva de María Zambrano; pero aún hay más, este trío de autores coincide en la poesía —por supuesto, en la verdadera— como la única vía para rescatar al hombre de la «vida inauténtica» donde la historia lo ha arrojado.

         Llegados aquí, descubro que quizá escribí este par de páginas para señalarles estas analogías entre los tres pensadores; tal vez, alienten la investigación de algún intrépido. En cuanto a la legendaria expulsión de don Agustín de la Complutense, en la primavera de 1965, y a su peripatético destierro parisino, es relato para quienes compartieron alguno de aquellos momentos luminosos, de idéntica manera que también dejo a otros la crónica de sus días como maestro de dicción en el Teatro de la Abadía; mi cometido, por tanto, se atiene a este escueto homenaje y a sus sugerencias finales.