Cultura

La vida ondulante de Ramón Eder: un “desorden” de pensamientos irónicos para el siglo XXI

RESEÑA

Javier Mateo Hidalgo | Miércoles 14 de octubre de 2026

Que nuestra era se caracteriza por el consumo rápido de contenidos breves resulta algo incontestable. Que estos contenidos puedan albergar ideas profundas es ya otro cantar. Por eso los aforismos de Ramón Eder (Lumbier, 1952) son tan necesarios, ya que su corta extensión abarca inmensidades. El autor navarro lleva veintiséis años dedicándose plenamente al aforismo, género practicado por figuras como la de Hipócrates y que llega actualizado a través de su labor. De hecho, volviendo a la antigüedad, la palabra “aforismo” proviene directamente del término griego aphorismós, cuyo significado es “definición”, “sentencia breve” o “distinción”. La palabra deriva de aphorízein, que equivale a “separar” o “definir”. El mentado padre de la medicina lo consolidó, si bien como indica el propio Eder fueron los llamados moralistas franceses “los que perfeccionaron el género dándole su configuración clásica […] con frases breves y discontinuas”, analizando “críticamente y con extraordinaria lucidez los caracteres humanos”. Destaca Eder de ellos su capacidad para la brevedad aforística y el “desorden temático”, haciendo “que su lectura sea lúdica y ondulante”. Precisamente este último concepto tiene una importancia clave en el título de uno de sus libros más reconocidos en el género del aforismo.

Publicado por Renacimiento, La vida ondulante contiene como subtítulo sus tres partes: Hablando en plata, Ironías y Pompas de jabón. Sorprendentes y originalísimos, estos títulos comparten con esa “vida ondulante” el carácter siempre irónico, lúdico y espontáneo de Eder, que hace de sus aforismos algo bien característico. Como veremos en la cita inicial del volumen, el concepto “ondulante” lo toma el autor del bueno de Josep Pla, quien a su vez lo recoge de Michel de Montaigne. Según el autor francés, el ser humano era “un objeto maravillosamente vano, diverso y ondulante”. Por ello, su pensamiento puede considerarse espejo de su naturaleza. Eder escribe aforismos que parecen sacados de un cuaderno de notas diario, fruto de su reflexión en torno al mundo propio y al que le rodea. A medida que uno avanza en la lectura de La vida ondulante, encontrará temáticas claras donde clasificar estas frases y que suponen preocupaciones universales. Por ello, sus pensamientos serán atemporales, estando siempre de actualidad.

Lo trascendente de la existencia es uno de los temas recurrentes en el libro, motivo que Eder se encarga de desmitificar: “El momento de la verdad nunca llega, el momento de la verdad nunca se va”. De los vicios humanos, los “que no practicamos difícilmente se los toleramos a los demás”, si bien “sentimos siempre un poco de lástima hacia los que no practican lo que nosotros ejercemos”. Respecto a las tentaciones, “si nos alejamos mucho de una […] caemos en la siguiente”. Hay quien no aprende y continúa exhibiendo sus defectos: “El pedante es el que, con tal de enseñarnos todo lo que sabe, es capaz de enseñarnos todo lo que ignora”. Existen “personas tan pedantes que cuando se callan se callan en latín”. Un consejo para evitar un mal hábito: “Sobre todo, no ser pomposo”. Otro grupo a esquivar, los puritanos, que “quieren que estemos tan tristes como ellos”. Así, a las “personas que tienen dos caras hay que mirarlas de perfil”. Si los excesos son malos, de forma idéntica lo es quien no los practica nunca: “No tomar ninguna droga es inhumano”. Así mismo, “hay insensatos que despotrican contra las drogas con un cigarrillo en una mano y un whisky en la otra”. La maldad está permitida en determinados contextos: “No se puede ganar al ajedrez si no se es un malvado, al menos mientras dura la partida”. Quienes “se plantean la amistad como una partida de ajedrez, al final, siempre pierden la partida”. Para evitar los vicios, lo mejor será convertirse en un ciudadano del mundo. No serlo conlleva un peligro para la propia libertad: “Las alas se atrofian si no se usan”. De esta forma, podremos conocernos a nosotros mismos (“a veces el espejo nos echa un sermón) y a los demás progresivamente, aunque se produzcan paradojas: “Cuanto más se conoce a una persona más misteriosa parece”. Y es que “en toda amistad hay algo de Venus y de Marte”. El “presentar una persona a otra entraña una gran responsabilidad. Lo que ocurra después entre ellos, de alguna manera, es culpa nuestra”.

La forma en que obramos durante nuestra existencia supone “echar un grano de arroz en la balanza, pero podemos elegir el platillo”. La vida puede definirse de muchas formas: sabiendo “utilizar bien las palabras ‘sí’ y ‘no’; como “hambre mezclada con hartazgo”, pues “nunca se tiene lo que se quiere excepto cuando se tiene en demasía”; a imagen de “una gran lección que nos da el destino, no sabemos por qué o para qué”. El “haber nacido es un éxito biológico del que nadie se recupera del todo en toda su vida”. Todo forma parte del azar con sus paradojas: “causas irrisorias pueden tener consecuencias trágicas”. La muerte nos recuerda que “somos inmortales todos los días de nuestra vida, excepto uno”. Otra aparente contradicción: “los funerales dan ganas de vivir”. La posibilidad de otra vida ultraterrena tiene igualmente su hueco en este libro: “No sé si Dios existe, pero lo cierto es que insiste”. Blasfemar puede definirse como “rezar al revés”.

La política no puede quedar tampoco fuera de las preocupaciones del aforista: “Un político es un ciudadano menos”. Su “lucha por el poder suele ser terrible”, si bien “la lucha por las migajas […] es siempre patética”. Es “en las cloacas del poder” donde “viven los funcionarios sabandija”. Quienes se acostumbran “a doblar el espinazo”, cuando lo hacen, se ganan “un lumbago”. Los medios de comunicación son igualmente mencionados: “Cuando pasa cierto tiempo uno se da cuenta de que todos los periódicos son amarillos”. Existen “periodistas que tienen tanto oficio que consiguen escribir su columna diaria sin utilizar el cerebro”. En otro sentido, “cuando un periodista cambia de periódico, cambia de estilo”. Hay quien lee los diarios y se lava las manos “como Pilatos”, siendo “uno de esos conformistas sin causa”. En el otro plato de la balanza está la opinión pública, que “lincha o aclama. No tiene término medio”.

En La vida ondulante hay espacio para la creación y quienes la practican: “Para ser un gran artista hace falta tener talento, oficio y mucha suerte. Buena o mala, eso da igual”. Los escritores “son esas personas que tienen un yo de tomo y lomo”. También “son esos alquimistas que convierten la vida en literatura y la literatura en vida”. El autor afirma que “los escritos que un buen escritor tira a la papelera son mejores que los que publica un mal escritor, y precisamente por eso es mejor escritor”. Al mismo tiempo, “el que publica un libro y no recibe ninguna crítica siempre podrá pensar que ha dejado al mundo atónito”. Hay novelas donde “se echa en falta, en seguida, la falta de suspense porque rápidamente se descubre que el criminal es el autor”. De igual forma hay “muchos novelistas” que en realidad “son poetas que quieren llegar a fin de mes”. Se recomienda a los autores hacer “su propia autocrítica” en los textos para que éstos queden “blindados”. Quienes crean de cara a la posteridad merecen también su frase: “Las estatuas no alcanzan la perfección hasta que son mutiladas por el tiempo”. En este enclave entran los premios, que cuando son “ridículos” hacen que el premiado deje “de ser un perfecto desconocido”. Hay “humillaciones disfrazadas de premio” donde hay “que sonreír como idiotas integrales”. Al igual que para los escritores, reserva este libro hueco para los lectores, algunos de los cuales “cuando un libro consigue revolverles sus ideas, se enfadan como si les hubieran desordenado su armario”. Algo que se comprende desde algunas “casas que tienen menos libros que metros cuadrados” —por contra, “si un escritor se descuida acaba viviendo en una biblioteca con baño y cocina”—. Ello no quiere decir que no haya “simulacros de profundidad encuadernados”, si bien “algunos libros brillan en los escaparates de las librerías como lingotes de oro en un montón de ladrillos”. Nunca hay que perder de vista que “los escritores no sirven para nada, excepto para dar sentido a las cosas”. Aunque “todo está dicho, […] hay que volver a decirlo en la jerga de nuestra época”.

La historia como pretérito conformador de presente es igualmente valiosa: “El pasado que no se olvida es el futuro que nos espera. Mala memoria es la que recuerda lo que habría que olvidar” —y eso sabiendo que “todos los recuerdos son falsos”—. En nuestros propios orígenes se encuentra lo que vendrá después: “En esas fotos de grupo que nos hicieron en el colegio, si se miran bien, está la clave de todo lo demás”. La forma en que se toma la vida, con sus adversidades —hay días “redondos” como una “corona de espinas”—, tiene que ver con lo siguiente: “De las depresiones sólo se puede salir sonriendo”. Es bueno saber que “los pensamientos tristes nos vienen cuando estamos inactivos”. Siempre “ir llorando por el camino de la verdad tiene menos mérito que ir sonriendo”. En las épocas malas “conviene hacer, como Robinson Crusoe, el recuento de lo que hemos salvado del naufragio. Es estimulante”. Y es que “la única manera de superar una catástrofe personal es consiguiendo que nos mejore”. Puede que se salga “a flote” y le den a uno “con el remo”. Hay tantas formas de quitarse del camino como de duplicar las de seguir en él: “Lo contrario de suicidarse es llevar una doble vida”. Que somos seres débiles lo demuestra que “podemos matar a un elefante, pero nos puede matar un mosquito”. El aburrimiento será “un malestar producido por la ausencia de dolor”. No debemos evitarlo —“si uno se pone muy a menudo la venda antes que la herida se puede acabar convirtiendo una momia”— sino conseguir que éste “produzca una perla”, pues lleva al conocimiento y éste se logra mediante las experiencias con que maduramos: “Se es igual de inteligente a los veinte años que a los cuarenta, pero con un poco de suerte no se es igual de tonto”. La inteligencia será “el ama de llaves del deseo” y, “a partir de cierto grado, se vuelve inevitablemente humorística”. Valiéndose de ella, se puede dar una lección a la vida contraatacando al “patético quiero y no puedo” con un “elegante puedo y no quiero”.

El amor contribuye a la felicidad y nos marca desde el momento en que entra en nosotros, a pesar de su distancia en el tiempo: “Uno nunca olvida su primer amor, ni lo recuerda”. Si deviene en matrimonio, hay que encontrar “como las ollas exprés […] una válvula de escape”. Al modo de Lampedusa, “en la relación de pareja llega un importante día en el que, si queremos que todo siga como está, es precioso que todo cambie”.

Cómo no, Eder cede un lugar al aforismo como objeto de reflexión. No sólo debe ser “un relámpago en las tinieblas”, sino “lo contrario de un mamotreto”. Se trata así mismo de “un género literario que no gusta a los lectores pasivos”. Por su parte, “el escritor de aforismos, si se descuida, puede acabar convirtiéndose en un sabio de almanaque” —donde se “mezclan la meteorología y la moral con una naturalidad pasmosa”—. En cada libro de este tipo, “cada aforismo es una pincelada cuyo conjunto forma el autorretrato del autor”. Hay aforismos que, por su misterio narrativo, parecen extraídos de una novela. Algunos ejemplos: “Aún quería decir algo más, pero lo acallaron los aplausos”; “Se asomaba al abismo y tomaba notas”; “Quería escribir de una manera seria sobre asuntos importantes, pero le seguía saliendo una literatura amenísima”; “Y cuando vi reírse a aquellos dos pobres diablos me di cuenta de que estaba en el infierno”; Las flores que no le había regalado en vida ahora se las llevaba a su tumba, llorando”; “Examinó con detalle las características de la trampa en la que había caído y la encontró confortable”; “Le acusaban de que no se mojaba y estaba con el agua al cuello”.

La vida ondulante es un ejemplo claro de cómo hacer de las reflexiones cotidianas auténtica literatura. Porque, como dice el propio Eder, “escribir es construir frases que es mejor que existan a que no existan”. Sus aforismos, sin duda, hacen muy bien en existir.