Cultura

El gatopardo: Visconti llega a la cumbre del cine mundial con su obra maestra

CRÍTICA DE CINE

Joaquín del Palacio | Miércoles 14 de octubre de 2026

 

 

9.5/10

 

Cambiarlo todo para que nada cambiara era el axioma del príncipe Salina,un modelo de regeneración sin revolución, tan aplicable a momentos como el actual donde se ve un enorme vacío existencial. Visconti se basó en la novela homónima de Giuseppe Tomasi di Lampedusa en la que se narraban las vicisitudes de una familia aristocrática siciliana en tiempos de cambio, con las nuevas clases sociales que aparecen a su alrededor y la unificación italiana como telón de fondo, lo que generará tensionespara que su vida privilegiada continúe intacta alrededor de tantos bandos en disputa. Y esa capa evidente nos llevará sin darnos cuenta a su alma, a su clave cinematográfica esencial: El paso del tiempo, el traspaso de poder, la melancolía por lo perdido. Un Burt Lancaster en la cumbre de su carrera, con una mirada llena de nostalgia nos guiará por un universo tan realista, precioso y bien diseñado que por momentos olvidaremos que estamos ante una película y nos encontraremos asistiendo a reuniones, confidencias o bailes de fin de fiesta donde nos harán partícipes de decisiones inapelables. Nuestro príncipe comprenderá que su lugar preminente en la jerarquía se apaga, y como gran caballero que es lo aceptará con tristeza y resignación. Creo que en muy pocas películas podemos asistir de una manera tan sutil, triste y poética —y sobre todo tan conmovedora— a ese inevitable cambio social, que a la vez es generacional. 

Decir que de toda buena novela saldrá una buena película es arriesgado. Debería ser así, pero son dos lenguajes distintos que a veces no se entienden entre sí. La literatura solo puede apelar a la imaginación mientras el cine utiliza la acción, la imagen, la música y las texturas en un formato que al contrario que en la literatura se degusta del tirón. Para Visconti, el cine histórico no debía ser una mera reconstrucción: el esmero puesto en la escenografía, el vestuario y los detalles es un medio para imponer un imaginario, y no un afán de esteticismo. Aquí la contemplación —la mirada del príncipe Salina— se impone a la acción. Con ello, Visconti acentúa el carácter patético del derrumbe de un mundo que se encamina hacia su perdición.El gatopardo se rodó a lo largo de siete meses en 1962 y se estrenó en 1963, exactamente un siglo después de los acontecimientos que recrea. Es la película del equilibrio perfecto, de la tensión suprema entre lo nuevo y lo viejo, una obra de pura armonía en el sentido clásico. Así, ninguna situación política, discurso o recreación histórica ha encontrado jamás un anclaje más perfecto que en este fresco que nunca cae en el didactismo ni en el discurso excesivo,aunque siempre lo roza.

 

Una novela y una película

Goffredo Lombardo(el productor) acudió a Visconti en 1961 para proponerle adaptar a la pantalla El Gatopardo. El cineasta aceptó tanto por afinidad personal y conexión histórica como por el deseo de «dar su opinión» sobre el contenido del libro y la polémica que este había suscitado años atrás. Decidió recrear batallas ausentes en la novela y retrató una aristocracia menos reaccionaria de lo que cabría esperar, capaz de reinventarse y modernizarse para evitar su desaparición total.En realidad, Visconti se esfuerza por mantenerse fiel al contenido y al desarrollo del libro. La primera parte transcurre a lo largo de veinticuatro horas y narra los diversos rituales que seguía la familia del príncipe Salina, el patriarca, comenzando con la oracióny la comida, donde los personajes se enteran de que ochocientos hombres liderados por Garibaldi han desembarcado en Marsala. El príncipe decide ir a la ciudad, a Palermo, para pasar la noche con una “amiga”. Se lleva consigo al pobre padre Pirrone. Al día siguiente el príncipe conversa con su sobrino Tancredi (Alain Delon), que ha decidido unirse a Garibaldi. A excepción de Angélica (Claudia Cardinale) y su codicioso padre, ya nos han presentado los personajes principales de la novela, así como la situación histórica inicial.La segunda parte comienza cuando toda la familia del Príncipe se traslada a su residencia de verano en Donnafugata. Visconti llena ese recorrido con magníficas estampas de batallas campales.Visconti filma mediante planos largosen los que se articulan mil elementosde apoyo histórico. En apenas media hora, se plantea la situación histórica, social y narrativa con una grandiosidad, una riqueza de detalles y una fuerza dramática que solo encontrarían su equivalente en la primera parte de otro gran fresco siciliano,El Padrino, de Francis Ford Coppola.

 

Angelica

Para interpretar a Angelica —la hija del alcalde rico y poderoso al que le falta clase y le sobra codicia— el cineasta busca un nuevo símbolo erótico. Elige a Claudia Cardinale, quien diría de él que supo «esculpir su mirada» al pedirle que bajara la barbilla mientras mantenía la vista fija en su interlocutor. La irrupción de Angélica en la película constituye un momento de belleza transgresora que marca un antes y un después en el tiempo del relato. Se trata de bellezacampestre, salvaje, sinelegancia. Es toda ella una especie de revancha de la gente de la tierra, de los campesinos que de ese modo llegan a las más altas cotas sociales. Durante una cena en la que los rituales se escenifican con énfasis bajo la autoridad paternalista del Príncipe, Angélica estalla en carcajadas al escuchar los relatos jactanciosos y procaces de Tancredi. Es una risa tan vulgar que, una vez más, rompe la monotonía ritual y anuncia los cambios venideros.Frente a ella, era necesario encontrar un equivalente en términos de juventud y brío, pero también de seriedad. Ese papel recayó en Alain Delon.

 

Tancredi

El personaje de Tancredi Falconeri está a la altura del Príncipe. Joven, ambicioso y destinado a «gobernar» el país es un hombre exaltado, atrapado en la vorágine de la historia; un conquistador arrebatado que atormenta con su carisma a su prima Concetta. Más tarde, se convertirá en el gran traidor de la revolución al unirse a las tropas reales y cambiar su camisa roja garibaldina por el uniforme del regimiento de Caballería de Saboya. Al igual que Cardinale, Delon destila sensualidad sin perder por ello su altivez ni su nobleza. Se dice que la relación entre el cineasta y el actor fue complicada y debido a las exigencias de un Visconti tiránico, Delon no pudo participar en el rodaje de Lawrence de Arabia.

Tras la unificación, al unirse a las tropas de Saboya, Tancredi recupera su posición de clase y los honores propios de su rango. Se acomoda para perpetuar su linaje, desvirtuando al mismo tiempo el sentido original de la revolución. Se ha convertido en un hombre pragmático, arrastrado por la espiral del tiempo que hiere el corazón de los hombres. Tancredi comprende a su tío. Cabe ver en élel doble rejuvenecido de Salina y, tal vez, una proyección del propio Visconti. Delon, siempre sublime, enaltece el papel tanto por su gracia y belleza como por sus modales impecables.

 

El príncipe Salina

La pregunta que ronda a todo espectador que descubre El Gatopardo es qué parte de Luchino Visconti se esconde tras la figura del Príncipe de Salina. Para encarnarlo, Visconti había pensado inicialmente en Marlon Brando antes de decantarse por Burt Lancaster, quien entonces se encontraba en la cima de su gloria. Visconti sometió al antiguo acróbata a un régimen extenuante, no solo para devolverle la esbelta figura del Príncipe de Salina, sino también para convertirlo en su propio alter ego. Durante la filmación de la película, Lancaster pronunció todas sus frases en inglés y para la versión final que se estrenó en los cines de Italia, su voz fue doblada al italiano.

Durante la primera escena de baile, Lancaster se quejó de dolores en las rodillas; Visconti hizo caso omiso y abandonó el plató hasta que el actor se vio obligado a retomar la escena correctamente. El cineasta quería demostrar a la estrella que él era quien mandaba. Sin embargo, tras este pequeño incidente, se dice que surgió una verdadera amistad entre ambos artistas. Burt Lancaster se tomó su papel tan en serio que leyó todos los libros que pudo encontrar sobre la época recreada. También se cuenta que el personaje le marcó profundamente, hasta el punto de permanecer como una sombra de Salina durante el resto de su vida, tras haber descubierto en el Príncipe aspectos y actitudes que desconocía de sí mismo. El trío formado por Cardinale, Delon y Lancaster es uno de los más asombrosos y extraordinarios de la historia del cine. Pocas veces una pareja ha encarnado tan bien la juventud, el ímpetu y una sensualidad radiante; pocas veces un actor ha encarnado a su personaje como lo hizo Lancaster. La escena del baile posee una intensidad extraordinaria: se percibe cómo aflora el deseo del viejo príncipe (como curiosidad, tenía 47 años) cuando Angélica se acerca para besarlo. Esta joven, ya esposa de su sobrino, encarna la juventud y la belleza. Ella está allí, ante su protector (que sigue siendo «vigoroso», como él mismo le confiesa al padre Pirrone), mientras Tancredi percibe cómo el deseo y la melancolía luchan en el alma de su tío. Sudoroso, y reprimiendo sus celos, el joven contempla a esa pareja insólita, a punto de bailar un último vals para la eternidad.

 

Visconti

Visconti comparte con el Príncipe de Salina la idea de que, en realidad, nada cambia; todos ellos poseen la misma visión pesimista de un cierto transformismo inmóvil. Aunque se produzcan cambios aparentes en las costumbres y El gatopardo marque el fin de la aristocracia feudal, los acontecimientos nunca permiten que las clases populares alcancen su libertad. En la obra de Visconti, la lucha de clases siempre fracasa. La vieja aristocracia (los leones y gatopardos) pactan con la nueva burguesía emergente (los chacales y hienas) para adueñarse de la revolución del pueblo, desactivando cualquier cambio social real y perpetuando los privilegios. Para el director, el proceso de unificación italiana fue una revolución burguesa fallida o traicionada. En la película se muestra cómo el ímpetu transformador y justiciero de los camisas rojas de Garibaldi termina siendo neutralizado y asimilado por el nuevo orden burocrático y monárquico, dejando a las clases bajas exactamente igual de desamparadas que antes. Curiosamente el Luchino Viscontidirector guarda gran afinidad con el Príncipe de Salina tanto en sus modales y su estilo de vida como en su sensibilidad. Esta es una de las razones por las que la película trasciende a la novela: por la vida que corre por las venas del grandioso Don Fabrizio de Salina y por ese incesante movimiento entre la acción y la reflexión.

 

La música como parte fundamental

La música de El gatopardo, compuesta de firma monumental por Nino Rota, no es un simple adorno, es el vehículo emocional del mensaje político y melancólico de Luchino Visconti. A través de la partitura, el director refuerza la idea de un mundo aristocrático suntuoso que baila elegantemente hacia su propia muerte histórica. El elemento musical más célebre de la película ocurre durante los 45 minutos del baile final. Visconti y Rota utilizaron una auténtica joya histórica: un vals inédito escrito para piano por Giuseppe Verdi, que Rota orquestó magistralmente para esaúltima escena. Verdi era el compositor cumbre de la unificación italiana, y que la alta sociedad se divirtiera al ritmo ese compositor era la prueba definitiva de que la revolución había sido domesticada.

 

Reflexiones

Se podría discurrir interminablemente sobre el significado oculto de cada escena, de cada telón bordado que flamea al compás de la brisa estival. Se podría analizar a cada personaje: desde los orígenes campesinos del cómico padre Pirrone (que sirve para ilustrar el peso exacto de la religión en esa sociedad), pasando por el orgulloso Don Ciccio o la pasiva Concetta. Pero eso equivaldría a examinar de cerca cada cuadro, cada retrato, cada mosaico y cada ramo de flores que pueblan las grandes mansiones de la película: Está llena de iconos. Lo único que cabe decir como conclusión es que El Gatopardo es una obra cumbre de belleza pura y eternidad, una forma sublime de hacer que los hombres revivan y bailen para siempre.Su perfecta fusión de cine histórico y melodrama íntimo retrata con maestría la decadencia de una era. La dirección de Visconti, la interpretación de Burt Lancaster y la música de Nino Rota logran la elegía más conmovedora, melancólica y universal sobre el paso del tiempo que nunca se ha filmado en toda la historia del cine.

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