Opinión

Aguas negras

TRIBUNA

Juan José Vijuesca | Miércoles 14 de octubre de 2026

Dicen los de la NASA que en Marte hay agua para dar y tomar. Uno se queda más tranquilo. Pero claro,  aquí abajo, pueblos de Ávila, como  Casavieja, Piedralaves o Mijares,  las están pasando canutas desde hace diez días. Hoy, si abres el grifo del agua, te encuentras con cenizas, barro y sedimentos. Un caudal  de  líquido negro  viaja fuera de  su cauce natural  hacia ríos, embalses y depósitos de captación para los diferentes usos domésticos. 

La ruina existencial se debate entre la precariedad y la terapia vivencial tras  la situación creada por las primeras lluvias intensas del otoño   a raíz de  los pavorosos  incendios del verano.  La tragedia se ha instalado en buena parte del Valle del Tiétar y los remedios institucionales se encuentran tan desbordados como incapaces de soluciones que se antojan competencia de instancias superiores.  Si terrible es el fuego, mayormente  lo es la escasez de medios para combatir las necesidades extremas que el ser humano precisa. Es verdad que el incansable trabajo de los municipios implicados ayuda a proveer a la población, pero no resuelve el problema creado ni el que, lamentablemente, acecha las áreas quemadas.

Los campos, los  montes o bosques han formado un velo negro sobre el suelo de un valle con expectativas más que preocupantes. Hay que tener en cuenta las lluvias venideras, quizás cargadas de virulencia, que continuarán siendo, por desgracia, el principal cómplice de un peligro para los ecosistemas y la población.  No queda otra que intervenir con medidas urgentes a base de medios  que eviten la contaminación de las conducciones, como también la de garantizar el abastecimiento de agua potable con el mínimo perjuicio para las personas, animales y establecimientos públicos y privados. 

Hay mucho en juego y, aunque haya medidas de primeros auxilios, la situación requiere, como antes referí, la intervención de todas las administraciones del Estado como imperativo de la gravedad de la situación. Estamos hablando de un chapapote del monte, invasor de lodo cargado de cenizas y sustancias tóxicas que las lluvias arrastran desde los terrenos quemados. En pocas palabras, estamos hablando de salud pública. 

Se antoja tarea compleja  y de tiempo, pero eso tampoco debe  ser una razón de tardanza ni de abandono cuando el problema puede derivar en cuestiones de salubridad y empeoramiento de la calidad de vida de las personas. Urge, por lo tanto, emprender una acción priorizando las zonas de actuación y aplicando las medidas necesarias sin mayor dilación, competa a quien competa. Ya es hora de que la responsabilidad  se convierta, de una vez por todas, en el justiprecio de las obligaciones vinculadas al desempeño de las funciones de cada cargo público. Sea quien sea y cueste lo que cueste. El pueblo por encima de todo, sin politiqueos ni maniqueísmos y sin ideologías ni tribulaciones.                 

La situación actual  es una necesidad que nos obliga a reclamar infraestructuras a  aquellos que, por derechos y deberes, honramos en las cámaras. Estas son las encargadas de velar por nuestro bienestar tanto en la salud como en la enfermedad. Queda dicho.