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TRIBUNA

Gonzalo Laborda | Miércoles 14 de octubre de 2026

Más allá de ese «ir tirando» que tanto nos caracteriza, esto de la vida parece ser una sucesión de presencias espectrales que, de algún modo, nos acompañan y dotan de sentido a nuestros días. Quienes encontramos cierta satisfacción en pasar el rato entre papeles y páginas sabemos que esto sucede, sobre todo, con los autores que leemos. Cada época presenta una compañía intelectual a la que respetamos con fidelidad y devoción. Algunos, como suele pasar en el terreno de las relaciones humanas, se convierten en grandes amigos que ya no nos van a abandonar. Aunque andemos por otros lugares, sabemos que estarán ahí cuando los necesitemos. En cambio, otros son más perecederos, nos acompañan durante una parte del recorrido. Todo está bien. 

Estas relaciones de afecto, curiosamente, al menos en el caso del que aquí escribe, suelen trabarse con aquellos que ya no están en este mundo. A pesar de ello, tienen una presencia que pesa, espectral, como si moviesen esos hilos invisibles de nuestra existencia, como si moviesen las cosas que tenemos delante. Con los vivos, en cambio, hay una suerte de respeto por su privacidad que establece cierta distancia. Entiendes que el diálogo con ellos tiene que guardar una serie de protocolos. Es justo y respetable comprender que, en los momentos de tranquilidad nocturna, mientras pasas las páginas, no puedes invocar al autor o a la autora que están presentes en este mundo: puede estar perfectamente en el salón de su hogar viendo una película, tomando un vino con su pareja o jugando con sus hijos o nietos. Esto hace que la relación adquiera una intensidad diferente, con ciertas reservas.

Desde hace un tiempo, una de esas presencias que acaban convirtiéndose en maestros es Josep Pla (1897-1981). Conforme pasa el tiempo, crece mi admiración por la lucidez de sus apreciaciones sobre lo que le rodea y por su sencillez. Por supuesto, aquí también influye un sentimiento de cierta afinidad y cercanía, tal vez por esa mirada que reconcilia una vida moderna y urbana con esos paisajes rurales de su «mundo interno» que lo constituyen; desde ellos siempre piensa y escribe. Es realmente reconfortante, pacificador. Las conversaciones con Pla son largas y amenas. Generalmente por la noche, en el manso. 

A pesar de esta buena compañía, de la que uno tanto aprende, como es normal, uno también se impregna de ciertas costumbres. A veces uno tiene la sensación de estar paseando por la ciudad con boina, buscando algún sitio agradable donde degustar esa cocina popular y sencilla del país, poca cosa, sin grandes pretensiones, y charrar un rato: «¿Qué pasa por aquí?». «¿Qué quieren hacer?». Pero, como siempre se suele decir, hay que estar abierto a conocer gente nueva. Nunca es deseable estar satisfecho ni lleno del todo. Una vida colmada no admite nada más y se pierde pronto el interés por lo que nos rodea. 

De esta forma, animado a buscar nuevas lecturas y con la condición de que fueran contemporáneas, aunque luego el tiempo es relativo, decidí salir a dar una vuelta literaria. A pesar de este cambio, tampoco era deseable un cambio radical, forzarse a otras cosas. El dietario me resulta una lectura agradable y reflexiva. No se buscan grandes formulaciones y el pensamiento parece respirar atravesado por la experiencia, la pausa y el silencio. Desde hace algún tiempo andaba detrás de Andrés Trapiello, que cultiva esta forma de escribir y ver las cosas: lo he leído de vez en cuando en prensa y también su edición del Quijote. Pero todavía no había entrado en sus libros. Tal vez era el momento, aunque uno se dice habitualmente esto sobre muchas cosas. Hay momentos, sin embargo, en que ese momento se revela solo. Estaba leyendo la despedida de Trapiello de El Mundo para irse a su nuevo hogar, ABC, cuando me resultó significativo que hiciese una referencia sutil, en las últimas líneas, sin nombrar precisamente a Pla, a una de sus obras —Humor honesto y vago— que en esos momentos estaba leyendo. Así que sí, era el momento.

Una vez tomada la decisión, salí en busca de alguno de los dietarios de su proyecto El salón de los pasos perdidos. Además, lo hice con la autoexigencia de conseguir una edición económica. Después de recorrer varias librerías sin mucho éxito, en todas recibía no solo una negativa, sino la confirmación de que esas ediciones de bolsillo que buscaba ya no estaban disponibles, posiblemente descatalogadas. En una de estas librerías, la señora librera me informa de que le consta que había determinados ejemplares en una librería del centro. Finalmente fui a la que me había indicado. Aquí el librero me ofreció dos posibilidades. Al final, con el criterio más superficial posible, me decidí por El fanal hialino (dietario de 1997). La portada, una pintura de Darío de Regoyos (1857-1913), «La plaza del Palacio nevada», me parecía realmente bonita.

Una vez en casa, y con la nueva adquisición, tengo cierta costumbre, transmitida por un buen amigo y escritor de este medio, que consiste, como primera acción, en abrir el libro de forma aleatoria y leer lo primero que aparece, como si de esta forma estuviera esperando un mensaje revelado que hay que desencriptar. Me gusta este tipo de rituales que dotan a pequeñas acciones de algo más profundo que la simple materia. Así que un libro de más de 600 páginas quedó abierto por la página 388. Allí, lo primero que me encuentro es: «Que todas las ocasiones en que estuvieron juntos, y que fueron incontables, el señor Pla y él se las pasaron bebiendo whisky…». Al parecer, en la entrada de ese día de 1997, Trapiello había sido invitado a participar en una mesa redonda en la Biblioteca Nacional sobre Josep Pla.

Hace ya un tiempo que leí Sincronicidad de Carl G. Jung (1875-1961). Es un librito complejo, extraño. No sé si este tipo de situaciones podrían entrar en esta categoría de «sincronicidad». No soy ningún experto en esta materia ni en este pensador. Pero es cierto que hay cosas peculiares y fabulosas que a todos nos pasan: sales una noche, te encuentras en medio de la ciudad, entras en un bar cualquiera de noctámbulos y allí te encuentras a quien tenías en mente. O bien, te viene alguien a la cabeza y al momento llega un mensaje suyo: «¿Tomamos un aperitivo?». O te acuerdas de alguien intensamente a una hora intempestiva y al día siguiente te enteras por terceras personas de un suceso importante que le estaba pasando a esa persona en esos momentos.

Son cosas que no dejan de fascinarme. Uno de los aspectos que me gusta del planteamiento de Jung es precisamente que intenta pensar aquellos acontecimientos que no obedecen a una relación causal. Hay acontecimientos que se escapan a cualquier lógica. Y es ahí, en el intento de pensar esas brechas de la realidad que no pueden ser apropiadas, objetivadas ni ocupadas por nadie, donde brotan el significado, la contingencia y una interpretación que no pretende ser impuesta a nadie ni ser universalmente aceptada. En esos huecos es donde respira la vida y aparece el «mundo interno». 

Así pues, desconozco si la sincronicidad puede ser algo así, o si un libro o un autor tienen esa capacidad de ir tejiendo nuestros días, nuestros encuentros. Una de estas tardes, volviendo a la lectura, en este dietario el autor se encuentra pasando los días de finales de año y comienzos del siguiente con su familia en su casa de campo en Extremadura, cerca de Trujillo. Habla de sus libros, de las conversaciones con su mujer, de sus preocupaciones, de la nieve, de sus hijos, así como de la historia de dos tabernas en el Pago de San Clemente. La tarde se había pasado volando entre una historia y otra y tenía que salir. En la puerta de Conde Duque conocí a M.:


—¡Hola! Encantada, soy M.

—¡Hola! Oye, ¿de dónde es tu acento? Pensaba que eras de Madrid.

—Soy extremeña, de un pueblo cerca de Trujillo.

—¿En serio? No te lo vas a creer. ¿Conoces a Trapiello? ¿El Pago de San Clemente? Pues estaba por allí esta tarde…

La literatura, sus caminos, sus encuentros, sus invocaciones. ¿Y a usted, lector, dónde le llevan estas líneas?