J.K. Franko es en realidad Raúl Calvoz, una personalidad muy destacada en el mundo jurídico y que ya ha publicado dos libros de gran éxito. Uno de ellos, La Ley del Talión y el otro, Hasta que la muerte nos separe.
Raúl vive, actualmente, en Dallas y está casado con Raquel Cordón y viaja con mucha frecuencia a España y, por tanto, conoce no solamente los lugares que aparecen en éste su último libro sino también la forma de ser y de pensar de los españoles.
El libro, como ocurre en cierta medida con Agatha Christie, además de plantear una serie de interrogantes que interesan al lector, describe hechos y lugares que merece la pena conocer.
Por eso, a El Imparcial le ha parecido muy interesante que J.K. Franko, es decir, Raúl Calvoz, cuente en directo el por qué, el cuándo y el cómo de su último libro.
¿Qué te sugiere el libro que has escrito?
Una historia puede cambiar nuestra forma de ver el mundo mucho después de haber cerrado el libro.
Mi novela es un thriller psicológico ambientado entre Dallas y Madrid en el que la escritura, la memoria y las historias que nos contamos forman parte del propio misterio.
Última Navidad en Madrid es un thriller, pero también una novela muy enfocada en la escritura y por el poder de las historias. ¿Qué quería explorar más allá del misterio?
En el fondo, la novela se pregunta qué nos provocan las historias. Tendemos a pensar en ellas como algo pasivo. Leemos un libro, lo disfrutamos, lo cerramos y seguimos con nuestra vida. Pero las historias nos dan formas de ver el mundo. Nos ofrecen patrones, explicaciones e incluso posibilidades que antes no estaban a nuestro alcance. Una vez que has visto algo desde una determinada perspectiva, resulta difícil volver a ser exactamente la persona que eras.
Madrid es mucho más que un escenario. ¿Por qué eligió la ciudad?
Porque me permitía situar a Nicholas en un mundo que para él es, al mismo tiempo, hermoso, civilizado y desconocido. Llega en Navidad, se instala en Salamanca y se encuentra rodeado de luces, cafés, el Retiro… Todo resulta muy acogedor. Pero, como es un extraño, esa misma ciudad puede transformarse muy deprisa según su estado de ánimo.
El objeto central de la novela es el Libro Negro. Sin desvelar demasiado, ¿qué representa?
Tentación, desde luego, pero también autoría y control. Nicholas es un escritor que ha perdido la confianza en su capacidad para escribir. Entonces descubre en el Café Gijón a un hombre que parece incapaz de dejar de hacerlo. Escribe frenéticamente, día tras día, en un elegante libro encuadernado en cuero negro. Nicholas empieza sintiendo curiosidad, después envidia y, finalmente, cruza una línea. Se lleva el libro. A partir de ahí, una pregunta resulta cada vez más difícil de responder. ¿Está Nicholas escribiendo una historia? ¿Es el libro el que está escribiendo la historia de Nicholas?
Esa ambigüedad parece fundamental. ¿Estamos ante una historia sobrenatural?
Se puede leer así. Pero también se puede leer sin aceptar que haya ocurrido nada sobrenatural. Para mí era muy importante mantener ese equilibrio. No quería una novela en la que, al final, apareciera una explicación autorizada que le dijera al lector: «esto es lo que realmente ocurrió». Nicholas está sometido a una enorme presión psicológica. Bebe demasiado, pierde fragmentos de tiempo y experimenta cosas que no puede explicar.
Hacia el final, el propio lector adquiere una importancia poco habitual dentro de la estructura de la novela. ¿Por qué implicarlo de una manera tan directa?
Porque, en última instancia, la novela trata de la transmisión. Una historia pasa de una conciencia a otra. Alguien la escribe, otro la lee y alguien después la transmite. Nicholas lee. Yo leo a Nicholas. Y, al publicar su manuscrito, se lo entrego a otro lector. Llega un momento en que la diferencia entre observar esa cadena y formar parte de ella empieza a desaparecer.
¿Qué le gustaría que estuviera pensando el lector al cerrar Última Navidad en Madrid?
Me gustaría que el misterio siguiera vivo durante un rato. No necesito que el lector decida si Nicholas estaba poseído, enfermo, si era culpable o inocente, si estaba siendo manipulado o si había algo de todo eso. Prefiero que se haga una pregunta algo más incómoda. ¿Hasta qué punto eso que llamamos realidad está determinado por las historias a través de las cuales la interpretamos? Todos vivimos dentro de narraciones sobre nosotros mismos, sobre los demás, sobre el amor, la culpa, el éxito, la religión o la política. La mayoría de las veces ni siquiera las percibimos como narraciones, porque las confundimos con la realidad. Pero, de vez en cuando, una historia entra en nuestra vida y cambia el patrón. El libro termina. El patrón puede quedarse.