Opinión

La ley de Caifás, al jodido joderle más

TRIBUNA

Carlos Díaz | Jueves 15 de octubre de 2026

Los escalafones de cualquier grandeza me causan hilaridad, pero también benevolencia. Cómo te extraño, esposa, mi historiadora, al no poder compartir contigo esta tarde estos versos sueltos ahora solitarios.

Para restablecer el orden interior y acabar con los forajidos que infestaban los caminos privando al comercio de la seguridad necesaria,  los Reyes Católicos, establecieron la Santa Hermandad, que perseguía y ejecutaba a los bandoleros sin más demora que la indispensable para que recibieran los santos sacramentos. Qué exquisito celo por la santidad.

“No mucho después de su gran victoria en Granada, el rey Fernando III el Santo entregó su alma a Dios. La humildad y la devoción de su muerte todavía oscurecieron las grandes virtudes de su vida. Cuando sintió que llegaba el Viático, de espanto se echó abajo de la cama donde estaba, y se arrodilló para recibirlo en las losas del suelo. Luego se hizo desnudar y quitar de encima todas las galas e insignias de rey, porque decía que en aquella hora suprema ya no había ni reyes ni vasallos. Y así, desnudo, con una soga de esparto atada al cuello, murió el Santo Rey ‘cubierto por el polvo de cien combates, ni uno solo contra cristianos’”. Pero, aun desnudo con soga de esparto atada al cuello, ¿se acordaría de confesar las vidas árabes ajenas que segó en sus numerosísimas campañas patrióticas?

El príncipe Don Carlos, nacido en 1545 del segundo matrimonio de Felipe II, había mostrado un carácter avieso con síntomas de perturbación mental, la cual se reveló en actos de crueldad brutal y despiadada con sus súbditos, y no menor aversión hacia su padre, contra cuya vida llegó a conspirar, por lo que Felipe II se resolvió a recluirlo en su habitación de por vida. El príncipe, loco de furor, se entregó a los mayores excesos que acabaron con su enfermiza constitución. Por lo menos, en los últimos momentos, a los veintitrés años, se serenó y arrepintió, muriendo cristianamente (1568) según las crónicas. Ningún personaje histórico ha sido objeto de más contrarios juicios que Felipe II, considerándolo sus amigos como un santo, y sus enemigos protestantes como el demonio del mediodía. Qué difícil es ser buen rey y buen padre al mismo tiempo, pues para alcanzar esa cualificada cima dando a cada uno lo suyo no hay horas suficientes ni siquiera en los relojes de 25 horas diarias. Por lo demás, ¿será ético guerrear sin descanso matando a los hijos de los demás para amar más y mejor a los propios?

En el Reino de Aragón, después de Alfonso I el Batallador, su hermano Ramiro II el Monje (1134-37), que era benedictino, aceptó la corona con dispensa pontificia y, en cuanto vio asegurada la sucesión con el nacimiento de su hija Petronila, la desposó con Ramón Berenguer IV de Barcelona, abdicando espontáneamente para regresar a su monasterio. Qué cambio de estado el de este fraile polivalente. Ojalá no sea verdad la famosa leyenda de la Campana de Huesca, que atribuye al citado rey monje lo que hizo con las cabezas de nobles revoltosos, poniendo como badajo de ellas a la más terrible para que su sonido se oyera en todo el reino. 

Felipe III (1598-1621), hijo del cuarto matrimonio de Felipe II con Ana de Austria, decía que no podía acostarse tranquilo quien hubiese cometido un pecado mortal, pero faltándole energía de carácter y aplicación a los negocios, descargó todo el peso del gobierno en su valido el Duque de Lerma. Y así se acostaba tranquilo, pues los desmanes los cometía otro nombrado por él.

Mejor me parece la Reina Católica, que, yendo a confesarse por primera vez con fray Hernando de Talavera, su sabio y virtuoso confesor, y no arrodillándose por su condición de reina, el fraile la mandó arrodillar diciéndole: “en el confesionario no hay reyes ni vasallos, sino sólo penitente y confesor”. La Reina se arrodilló y dijo: “este es el confesor que yo quería”. Eso sí es reinar.

Verdad es que los monárquicos, no solo los españoles, han tenido que tragar muchos sapos. Muerto sin hijos Fernando VI, le sucedió su hermano Carlos por manifiesta imbecilidad del primogénito don Felipe, y la saga continuó. Por no cargar las tintas, tal vez el pueblo en general tampoco haya sido nunca mejor que sus regidores, o acaso las costumbres eran tan bárbaras so capa de cristianas, que el homo sapiens resultaba incapaz de estar a esa altura sapiencial que él se ha venido otorgando a sí mismo. Y esto por no mirar con la lupa a las repúblicas de opereta, las dictablandas y las dictaduras de Pol Pot, Stalin, o Hitler. 

O quién sabe si ha resultado imposible alcanzar la armonía y la paz entre los primeros grupos de pobladores que se asentaron en la península ibérica, llamada por los griegos Hesperia, país de la tarde (vesper), aunque prevaleció el nombre latino de Hispania, derivado del fenicio span, que significaba raro, remoto, y al mismo tiempo conejo, por abundar en ella los conejos, que aparecen en algunas monedas españolas del tiempo de Adriano. De tanto conejo, peligro de mixomatosis. 

El caso es que cuarenta fueron los pueblos con diferentes lenguas, costumbres y grados de cultura, a ver si no paso por alto ninguno de ellos: indicetes, ceretanos, berguistanos, ausetanos, layetanos, cosetanos, lacetanos, ilercaones, edetanos, vascones, várdulos, carietes, berones, austrigones, cántabros, astures, galaicos, vácceos, arévacos, carpetanos, oretanos, vetones, lusitanos, betures, celtas, cuneos, turdetanos, túrdulos, bástulos, mentesanes, bastetanos, contestanos, celtíberos, lobetanos, dittanos, belos, lusones, pelendones y turmógides. Contad si son cuarenta y está hecho, aunque para explicar sus intratribalismos haría falta una potente Inteligencia Artificial. Los de mi edad tal vez fuésemos la última generación que tuvo que cargar mnemónicamente con la serie de los reyes visigodos, ejercicios mnemónicos que me han sido de utilidad. Ahí van los treintaicuatro: Ataulfo, Sigerico, Valia, Teodoredo, Turismundo, Teodorico, Eurico, Alarico, Gesaleico, Teodorico el Grande, Amalarico, Teudis, Teudiselo, Agila, Atanagildo, Liuva, Leovigildo, Recaredo, Liuva II, Witerico, Gundemaro, Sisebuto, Recaredo II, Suintila, Sisenando, Chintila, Tulga, Chindasvinto, Recesvinto,Wamba, Ervigio, Egica, Witiza y Rodrigo. Un listado tan amplio da por lo menos para dos cosas: para elegir el nombre de los hijos varones de las familias muy numerosas, y para formar con ellos un pasable equipo de fútbol. Aunque en este caso el problema sería encontrar un árbitro ecuánime que no sacara tarjetas rojas y penaltis inexistentes a los foráneos para favorecer a su propia Manschaft.

A pesar de la burla y el desconocimiento que de ellos se tiene,  fueron los reyes visigodos los que contribuyeron a la reunificación de lo desunido, paradojas de la Historia que a golpe de dialéctica intentara explicar Jorge  (tesis) Guillermo (antítesis), Federico (síntesis) Hegel, algo que pese a todo no resultó a Miguel Servet, el cual pereció en la hoguera en Ginebra en 1558 acusado de hereje por Calvino, pese a lo cual murió gritando: “¡Dios mío, salvad mi alma!”. De todos modos, la dialéctica no funciona: tres tíos de Marx eran rabinos y él terminó kapitalista en su obra das Kapital;  cuando a mí mismo me detuvieron en la Dirección General de Seguridad de la madrileña Puerta del Sol acusándome de comunista, nada menos, logré salí por patas diciendo que yo era comunista, pero según el comunismo de los Hechos de los Apóstoles, algo que desconcertó tanto a los polis -el poli bueno y el poli malo- que, a pesar de ser yo el feo, me interrogaron canónicamente. Si al menos aquel interrogatorio les hubiera servido para leer los Hechos de los Apóstoles, mi breve cautiverio me habría entusiasmado. 

Pero a los jueces que pretenden ser campeadores imparciales al fin les va de la patada, recordemos la fórmula que el Cid obligó a jurar al rey don Sancho, sucesor de Alfonso VI: “que te maten, rey Alfonso -manos torpes de villanos, /con cuchillos cachicuernos- no con lanza ni con dardo./ Por las aradas te maten -que no en villa ni poblado,/ te saquen el corazón- por el izquierdo costado,/ si no dijeres verdad -cuando seas preguntado:/ si fuiste tú o consentiste- en la muerte de tu hermano”. Al fin y al cabo, lo establecido por ley inexorable es que los jueces sean los buenos y los juzgados los malos: “los herejes eran considerados como hoy los revolucionarios: los comunistas o los anarquistas. Eran los perturbadores del orden público. Y los albigenses perturbaron grandemente con sus rebeldías, atacando las mismas cosas que atacan los revolucionarios de hoy: las iglesias, la autoridad, la propiedad y la familia. ¿Cómo asombrarse de que los buenos cristianos se defendieran contra ellos?, ¿acaso los pueblos que se dicen más ‘liberales’ o tolerantes, no se defienden contra los revolucionarios que atacan todas las bases del orden y la tranquilidad del Estado?”. Pobres de los herejes, contra los cuales no parecen servir de mucho las obras de misericordia. 

Ni siquiera los filósofos-reyes de Sócrates hubieran hecho un papel mejor. Traigo a colación a uno de los grandes intelectuales del franquismo, que escribía cerrilmente: “las elecciones por votos son, de por sí, cosa apasionada y calamitosa; y los hombres, en ellas, llegan a perder la cabeza, hasta el punto de aliarse con los enemigos contra su propia patria: los árabes no eran arquitectos, lo poco que tenían de arquitectura es todo español, nada que signifique creación propia y fuerte. No poseían más que el detalle, el adorno: el azulejo, el relieve de yeso. Lo que los árabes pusieron en nuestro lenguaje no es casi nada. Nuestro lenguaje viene totalmente en sus palabras y en su construcción del latín, pero los árabes no hicieron sino echar sobre él algunas palabras bonitas, como quien echa azúcar sobre el pastel. Y nótese que casi todas las palabras que los árabes dejaron en nuestra lengua son nombres de colores, de flores, de perfumes, de cosas de lujo y adorno. Árabes son, por ejemplo, ‘añil’, ‘amarillo’, ‘carmen’, ‘azucena”, ‘adelfa’, ‘jazmín’, ‘azahar’, todo lo blando, bello y superficial. Pero ‘Dios’, ‘espada’, ‘patria’ o ‘rey’ son palabras romanas. Y lo mismo en la agricultura. Porque algunos nombres de instrumentos de labranza son árabes, se ha llegado a decir que los árabes enseñaron a los españoles a cultivar y regar la tierra. No hay tal cosa. Los cultivos fundamentales de España -el trigo, la viña, el olivo- los conocían los españoles desde tiempos antiquísimos. Y, en cuanto al sistema de riegos, es totalmente romano y todavía en muchas partes son piedras romanas las que conducen el agua por acequias y canales. Lo único que en este punto trajeron los árabes fueron algunos cultivos raros y de lujo, como la caña de azúcar, la granada, la higuera o el azafrán. Siempre el adorno ‘arabesco’. Español es el vino, el aceite o el pan de que nos alimentamos; árabe es el azúcar del postre, la esencia del pañuelo o la flor del ojal. Español, el fondo; árabe, el barniz, el brillo, el color. Y lo que había bajo esa superficie brillante no era español, no era más que dureza y salvajismo. Que eso era lo que bajo su barniz vistoso traía aquel pueblo que no había conocido ni la civilización de roma ni la religión de Cristo. Aquellos califas elegantes y perfumados, cuando ganaban una batalla, cortaban la cabeza a todos los prisioneros y las amontonaban formando una colina tan alta, que a veces, por detrás de ella, podía pasar un hombre a caballo sin ser visto. Y en una ocasión un califa llegó a salar los cuerpos de los prisioneros muertos, y levantar con ellos una torre sobre la que hizo subir al santón para que cantase desde lo alto las oraciones de la tarde”. 

No se me enfaden. Cuando falta amor, sobra la historia. Pero no hay que perder la esperanza, tal vez en el futuro las historias termocéfalas no sean tan viscerales, yo no pierdo la esperanza, pues sólo tengo 82 años.