Tras la reseña de La casa del padre, publicada por EL IMPARCIAL el pasado 2 de octubre, entrevistamos a Karmele Jaio (Vitoria-Gasteiz, 1970). Además de esta novela, con la que ha cosechado un gran éxito de crítica y público (fue galardonada con el Premio Euskadi de Literatura y el Premio a Mejor libro en euskera del año por las librerías de Navarra), ha editado otras tres: Las manos de mi madre (2008), que tras recibir numerosos premios y ser traducida a diversos idiomas (su versión inglesa recibió el English Pen Translates Award) fue llevada al cine por Mireia Gabilondo en 2013; Música en el aire (2013); y Amor capital (2024). Jaio ha escrito tres libros de relatos: Heridas crónicas (2004); Tan débil como tú (2007); y No soy yo (2022); publicados también en varias lenguas, varios han sido seleccionados para antologías como Best European Fiction 2017 o The Penguin Book of Spanish Short Stories (2021). Su última obra es la reciente Corazón de piedra (2026), un compendio de reflexiones, relatos y aforismos presentados en forma de diccionario. Citamos finalmente el, hasta ahora, primer libro de poesía de esta autora vasca: Ahora tenemos muertos (2015).
JOSÉ MANUEL LÓPEZ MARAÑON: La casa del padre, escrita y publicada en euskera (Aitaren etxea, Elkar, 2019), llega para sus lectores en castellano con esta traducción de Ediciones Destino. La propia autora, Karmele Jaio, se ha encargado de verter a esa lengua las palabras originales de su penúltima novela. ¿Traducirse ha sido algo puntual para La casa del padre o es una práctica habitual en su obra narrativa y poética?
KARMELE JAIO: Traducirme a mí misma es una práctica habitual. De hecho, he sido la traductora de todos mis libros publicados en castellano. Realmente lo vivo como una reescritura del libro. Yo vivo en las dos lenguas, utilizo diariamente tanto el euskera como el castellano, y siento que tengo mi manera de expresarme en una lengua y en otra. Cuando traduzco mi obra del euskera al castellano, es como si más que traducir, me dispusiera a escribir de nuevo la misma obra en castellano. Pienso: cómo contaría yo esto en castellano. Siento que, en una traducción muy literal, que podría hacer otra persona, podría desaparecer mi voz en castellano. Y puedo decir que traducirme a mí misma es una experiencia que me ha enseñado mucho y me sigue enseñando, porque al traducirme detecto muchos detalles que pasan desapercibidos en el proceso de creación original. Es como si mirara mi escritura en un espejo, como si la mirara desde otro lugar. Y esto me ayuda a ser más consciente de mi propia escritura. A ver cosas que no veo en el proceso de creación.
Centrándonos en esta obra suya reseñada en nuestro diario, ¿partir del euskera, idioma tan distinto al castellano, complica más la tarea traductora de un texto como este, de compleja intensidad emocional?
K. J.: El euskera y el castellano son idiomas muy distintos y esto complica la tarea de hacer una traducción literal, las estructuras son muy diferentes por lo que es necesario hacer cambios importantes no solo en las palabras sino en la misma arquitectura del texto. Yo me doy el permiso de hacer cambios que me permitan expresarme en castellano con la misma intensidad que en euskera. Cuando estoy traduciendo, estoy atenta a la eficacia del texto en ese idioma. Necesito hacer cambios estructurales para conseguir el mismo efecto que la obra en euskera.
¿Llevará más tiempo –y esfuerzos– traducirse a una misma que hacerlo con otra autora?
K.J.: He vivido las dos experiencias porque mis obras se han traducido a otros idiomas que yo no soy capaz de traducir. Y en esos casos constato cómo marca cada lengua, cómo en cada lengua está contenida de alguna manera una manera de mirar al mundo, una idiosincrasia... Recuerdo, por ejemplo, que la traductora de Las manos de mi madre al alemán me preguntaba si cuando yo escribía que un personaje en concreto miraba hacia atrás, si lo hacía solo con la mirada o girando todo el cuerpo, porque en alemán hay un verbo distinto para cada una de estas maneras de mirar hacia atrás. Y yo le respondía: no, simplemente mira hacia atrás. Traducirme a mí misma tiene sus ventajas e inconvenientes. Por un lado, es duro porque te enfrentas contigo misma y con tu forma de escribir, pero, por otra parte, es una manera de ser consciente de cómo escribes que creo que ayuda para posteriores obras.
¿Puede decirse que La casa del padre supere a Aitaren etxea, o viceversa; o quizá estemos hablando de libros «diferentes» y no resulte oportuno establecer una comparación?
K.J.: La casa del padre y Aitaren etxea son el mismo libro. Los cambios que he tenido que hacer en el proceso de traducción están, paradójicamente, destinados a que se acerque lo máximo posible a la obra original y a su música, a su tono, a su ritmo. Es la misma obra, escrita por la misma autora y la única diferencia es que algunas estrategias son distintas porque así lo marca cada lengua.
J.M.L.M.: Las opiniones de su protagonista, la bibliotecaria feminista Jasone, sobre las agresiones sexuales resultan inclementes. Aún más sensibilizada desde aquella violación masiva a una joven en Pamplona, ella no duda en calificar como efectos de una «guerra» el sufrimiento de tantas mujeres hoy en día. Y a su marido, asimismo alarmado por esos abusos que tantas veces acaban en asesinato, no duda en incluirlo dentro de los violadores solo por su condición de varón… ¿En qué medida puede compartir las drásticas opiniones de la principal voz narrativa creada por usted para La casa del padre?
K.J.: Tenemos que tener en cuenta que cuando hablamos de la violencia contra las mujeres estamos hablando de una vulneración de los derechos humanos de primera magnitud (en lo que vamos de 2026 en España 41 mujeres han sido asesinadas por sus parejas o exparejas), que, por supuesto, tiene consecuencias en todas las mujeres, no solo en las mujeres que han sufrido una violación o mujeres asesinadas por sus parejas. Las mujeres recibimos diariamente el eco de esa violencia de muchas formas. Y dejamos de hacer muchas cosas, nos limitamos a nosotras mismas, como consecuencia de esa amenaza constante. Esto hace absolutamente comprensible que las mujeres acaben explotando, que necesiten rebelarse contra esta injusticia, como hace Jasone. He incluido en la novela esta actitud de Jasone, hablando de guerra etc., precisamente pensando en su recepción en un hombre, porque creo que muchos hombres se toman la denuncia de la violencia como un ataque, como si se estuviera señalando a todos los hombres, y reaccionan a la defensiva. Y yo creo que ahí hay un nervio muy importante que conviene tocar, por muy incómodo que sea. Cuando se nos dice Not all men, por supuesto, estoy de acuerdo en que no todos los hombres son violadores ni maltratadores, claro que no lo son, pero no podemos hablar de un problema de «algunos hombres» como si estuviésemos hablando de problemas personales, tenemos que reconocer que esto es algo sistémico y estructural y que nace desde el primer minuto en el que venimos al mundo. Desde que nos enseñan lo que significa ser mujer y hombre en este mundo. Y cuando se dice: no todos los hombres, no sé si somos conscientes de que la violencia sí repercute en la vida de todas las mujeres. Por eso creo que la pregunta que se deben hacer los hombres es qué hacen para evitar que siga existiendo la violencia contra las mujeres.
J.M.L.M.: En casa de Ismael Alberdi y Jasone él es «el escritor oficial de la familia». Desde que se casó, ella dejó a un lado sus inquietudes literarias para construir, dentro del hogar, un ámbito propicio para que el marido se dedicase a su obra (que haya resultado exitosa, sin duda, cimentó la decisión). He conocido a mujeres dotadas para el arte que también, tras abandonar la soltería, no solo se despidieron de desarrollar cualquier facultad artística para ser madres y atender la casa; es que ni se planteaban trabajar fuera de ella.
Esa lamentable situación era algo habitual en el obsoleto modelo patriarcal de familia conservadora que el franquismo impuso. No solo en España se dio esto. Si conoce la novela El aniversario, de Andrea Bajani, habrá comprobado cómo en una época tan avanzada como los años setenta –y en Italia– era todavía mayor el machismo recalcitrante.
La generosidad de Jasone hacia Ismael, –no intentar cumplir su sueño de convertirse en escritora sacrificándose para que él lo haga–, acaba volviéndose en su contra… La delgada línea que separa, dentro de una convivencia larga, amor y abuso, es ampliamente traspasada en La casa del padre. Díganos, ¿el ego artístico inevitablemente colabora a estropear matrimonios como el de sus protagonistas? ¿No existen esperanzas para que el arte incida sobre una pareja de mejor forma?
K.J.: El proyecto de las mujeres durante mucho tiempo ha sido que todos los demás tengan su proyecto. Yo creo que más que el ego artístico, aquí lo que realmente marca la importancia de la obra de uno y de otro es que uno es hombre y otra mujer y cuál es el rol asignado a cada uno. Mientras los hombres han recibido desde niños mensajes relacionados con la ambición, nosotras hemos recibido mensajes relacionados con el cuidado. Por lo tanto, lo llevamos a la práctica inconscientemente. La historia de las mujeres es la historia de las renuncias. Y esto ocurre en todos los ámbitos, no solo en el artístico.
J.M.L.M.: La falta de libertad en el seno del hogar para que la mujer tome decisiones por sí misma y su escasa valoración por el hombre en el desempeño de las actividades laborales es algo que, a pesar de los innegables avances en el terreno de la igualdad, continúa hoy. La casa del padre aporta otra tara convivencial de peso: la indiferencia de Ismael hacia el talento natural de Jasone (aunque no quiera reconocerlo sabe que es mayor que el suyo). Esto desborda el vaso y consigue que –tras ese minucioso repaso dado a su vida matrimonial– ella se sienta «violada». Su valiente novela va más allá de lo físico y presenta este otro tipo de agresiones que padecen las mujeres emparejadas. Siendo más sutiles e indirectas que la violencia corporal, ¿serán sus consecuencias en el tiempo, como expone Jasone, no menos demoledoras?
K.J.: Es lo que quería reflejar. Todas esas violencias sutiles, todos esos machismos encubiertos de normalidad, que van provocando que muchas mujeres vayan anulándose, vayan valorándose cada vez menos, confiando menos en sí mismas, que sean finalmente ellas las que renuncien a muchas cosas sin que nadie tenga que prohibírselo directamente. Cuando te dejan entrever diariamente que no sirves para algo, acabas creyéndotelo. Hay una violencia sutil pero muy efectiva que funciona así y que acaba anulando a muchas mujeres. Es la violencia más difícil de reconocer y es el verdadero germen de la violencia física o más visible.
J.M.L.M.: Además de reconocida escritora, usted trabaja como responsable de comunicación en Emakunde, organismo público del Gobierno Vasco encargado de impulsar y planificar las políticas de igualdad entre mujeres y hombres del País Vasco. ¿Su actividad laboral intersecciona con la creación literaria a la hora, por ejemplo, de aportar asuntos para sus narraciones o poemas?
K.J.: Mi actividad me lleva a constatar diariamente la dimensión de la desigualdad, que es mucho mayor de la que se percibe en nuestra vida diaria. Más que aportarme historias, me aporta una visión y unas herramientas para ver con más claridad los entresijos de la desigualdad.
Respecto a las políticas de igualdad seguidas en Euskadi, ¿qué destacaría Karmele Jaio de ellas para su aprovechamiento en el resto del Estado?
K.J.: Creo que contamos con unas políticas de igualdad que han sido pioneras por su ambición de ser transversales y por construir herramientas estratégicas, como fue la Ley para la igualdad de 2005, que fue pionera y referente, entre otras razones, porque ya entonces ubicaba la erradicación de la violencia contra las mujeres en el marco de las políticas de igualdad, algo absolutamente estratégico.
J.M.L.M.: Tras disfrutar, y sufrir, con La casa del padre, nos han entrado ganas de insistir con su producción literaria, que incluye otras tres novelas, varios libros de relatos y hasta un poemario. ¿Qué otra obra suya recomendaría a los lectores de EL IMPARCIAL?
K.J.: Pues para recomendar distintos géneros, les recomendaría, por un lado, mi novela Amor capital, que relata la caída de una mujer en ese agujero de Alicia particular que para muchas supone adentrarse en una relación amorosa; ese perderse, olvidarse de sí misma, permitir incluso que no te traten bien, que hace que muchas mujeres sientan la injusticia del amor y, a pesar de ello, sigan amando, dándolo todo, entregándose en cada relación. Y, por otro lado, el libro de relatos No soy yo, que habla, entre otras cosas, de envejecer y de ese momento de la vida en el que nos miramos en el espejo y no nos reconocemos.
¿Qué puede decirnos de su último libro, también editado por Destino en su versión castellana, Corazón de piedra? ¿Tendrá algo que ver con La casa del padre o con otras narraciones suyas?
K.J.: No, es algo muy distinto y no muy fácil de clasificar. Es un compendio de textos (reflexiones, relatos, aforismos…) en los que expongo las emociones que me genera mirar al mundo. Hablo de relaciones, de nuestro día a día, con cierta intención poética. Diría que es una definición íntima de lo cotidiano, de la realidad que nos rodea. Y está organizada en forma de diccionario, de la A a la Z, por lo que podría definirse como una especie de alfabeto emocional de lo cotidiano.