El amor es de esas experiencias que parecen condenadas a fracasar cuando intentamos nombrarlas. Tal vez sea porque las palabras prometen certezas que los sentimientos desmienten, donde el recuerdo altera lo vivido y donde el silencio se termina apoderando de aquello que no se alcanza a expresar (lo inefable). De esta tensión emerge Amar es corromper el lenguaje, de Julián Sancha, un un poemario que se interroga sobre los límites de la expresión y la necesidad, tan humana como contradictoria, de seguir buscando en las palabras una forma de salvación.
Finalista del Premio de Poesía Joven Juan Ignacio González en 2025 y reimpreso en 2026 por BajAmar, el libro constituye la segunda obra del autor gaditano, después del libro de relatos, Siluetas (Ediciones en Huida, 2019). En esta nueva entrega, la escritura se convierte en una exploración de la fragilidad del lenguaje, pero también en el escenario donde el amor, la pérdida y la memoria revelan su naturaleza inestable. ¿Cómo nombrar aquello que cambia mientras lo pronunciamos? ¿Cómo conservar en una palabra la intensidad de una experiencia que, por definición, está destinada a transformarse?
El título condensa la paradoja que articula el conjunto. Sus dos núcleos verbales, amar y corromper, establecen una relación que no es únicamente metafórica. La elección del infinitivo, en lugar del sustantivo amor, desplaza el interés hacia la experiencia misma de amar: una acción en permanente desarrollo, incapaz de fijarse en una definición definitiva. Como señala Marzia Bencivenga, amar implica aceptar que el amor corrompe las verdades y las mentiras que construimos, y que se crea y se destruye dentro de cualquier relación. El sentimiento modifica el lenguaje, lo desestabiliza y termina revelando sus contradicciones.
Sancha comprende que las palabras cotidianas, aquellas que parecen garantizar la continuidad de nuestros afectos, no son necesariamente refugios seguros. Su significado depende de una intimidad que las transforma y, en ocasiones, las vuelve irreconocibles. Por eso, la corrupción del lenguaje debe interpretarse no solo como como deterioro, sino también como posibilidad de reinvención. Si las palabras heredadas resultan insuficientes, amar exige violentar sus límites, desautomatizar sus significados y buscar una expresión nueva para aquello que se resiste a ser dicho.
La reflexión aparece formulada desde las primeras páginas, donde el poeta habla de «la incorregible corrupción del lenguaje hablando como lo hace el silencio». La escritura nace, así, de una paradoja: escribir para combatir la insuficiencia de las palabras y descubrir, durante el intento, que ninguna expresión puede reparar completamente la fractura que la origina. En este sentido, la afirmación de George Steiner sobre la tentación del silencio que experimenta el poeta adquiere una especial pertinencia. El silencio es para la literatura límite y, simultáneamente, su horizonte.
El volumen desarrolla esta poética mediante textos en prosa que enmarcan el conjunto, referencias a Alejandra Pizarnik, Franz Kafka, Luis Cernuda y Adam Zagajewski, y las entradas de tres conceptos, «semántica», «idiolecto» y «elipsis». Este aparato textual sitúa los poemas dentro de una tradición que ha hecho de la insuficiencia expresiva una de sus preocupaciones fundamentales. Sin embargo, también plantea una cuestión crítica: hasta qué punto la explicación de la propia poética amplía la experiencia de lectura y hasta qué punto anticipa sus interpretaciones.
La primera sección «La mentira de la semántica» constituye el núcleo másconvincente del libro. En «El lenguaje que tú conoces», la oposición entre la violencia histórica y la intimidad amorosa revela la insuficiencia de cualquier significado estable: «El lenguaje que tú conoces / no comprende el significado de las bombas, / y sí, sin embargo, / el de mis dedos cuando te tocan». El cuerpo aparece como una forma alternativa de conocimiento, capaz de establecer una comunicación que las palabras no garantizan. La experiencia íntima no borra la violencia del mundo, pero abre un espacio donde el lenguaje puede transformarse y adquirir otro sentido.
En «No quiero un nombre para llamarte», la renuncia a nombrar se convierte en una forma de resistencia frente a la apropiación que implica toda definición. Algo semejante ocurre en «Aquello que no tiene nombre», donde laexperiencia, antes de quedar reducida a memoria, conserva una existencia irreductible a las categorías lingüísticas. Sin embargo, el recuerdo termina imponiéndose: «había tantas cosas / en la estructura incorpórea, / en aquello que no tiene nombre; / y sin embargo hoy, / hoy todo es memoria». Lo relevante es la transformación de lo vivido en una representación inevitablemente incompleta.
Esta tensión alcanza una expresión especialmente significativa en «Hirviendo en una olla fantasma», cuyo desenlace prescinde de los pronombres, las palabras y los recuerdos para desembocar en un último «tú». La paradoja resulta reveladora: después de cuestionar la capacidad del lenguaje para contener la experiencia, el poema conserva una palabra elemental, un destinatario. Tal vez no sea posible recuperar lo perdido, pero todavía cabe dirigirse a ello.
Entre «Elipsis y silencio (Sobre la superación de la pérdida)», los textos de carácter diarístico y la emotiva prosa de «Diciembre de 2021», dedicada a la memoria de una mascota, amplían el campo afectivo del libro. La experiencia amorosa deja de limitarse a la relación entre dos personas y se extiende hacia otras formas de apego cuya intensidad no depende de su duración, sino de la huella que dejan. En estas páginas, la vulnerabilidad de la escritura adquiere una dimensión menos conceptual y más cercana: recordar es también intentar que aquello que ya no está conserve un lugar en nosotros.
Al concluir, Sancha reconoce que estos textos nacen de la necesidad de conversar con dos intuiciones: la insuficiencia del lenguaje y nuestra imperiosa voluntad de amar «a toda costa y contra todo pronóstico». En esa declaración reside la razón de ser del poemario. Amar es corromper el lenguaje no ofrece una solución a la distancia entre lo sentido y lo dicho, ni pretende reconciliar definitivamente las palabras con aquello que intentan nombrar. Su apuesta es más frágil y, por ello, más honesta: aceptar la derrota de la hoja en blanco y continuar escribiendo. Porque quizá amar consista precisamente en eso, en corromper las palabras hasta que dejen de fingir que pueden explicarlo todo y comiencen, por fin, a decir lo verdadero.