Opinión

Elecciones y derechos

TRIBUNA

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 16 de octubre de 2026

    Las elecciones de 1860 polarizaron a los EEUU, 18 Estados libres frente a 15 Estados serviles. El republicano Abraham Lincoln ganó en todos los libres, y el demócrata Stephen A. Douglas ganó en todos los serviles. La nación estaba literalmente escindida en dos bandos por el hacha de Abraham Lincoln, que consideraba innegociable la libertad de todos los hombres nacidos en América. Meses antes Stephen A. Douglas consideraba que el asunto de la esclavitud debería dejarse en manos de la soberanía popular. Pero Lincoln consideraba que algo tan conectado a la naturaleza del hombre, imagen-icono de Dios, no podía llevarse a un debate electoral que manchase e infamase para siempre el nombre de los americanos. “Los místicos eslabones de la memoria que unen cada campo de batalla, cada tumba de patriota, cada corazón vivo y cada hogar de tan vasto país, vendrán a henchir el coro de la Unión cuando vuelvan a conmoverse, y se conmoverán con toda seguridad, por los mejores ángeles de nuestra naturaleza”. En asuntos distintos a su noble idea de la naturaleza humana, Lincoln podía cambiar de opinión de un día para otro, pero no cambió jamás su idea sobre la libertad innata del hombre y sobre ello fue firme, tenaz e intransigente hasta el fin. En todo lo demás era oportunista.

-¿Cómo, señor Presidente? ¿Habéis cambiado de modo de pensar?

-Sí, y no tengo estimación por un hombre que no sea más sabio hoy que ayer.

     Aquella mezcla única de conciliación y tenacidad hicieron de él el mejor y más grande presidente de los EEUU. Aunque existían en Washington muchos posibilistas como Stephen A. Douglas, el bombardeo del Fuerte Sumter juntó todo el Norte alrededor de Lincoln. Los confederados habían disparado por intereses diabólicos, como era el miserable mantenimiento de la esclavitud, contra la bandera de la Unión, Stars and Stripes, y tamaña ofensa reunía a todos los partidos. Pierce y Buchanam, ex Presidentes demócratas, se pronunciaron en favor de Lincoln. Ningún contratiempo minó jamás la voluntad del Presidente en su defensa férrea de la libertad del hombre, ni siquiera la muerte de los tres hermanos de Mrs. Lincoln, que se dejaron matar por los inhumanos derechos del Sur.

     Tras el primer año de guerra civil, en el que los generales del Sur  ( Lee, Johnston, Jackson ) se mostraron más espabilados que los del Norte ( Mac Cellan, Frémont, Stanton ) una proclama anunció que el 1 de enero de 1863 serían libres para siempre todos los esclavos de los Estados disidentes y que el Gobierno Federal reconocería sus libertades. Y efectivamente, el 1 de enero, Lincoln firmó la proclama definitiva: “Nunca en mi vida he estado tan seguro de obrar bien como al firmar este documento”. Y en el campo de batalla de Gettysburg, ante miles de muertos recién enterrados, Lincoln, como un nuevo Pericles o un Demóstenes americano, pronunció el célebre discurso en donde subrayaba la misión liberadora de la gran Nación americana: “Ochenta y siete años atrás, crearon nuestros padres en este continente una nueva nación, concebida en libertad y consagrada a la idea de que todos los hombres nacen iguales”. Y más adelante: “Nos compete más bien esforzarnos en la gran misión que aún queda por cumplir, para que estos muertos venerados nos inspiren una devoción todavía mayor a la causa que les hizo colmar la medida de la abnegación.” Los negros se agolpaban al paso de las tropas de Grant o de Sherman, que cantaban “¡Gloria, gloria, aleluya!..” y se alegraban de la llegada del Ángel del Señor. 

     Quizás hoy el derecho material consagrado en nuestra demagógica Constitución de tener todo ciudadano una vivienda digna y adecuada ( Artículo 47 ) sea comparable a aquel derecho de orden moral y político que conquistó para América la rigidez moral de Abraham Lincoln, rigidez basáltica ajena a cualquier componenda electoral. Cuando el derecho es una verdad moral, como un principio matemático, un teorema de Pitágoras, ninguna mayoría puede destruirlo o abrogarlo, sólo aberrantemente transgredir su verdad esencial y eterna. Pero el poder de todo error es efímero. Aunque el 90% de los españoles votasen contra el derecho a tener una vivienda digna y adecuada los residentes en España, la verdad seguiría siendo verdad, y el derecho a que todas las familias puedan tener una vivienda digna y adecuada seguiría siendo verdad, a pesar de la aberrante mayoría que infamaría el nombre de España. De hecho, son contemporáneos tanto el derecho de ser libres los negros de EEUU como el de convertir en un derecho natural y constitucional la vivienda si leemos con atención la Contribución al problema de la vivienda, de Federico Engels, texto clásico que aún parece peligroso, después de ciento cincuenta años, a quienes votaron NO sin dar una alternativa efectiva a los decretos presentados por este Gobierno que, por cierto, apenas ha hecho nada en la construcción de viviendas sociales, y en la liberación de terrenos en las grandes ciudades para la construcción. Porque el plan de salvación social de Pedro Sánchez es una fantasía que se mantiene enteramente en el terreno de la sociedad burguesa. Debemos refrescar y remozar el mandato constitucional: “Los poderes públicos promoverán las condiciones necesarias y establecerán las normas pertinentes para hacer efectivo el derecho a la vivienda, regulando la utilización del suelo de acuerdo con el interés general para impedir la especulación. La comunidad participará en las plusvalías que genere la acción urbanística de los entes públicos”. Más claro agua. No se trata de ofrecer recetas milagrosas, sino de cumplir la Constitución. Y que uno sepa, quienes redactaron la Constitución no eran comunistas. Pero, claro, la idea de la justicia eterna cambia no sólo según el tiempo y el lugar, sino también según las personas.

    En general, el socialismo, desde su mismo origen, ha sido enemigo de los pequeños propietarios de sus casas, pues ha visto siempre en ellos un obstáculo a las revoluciones y a sus experimentos sociales. El alquiler representa el tributo pagado por el arrendatario al derecho eterno del capital. El socialismo es más amigo de los inquilinos que se deben al poder de regulación que tiene el gobierno de turno que de los propietarios que no le deben su casa, olvidando que la casa del propietario no es capital hasta que la alquile o la venda, del mismo modo que el traje no es capital cuando se lleva puesto. Por lo demás, la hipocresía filantrópica con estentóreas jeremiadas sobre la vivienda es un ropaje que se pondrán todos los partidos, desde Santiago Abascal a Enrique Santiago ( perfecta epanadiplosis política que encierra España ). Me temo mucho que los jóvenes revolucionarios acampados en la Plaza del Sol estén protagonizando toda una revolución social principalmente en interés de la clase media, que es la única que aún puede soñar en adquirir un piso. Nadie puede hoy vender la piel del oso de la victoria del 29N. Todavía hay mucho juego.