El número 68 de la colección de plaquettes poéticas —editadas con acierto por Pilar S. Tarduchy y Óscar Rodrigáñez Flores— del sello El Búho Búcaro Poesía y Danza Española tiene como protagonistas a dos creadores indiscutibles: de un lado, el poeta y ensayista asturiano Javier Olalde (Pousada de Rengos, Cangas del Narcea, 1944); de otro, el polímata Eugenio Rivera (Madrid, 1959), encargado de las ilustraciones que acompañan los poemas del primero en esta publicación tan especial. Su título, Las hijas de la noche, no solo hace alusión al primero de los poemas —cuya ilustración de las Parcas romanas adorna la portada—, sino que funciona como poderosa y misteriosa alegoría de lo que vamos a encontrar en sus páginas: todo un homenaje a la cultura clásica, de la que Olalde es gran conocedor, así como la influencia que su imaginario ha tenido en la Historia, explicando de forma fabulosa el mundo. Esta plaquette puede concebirse como un conjunto coherente de diecinueve poemas seleccionados por su autor, quien ejerce como su propio antólogo escogiendo algunos ya publicados a lo largo de los años y otros aún inéditos.
El filólogo helenista Luis Miguel Orbaneja afirma en el prólogo de la obra: Javier Olalde “se mide con la tradición más acendrada de nuestra herencia literaria”, siendo —y aquí recoge las palabras de Juan Ferraté atribuidas a los líricos griegos arcaicos— “una imagen completa del lado bueno de la vida”. El prologuista recomienda al público lector que “contrapese su lectura con la de los autores clásicos de esa larguísima tradición frente a la que el poeta —otro eslabón más— se detiene honestamente a ajustar cuentas”.
El conocimiento del mundo y de la propia vida se imbrican en los primeros poemas. En el inaugural, esas “hijas de la noche” serán las tres Moiras hijas de Zeus y Temis, las cuales deciden el destino de los hombres. Mientras Cloto hila las hebras de la vida, Láquesis determina el futuro de las personas midiendo la longitud del hilo de sus vidas y, finalmente, Átropo marca su final, cortándolo. Imponente imagen de la vida determinada por los dioses —magníficamente dibujada por Rivera—, a la que Olalde dota de una lírica impecable, acompañado siempre de su reflexión filosófica y sugestiva. De este modo, el propio poema Las hijas de la Noche confronta al sujeto frente a esas nubes negras en el ocaso de su vida, recordando que es suya “todavía la dorada hebra de las horas”. No obstante, aunque suyo “es aún el camino y el tiempo del camino”, no puede sino “cumplir lo destinado por las fatales hijas de la Noche”. Luchan aquí por tanto dos conceptos: la libertad y el determinismo, obligadas a convivir. Idénticos personajes y tema encontramos en Fragmento I de Pseudo-Baquílides, que hace referencia en su título al concepto empleado en la filología clásica para designar ciertos poemas y epigramas tradicionalmente atribuidos al poeta Baquílides de Ceos. En él, se le recuerda al protagonista —el propio poeta— que “vendrán días” en su busca para guiarle “hacia la suerte destinada por la Moira” —Láquesis—. Aunque él pueda acogerse “al vuelo seductor de la esperanza”, el designio de la diosa será “inmutable”.
En Alea iacta est —célebre frase de Julio César que significa “la suerte está echada”— se nos viene a decir que carece de sentido “interrogar a la Sibila” —profetisa capaz de adivinar el porvenir— acerca del “albur que aguarda”. Por tanto, solo queda asumir lo que nos depare el presente de la mejor de las formas. Designio nos sitúa en el Templo de Apolo de Delfos, cuya famosa frase inscrita en su pronaos o vestíbulo —“Conócete a ti mismo”— se recuerda al final del poema aunque no figure en él, evidenciando su imposible: “Mas llegarás a ser aquel que eres / aunque nunca consigas conocerte a ti mismo”. Flaquezas de la lógica advierte de lo que puede suceder si se emplea la razón para entender nuestra naturaleza: “conocer qué somos, / qué nos sucede, / qué nos cabe esperar”. El resultado es trágico: “ni lo inocuo ha menguado, ni cesa el infortunio de las víctimas”.
En ocasiones, el homenaje al mundo clásico no se encuentra reñido con la discrepancia. A Remate, por ejemplo, le preceden unos versos del poeta Teognis de Mégara —“De todas las cosas / la mejor es no haber nacido”— que son desmentidos por Olalde. Como ocurre en los anteriores, este poema se narra en tercera persona. En él, el poeta observa tras la ventana el acontecer del mundo, su “repertorio / diverso y reiterado de los días”. Así, “se abstrae en la meditación del tiempo / y el precio inexorable por su uso”, concluyendo: “Mas de todas las cosas […], / no la peor, sino la mejor es haber nacido. / Se equivocaba Teognis”. Fragmento II de Pseudo-Baquílides funciona como bálsamo, si bien se recuerda al individuo que “tiempo” es y suyo “es el designio que la parca dispone”. Por ello, se le aconseja “apaciguar” su “ánimo, / pues no existe mortal que en todo sea dichoso”, concluyendo: “no añadas nuevas cuitas”. En la ilustración de Rivera, unas testas escultóricas entre escombros pétreos representan lo que seremos en un futuro no muy lejano: ruinas que podrán ser recordadas con un poco de suerte. Fragmento de ubicación incierta juega con la dudosa procedencia de determinados textos ancestrales, incluyéndose éste dentro de dicha tradición. Se inicia con unos puntos suspensivos —como si lo anterior hubiese quedado irremediablemente extraviado—, dando paso al personaje de la poeta griega Safo de Lesbos, primera gran voz femenina de la literatura occidental. Ésta se aflige por la “allegada noche”, lamentándose de su aislamiento, cuyo mito proviene de sus propios versos: “Las horas pasan, pero yo duermo sola”. Selene es la diosa y personificación de la luna (“y tú llegabas cuando el deslustre de lo diáfano”) a la que se dedican estos versos: “hija de titanes, desveladora de la noche, / que en Latmos yaces olvidada / junto al bello Endimión” —joven del que la diosa, por su hermosura, se enamoró—.
Arrío las banderas rememora al Ulises y a la Penélope homéricos, así como a la Ítaca a la que finalmente regresó el héroe de la Odisea, contrastándolos con la propia percepción vital del autor. Éste emplea la primera persona para hablar de la irremediable actuación de Cronos con el tiempo en su no retorno: “Arrío las banderas de mis patrias antiguas, / aquellas Ítacas ya no me pertenecen. // Penélope ha acallado mi recuerdo / y teje imperturbable / mientras por su ventana pasan soles y lluvias”. Tampoco parece posible acudir al recuerdo para retornar a ese pasado (“Nada queda de la vieja memoria”) y se remata: “Aquellas patrias son inalcanzables, / no siempre se consigue ser Ulises”.
Con Bajo los sauces, el poeta erige los mentados árboles como lugar simbólico desde el que rememorar la juventud, donde todo parece posible, incluso la inmortalidad: “Bajo los sauces de largas cabelleras / fuimos tal vez dioses menores”. Incorregible remite a la inevitable repetición a la que se ve abocada el individuo, a imagen del que le precedió y de quien vendrá después de él: “Incorregible reincidencia. // Habremos sido como los que se fueron / y serán los que lleguen”. Del mismo modo ocurre con otros seres vivos: “Y era idéntico para los alciones de amplias alas, / los membrillos, los pámpanos y el suave laurel”. Idus de abril tiene como centro al amor, que como la propia vida se escapa al individuo como la “noche” de las “manos”. Los “Idus”, que en el antiguo calendario romano marcaban los días centrales del mes, corresponden en este caso al mes consagrado a Venus, diosa del amor y la fertilidad. Así, el lamento por la fugacidad del tiempo y el amor perdido se restaña gracias al consuelo de la memoria: “mas la recuerdo”. Elegía anacreóntica recuerda las palabras del poeta Anacreonte (“Canosas tengo ya las sienes / y blanquecina la cabeza”) para ampliar esa melancolía fruto de comprender cómo de “lejos queda la deleitable juventud”. El final biológico de la vida se contrapone a la muerte sufrida por “las / víctimas / de la inclemencia humana”, sumando el sufrimiento social al destino mortal de los seres humanos. Frente al poema, una copa rota y tumbada pintada por Rivera vierte el vino que contiene, metonimia de esa vida —la sangre que corre por nuestras venas— que se va.
Nada inmortal esperes toma literalmente la cita presente en las Odas de Horacio para regresar al final vital como crepúsculo: “Nada tengas por propio o por presagio / sino el púrpura efímero de la tarde ofrendada / y su ocaso inmutable”. Idéntico tema en Óbolo, cuyo título remite al pago del viaje existencial una vez “coronada la montaña” que lleva el nombre de quien la escala. El Hades o “País sin Retorno” que nos espera después de nuestro tránsito por el mundo surge en Constantes arqueológicas. Dividida en dos partes, la forma de canto del primer poema emula un himno sumerio donde su forma de canto u oración se convierte en súplica hacia Enlil, dios supremo. Así, se le pide clemencia para que conceda a los seres humanos una vida larga, próspera y feliz ("abundantes y florecientes días"). El miedo y respeto al final de la vida contrasta la belleza de la vida terrenal bajo la luz del sol brindado por el dios del sol (“complazcámonos y regocijémonos / bajo el amoroso resplandor de Utu”) con la oscuridad reinante en el inframundo (“las moradas infernales de Kur”). Un ingenioso artificio nos lleva al segundo poema, cuyos Versos apócrifos se atribuyen a Arquíloco de Paros. El poeta, al saber que “ni las quejas ni las súplicas / detendrán el descenso al tenebroso Hades”, prefiere entregarse a la vida dionisiaca bebiendo “el vino de Ísmaro” —ciudad de la región de Tracia— y entonando “ditirambos”. Prosigue la fiesta de la vida en Robaiyat entre amigos, donde se opta por brindar y escuchar “el arpa” sin afligirse “por los inciertos días del futuro”.
Cierra el libro una cita perteneciente al ensayo filosófico Los antropócratas quieren ser felices muy traída al caso, donde se contradice a Aristóteles afirmando: “lo que desea la mayoría no es la felicidad. Lo que la mayoría quiere es no ser demasiado infelices”. Un último dibujo de Rivera muestra la mano de Átropo cortando el hilo rojo de la vida —a su vez tan oriental—, concluyendo el hilo secuencial de esta plaquette. Un poemario que representa toda una vida lírica determinada por los “creadores” griegos, ya sean dioses o emisarios a través de la literatura.