De lo que nos ocurre en la vida, de aquello que no deja de ser común a cualquier existencia corriente, siempre queda un trasfondo literario. No lo podemos ver o no queremos, porque tomamos su conjunto como algo en balde, ni meritorio de señalarse ni desprovisto de empatía, ni más ni menos de esta última. Pero la sensibilidad literaria siempre estará menos ciega de lo que nosotros creemos, y los que terminan por rendirse a sus llamados, sabrán adentrarse en el significado de eso que ha sucedido; en apoyarse, con la debida distancia, en las palabras para que se pueda regresar a lo que fue sentido, aunque dicho regreso conlleve un dolor indecible, más intangible que la primera vez, pero resonante, como la voz que vuelve en forma de eco desde un aljibe de sombra.
Esa referencia a lo oscuro está en uno de los versos del poema que abre el nuevo libro de Ada Salas. En Gramática locura, sigue esa estela de búsqueda de su anterior, Arqueologías, y todavía pueden encontrarse sedimentos en los poemas de la parte final de este que concierne. Pero aquí el motivo de la escritura es profundamente interno. Uno de esos momentos que trastocan la vida. La muerte de una madre, la muerte de un ser querido; lo que te para y te sacude y, más tarde —quizá nunca, no puede saberse—, volverá para que entendamos el testimonio que dejó en nosotros. La palabra ‘muerte’, con su eme inicial, y la nada que representa, que ‘es una hija/ en medio de las tres’, unidas como lo están la abuela, la madre, la hija.
El desmoronamiento que conlleva la enfermedad, en el caso del libro, procede a indagar en la desconfianza de cómo enunciarlo y pronunciarlo correctamente. Se prescinde de la corrección gramatical, ya puestos. No nos sirve tal cual. Se pone en duda lo que pueda tener de común, como decía. ‘La cáscara/ vacía/ del lenguaje/ no puedo/ digerir/ lo que me dices’. Cada escena y cada recuerdo, tienen en los versos de Salas su carrera inversa por recorrer; un intento de poner en jaque la verdad de esas palabras que preceden a lo triste e inevitable, pero, como estas seguirán, hablando por nosotros o por dentro en absoluto mutismo, la sensibilidad acoge ese relevo y cierra el círculo del conocimiento, del que sólo más adelante comprenderemos. ‘Un tópico tras otro al fin y al cabo/ una hilera infinita de madres y de siglos muriéndose/ las madres’.
Mal que les pese a muchos, es lo que no se entiende lo que suele simbolizar mejor el contenido poético, argumenta al final de un poema. En su libro ensayístico Alguien aquí. Notas acerca de la escritura poética, apunta que ‘no escribir sería no ver, no querer ver. La escritura multiplica’. Esos hallazgos que se cuelan y que no pueden atender al raciocinio, a la lógica más fría, son los que implementan su poesía. Ha hecho de la restricción su virtud, un tipo de hermetismo que permite más carga de magnetismo que de misterio irresoluble o incomprensible. Salas depura los libros, los versos son gritos susurrados, aunque en Gramática locura, hay un ‘tú’ que no puede sustraerse a un ‘otro’ literario. Hay más implicación, pero igualmente se acaba confundiendo con lo nuestro-personal, con lo propio-universal, y la lectura se quiebra y aflora de continuo, todo lo que pueda atreverse hasta que no haya nada que rime con el silencio.