Vergara. Barcelona, 2026. 287 páginas. 21,90 €, Libro electrónico: 9,99 €.
Por Raúl Mayoral
Albert Einstein certificó la infinitud de dos realidades: el Universo y la estupidez. Lo que no podía imaginar es que ésta arrumbara al raciocinio, tal y como describiría Alain Finkielkraut, en su obra La derrota del pensamiento (1987), al vaticinar el triunfo de la estupidez sobre la razón. El libro de Santiago Ávila, Tontocracia, ya no es un vaticinio, sino una cruda realidad.
Tras una trayectoria como directivo en el mundo de la empresa y como profesor en las aulas universitarias, Ávila ha escrito un libro con el fin deseable de que la sensatez se imponga a tanta estupidez colectiva. En su obra señala a quienes han hecho de la tontería un principio rector de su conducta clasificándolos y definiéndolos en cuatro figuras principales: el tonto, el estúpido, el necio y el mediocre. La torpeza de estos perfiles se multiplica al mezclarse con las pasiones humanas más profundas: envidia, soberbia, intransigencia o ambición de poder.
El reino de Tontocracia está integrado por cuatro escenarios recorridos por el autor como si de un viaje se tratara. La empresa, en la que son frecuentes las luchas de poder por la permanencia en el puesto y en donde prima el resultado económico. La propia sociedad, en la que la banalidad campa a sus anchas triunfando lo trivial. La política, un espacio en el que el espectáculo sustituye al criterio y la mentira se convierte en norma aceptada. Y, por último, la educación, donde se juega el partido más decisivo para todos: el futuro de nuestros hijos y, por extensión, el de la sociedad. Hoy la escuela ha renunciado a exigir esfuerzo.
Y como afirma el autor “se aprueba sin saber, se enseña sin exigir, y se aprende sin cuestionar para que nadie brille demasiado, que nadie destaque, que nadie se atreva a ser mejor, porque entonces el resto se sentirá humillado, menospreciado, dolorido”. El resultado es una sociedad que ya no aspira a lo excelente, bello o culto, sino a lo vulgar y uniforme, una cultura que premia la torpeza y castiga el mérito; celebra lo banal y arrincona lo admirable. Una forma de vida que parece, pero no es; pura apariencia, pero sin esencia. Eso es Tontocracia y, como nos advierte el autor, no se impone por la fuerza de sus argumentos, sino por el silencio de quienes renuncian a combatirlos.
Otros temas que con acierto analiza Ávila en el libro son la familia, el liderazgo, la verdad o el muy actual de la inteligencia artificial. Considera que la institución familiar es hoy una de las más perjudicadas por esta “sociedad líquida”, al haberse disuelto los vínculos y los compromisos por el pernicioso efecto del individualismo egoísta, esto es, el antojo del yo, y por la blandengue aspiración a la comodidad, que esquiva la adversidad y reemplaza al sacrificio.
Actitudes nefastas que acarrean la ausencia de propósito en la persona y, con ello, un insoportable vacío interior. Sobre el liderazgo, relaciona las virtudes del líder humanista o servidor, concepto desarrollado por Robert K. Greenleaf en su ensayo The Servan as leader, un modelo de liderazgo centrado en el deseo genuino de servir a los demás, en lugar de centrarse en el poder o autoridad. Dada la formación militar del autor, se comprende la referencia al artículo 65 de las Reales Ordenanzas para las FFAA como un reflejo de ese liderazgo virtuoso: “El cabo, como jefe más inmediato del soldado o marinero, se hará querer y respetar de él; no le disimulará jamás las faltas de subordinación, le infundirá amor al servicio y mucha exactitud en el desempeño de sus obligaciones; será firme en el mando, graciable en lo que pueda y será comedido en su actitud y palabras aun cuando sancione o reprenda”.
El libro advierte también de la necesidad que tenemos hoy día de la verdad. Porque en el tiempo presente el drama de la verdad es también el drama de la libertad. El arrinconamiento de la verdad lo describe el autor graciosamente a través del marketing. La publicidad que busca persuadir, aunque para ello tenga que postergar la verdad. Y de ahí a la mentira pura y dura hay un paso. Sobre la inteligencia artificial Ávila nos dice que ni siente, ni padece, ni sufre, ni se alegra, porque, en efecto, no es humana. Y la define como una linterna en la oscuridad, que puede iluminar el camino, mostrar los obstáculos, incluso, enseñar más de lo imaginado. Pero la linterna no camina por uno mismo.
Termina el autor con cierta dosis de esperanza al afirmar que, dentro de este pasaje desolador que es Tontocracia, queda un reducto inexpugnable: la libertad interior. Y que la soledad es el principal acto de valentía y liderazgo. Ya lo dice el refrán: Más vale estar solo que mal acompañado.